Nos encanta estar bien, pero cuando lo conseguimos no sabemos disfrutarlo. Queremos más y más de eso.


Nos encanta estar bien tanto o más que no estar mal. Pero cuando lo conseguimos ¿qué sucede? Que no sabemos disfrutarlo. Queremos más y más de eso que nos hace sentir tan bien. Tanto que no tenerlo nos hace estar mal, por lo que aquello que nos hace sentir bien acaba haciéndonos sentir mal porque nunca tengo suficiente. Somos adictos a la felicidad. Y lo peor de todo es que, aunque lo sabemos, nos parece perfecto. Porque después de todo la felicidad, en esta era postmoderna, se ha convertido en un fin en sí mismo. Lo que importa es ser feliz. ¿O no?

HOY ES UN BUEN DÍA PARA SONREÍR

«Hoy es un buen día para sonreír.» ¿Ah, sí? ¿Seguro? Tu madre murió de coronavirus durante el confinamiento y no pudiste despedirla. Pero no importa: «Hoy es un buen día para sonreír». Tu ex novio se ha largado con tu mejor amiga, pero eh, ¡ssshhhh!, ni una lágrima: «hoy es buen día para sonreír». Estás en ERTE (Expediente de Regulación de Empleo Temporal) y tu empresa te paga sólo el 40% mientras estás haciendo horas extra, pero ¡eh!: «hoy es buen día para sonreír».

Tazas happy flower con frases hiper positivas pueblan las estanterías de todos los hogares a nivel mundial, promoviendo –casi bajo coacción– la obligación de sonreír y ser feliz. No importa lo que te haya sucedido, no importa la oscuridad que se cierne sobre ti… debes ser feliz. Y si no lo haces, ¿sabes qué? Que es tu culpa. Eres un c*ñazo de persona, una pelma, una aguafiestas, la nota discordante en esta sinfonía social dominante y perfecta. Y lo peor de todo es que esa persona que sonríe más y mejor que tú también está más j*dida. Pero el sufrimiento no es instagrameable.

«El sufrimiento no es instagrameable»

¿Quieres followers, beautiful people con la que salir e instagramear para aumentar el saldo de seguidores a los que seguir exponiendo tu sonrisa Disney para reafirmarte en lo feliz y lo poco j*dida que es tu vida? Sonríe. Haz botellón de sonrisas y esconde tu m*erda en tu cuarto, ese rinconcito que te conoce mejor que nadie y que guarda tu secreto mejor guardado: la verdad de que tu vida está tan vacía como cualquier otro zombie sonriente que tiene la misma tacita color pastel que tú.

Hemos aprendido a negar el sufrimiento para poder gustar. Nos hemos acostumbrado a huir de las emociones desagradables; a negarlas y ocultarlas hasta claudicar de nuestra propia identidad. Deseamos gustar a los demás, proyectar una imagen de éxito y notoriedad para sentirnos aprobados y reconocidos. Y eso nos hace mirarnos dentro por encima de nuestras posibilidades.

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HIPOCONDRÍA EMOCIONAL

Para estar bien no basta con parecerlo. Tienes que serlo. Así que ser feliz pasa por mirarte por dentro todo el tiempo. «¿Esto me hace feliz? Ah, pues a la m*erda». «Uy, creo que esto ya no me hace feliz, quiero otro». «Mi pareja me trata como a un cubo de basura, pero sigo con ella, ¿por qué? Porque sólo me siento feliz cuando estoy a su lado».

Persiguiendo la tan ansiada felicidad acabamos por obsesionarnos con lo que sentimos. Y más que hacerlo con el tipo de sentimientos, lo hacemos con el hecho de si son o no agradables. Deseamos sentir cosas agradables, a toda costa y a cualquier precio. Y a la inversa nos sucede que nos horroriza sentir emociones o sentimientos desagradables, por lo que nos protegemos de ellos como si se tratasen del mismísimo coronavirus. Es lo que vendría a ser una especie de hipocondría emocional, término utilizado en el libro «Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas», escrito por Eva Illouz y Edgar Cabanas. Un manifiesto donde se recoge de forma honda e ingeniosa una reflexión crítica contra la ideología de la felicidad.

Tanta hiperatención a nuestro interior acaba por infoxicarnos. Nuestra mente se contamina con un scroll y actualización continuos de nuestro feed emocional. Y nos aboca al comportamiento impulsivo de este modo: «si me hace feliz lo hago ahora; si no me hace feliz ¡que le den!». Si tenemos un comportamiento cruel, deshonesto o controvertido lo justificamos con un sencillo: «sentía que tenía que hacerlo». Y aquí corremos el peligro de adentrarnos en el infierno de las distorsiones cognitivas: la antesala de muchos trastornos mentales.

«Si me hace feliz lo hago ahora; si no me hace feliz ¡que le den!»

En psicología cognitiva hay una famosa distorsión, es decir, un pensamiento tan extremo que llega a deformar la percepción que tenemos de la realidad, que consiste en otorgarle veracidad o no a un razonamiento en función de si sentimos que es cierto. Por eso se le conoce con el nombre de «razonamiento emocional». Todos los grupos sectarios y mensajes de marketing deshonestos apelan al: «es un sentimiento», «si lo sientes tienes que hacerlo». El razonamiento emocional paraliza el pensamiento racional y crítico para hacer que nuestro cerebro tome decisiones basándose puramente en un relámpago emocional, generalmente, agradable. «Si me hace sentir bien, es bueno», pensamos inconscientemente.

