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La Navidad es una época de magia. Y cómo no, los seres con mayor magia en este planeta son l@s niñ@s. L@s niñ@s son seres que vienen a este mundo dotad@s de un poder especial para cambiarlo y hacer de él un lugar en el que se respire más amor. Este post está dedicado a esas pequeñas criaturas que me han enseñado y me siguen enseñando tanto. A mis primit@s, que cada Navidad me envuelven de magia, me teletransportan a mis años de infancia y transforman mi cerebro en la mente de un niño. Con su mirada me permiten imaginar, fantasear y viajar a lugares recónditos inaccesibles para la mente adulta. En este post podréis descargar el Cuento de Navidad que escribimos estas hermosas criaturas, hechas de creatividad, y un servidor.

Ell@s inventaron los personajes, sus características, sus colores, sus palabras y los entresijos de la historia. Yo simplemente puse unas condiciones de partida: no podía ser una historia violenta y tenía que tener un final feliz. Ell@s se encargaron de tejer un inicio, nudo y desenlace genuinamente infantil. Incluso las palabras de cierre, las cuales no solamente me hicieron reír, sino que además me ayudaron a entender que siempre debemos permanecer con nuestra mente abierta a la imaginación y el humor.

La historia comienza así. 24 de diciembre de 2016. Estamos cenando en casa con la familia. Bueno, más bien intentándolo. Tenemos cinco niñ@s en nuestra humilde velada (todo lo humilde que puede ser una cena de Navidad andaluza, claro está). Por tanto, por encima de las mini conversaciones que se dan en torno a los manjares navideños se oyen gritos, risas, porrazos y caídas al suelo… Regañina va, regañina viene; interrupción va, interrupción viene… En todo hogar donde habiten niñ@s se sabe que toda comida, cena o celebración familiar gira en torno a sus inquietudes, necesidades y circunstancias del momento. Por tanto, henos allí intentado celebrar la Noche Buena, compaginando la atención infantil con los asuntos propiamente familiares de los mayores.

Siempre he sentido una devoción especial por la etapa infantil. Pero evidentemente, mis conexiones cerebrales son ya más propias de una persona con hipoteca que las de un@ niñ@ con zapatos nuevos, así que he de esforzarme concienzudamente para conciliar la relación con los peques y con sus papis. Mi mente tiene más inercia a elaborar una conversación con sujeto, verbo y predicado que a disolverse en una maraña de gritos y gruñidos, así que poco a poco dejo que las dos mitades de mi cerebro funcionen de manera autónoma. La parte izquierda para ponerme al día con mi familia, la parte derecha para jugar al mismo tiempo con la avalancha de niñ@s que van pasándose por mi silla.

“Est@s niñ@s embriagaron mi corazón con su capacidad inventiva, con sus exclamaciones, con su capacidad de sorprenderse y emocionarse… Y me hicieron uno de los mejores regalos que puede hacerse a un adulto: volver a ser un niño.”

Diez minutos antes de la ansiada llegada de Papá Noel empiezan los primeros síntomas de desesperación: gritos, golpes y porrazos en el balcón. Ell@s ya saben de memoria que primero han de asomarse al balcón para ver cómo llega y les saluda, para después abrirle la puerta. Los primeros minutos son de gran expectación hasta que reciben su regalo. Posteriormente lo único perceptible son unos chillidos que hacen retumbar la casa entera. Los sesenta minutos posteriores son de excitación y éxtasis. Desenvuelven sus regalos (o desgarran el continente, en algunos casos), exploran todas sus posibilidades y exhiben sus proezas al resto de la familia. Pasados los sesenta minutos de gloria… todo vuelve a la normalidad: el aburrimiento se hace acopio de ell@s y con él regresan las llamadas desesperadas de atención, las exigencias de estimulación y las múltiples proposiciones de juego. Conforme la imaginación de los más grandes se va extinguiendo, se incrementan el número de conductas disruptivas: carreras por el pasillo destrozando objetos, golpes, llantos y berrinches varios.

A medida que el cansancio comenzó a ganarme terreno se me ocurrió tirar de recursos pedagógicos. Me acordé de aquellas palabras de César Bona (nominado a uno de los mejores maestros del mundo en 2014): “cada día debemos estimular su creatividad, aguijonear su curiosidad, sacarlos de programa y sorprenderles.” Así que se me ocurrió sacar mi tablet y proponerles un juego: escribir un cuento de Navidad. “¡Vale!”, gritaron. Y así es cómo nos pusimos manos a la obra.

Primero imaginamos los personajes, les pusimos nombre y después les dimos vida dibujándolos. Una vez que teníamos creados nuestros personajes, empezamos a inventar la historia. Ell@s creaban el hilo argumental principal, yo solamente iba tejiendo sus vocablos, moldeando sus expresiones y ayudando desbloquear los puntos de desenlace de la historia.

Tuve que omitir una de las acciones propuestas por David, de cuatro años, ya que no sabía dónde encajar que uno de los personajes se tiraba un peo. Pero he creído conveniente incluir la anécdota en el post, para que tenga un poco más de color. 😉

Y aquí tenéis el resultado. Quizá ninguna editorial llegue a publicarlo. ¡O puede que alguna editorial descabellada, aún con mente de niñ@, se sume a nuestra aventura creativa! ¡Quién sabe! El caso es que est@s niñ@s embriagaron mi corazón con su capacidad inventiva, con sus exclamaciones, con su capacidad de sorprenderse y emocionarse… Y me hicieron uno de los mejores regalos que puede hacerse a un adulto: volver a ser un niño. Y es que una Navidad, no es Navidad… si no has tenido la oportunidad de volver a ser niñ@.

GRACIAS… 👦🏻💜✨

DESCARGA “CUENTO DE NAVIDAD”

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