De esta forma justificamos mantener una relación con una persona violenta, votar a un partido político fascista o participar del acoso a un compañero friki del colegio bajo el lema: «me hace sentir bien y como me siento bien tengo que hacerlo».

LAS FÁBRICAS DE LA FELICIDAD

El movimiento en pos de la felicidad, promovido por el coaching y la psicología positiva, ha creado toda una ideología con una industria propia. Una industria multimillonaria en la que no todo es desdeñable o maquiavélico, pero en la que es frecuente –y mucho– encontrar personas sin apenas formación y preparación rigurosa para atender el sufrimiento humano y promover la solución a los grandes males de la humanidad.

Hace tiempo que sigo a personas que trabajan desde el paradigma del coaching, la psicología positiva y los movimientos que promueven la felicidad desde un campo que no es profesionalmente la psicología. Y después de varios años siguiendo a estas personas, leyendo sus libros y viendo sus videos en YouTube he llegado a la conclusión de que la línea que establecen entre la felicidad, el bienestar y las ciencias ocultas es muy, muy, pero que muy fina. Tarde o temprano acabo constatando ciertos coqueteos con la corriente new age, promoviendo visiones fantasiosas de la mente y su poder de atracción, y prometiendo ciertas soluciones milagrosas con prácticas que no dejan de rondar el mundo de la fantasía.

Ojo, que yo mismo me declaro un seguidor de la espiritualidad. Pero no de ese tipo de espiritualidad anterior. Me apasiona el conocimiento que proviene del pensamiento oriental. Corrientes como el budismo, el zen, el taoísmo o el tantra me han seducido especialmente. No tanto por su pensamiento mágico –el cual me parece más racional que mágico–, sino por el aporte de una sabiduría humilde y austera con un enorme potencial de proporcionar paz y estabilidad al ser humano. Algo muy distinto a la felicidad, ¿verdad? Si por algo se caracteriza la felicidad es por causar perturbación en nuestro equilibrio emocional –se supone que «para bien»–.

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La ley de la atracción, por ejemplo, muy común en la new age, promueve la abundancia y la riqueza como un fin. Riqueza, dinero, cumplir tus deseos… Algo, si más no, terrenal y muy contrapuesto a lo que promueve el pensamiento oriental: desapego, austeridad y una vida que más que placer te aporte trascendencia. De algún u otro modo, pareciera que todo lo que promueve la industria de la felicidad estuviera mediado por el dinero: un libro, un seminario de fin de semana, una sesión online, etc., etc. «Si quieres ser feliz tienes que hacer esto y aquello: compra mi curso, compra mi libro, contrata una sesión conmigo aquí.»

«De algún u otro modo, pareciera que todo lo que promueve la industria de la felicidad estuviera mediado por el dinero: un libro, un seminario de fin de semana, una sesión online, etc., etc.»

Repito, no todo me parece desdeñable. He encontrado muchos libros de autoayuda y desarrollo personal que han marcado mi vida y que me han influido para conseguir resultados asombrosos. Pero, como visión panorámica de hacia donde está derivando la corriente del desarrollo personal basado en la felicidad, creo que hay que tener cuidado con esa idolatría enfermiza que promueve hacia el concepto de «estar bien».

VALORES, LOS PILARES OLVIDADOS

En cierto sentido, el mensaje implícito en las corrientes que ensalzan la felicidad como único fin en la vida es el de «el malestar es malo». Da la sensación de que no encontrarse bien, sentir cierto nivel de dolor y experimentar un cierto grado de insatisfacción fuese algo innecesario que conviene evitar a toda costa. Yo me pregunto: ¿no será este tipo de ideología la que nos estará convirtiéndonos en seres pusilánimes frente a la adversidad?

Quiero decir, estamos aún en el ojo del huracán de una pandemia que está causando estragos. La muerte, la enfermedad y la pérdida de autonomía son nuestro status quo actual. Indefinidamente. ¿Cómo se supone que voy a buscar mi felicidad nadando entre tanta catástrofe? ¿No habremos pretendido ser felices por encima de nuestras posibilidades?

«Una persona del siglo XIX o principios del siglo XX era capaz de afrontar una pandemia o una catástrofe natural con mayor entereza moral que nosotros.»

El covid-19 nos ha hecho retroceder a tiempos de nuestros predecesores. Décadas y siglos donde no podíamos desplazarnos a voluntad y donde escaseaban los bienes materiales. Años en los que la enfermedad causaba un número elevado de bajas humanas y frente a la cual la ciencia a penas podía proporcionar ciertos cuidados paliativos. Hoy día podría decirse que afrontamos las mismas amenazas que nuestros tatarabuelos. La cuestión es si las afrontamos con mayor resiliencia. Yo creo que no. Creo, firmemente, que una persona del siglo XIX o principios del siglo XX era capaz de afrontar una pandemia o una catástrofe natural con mayor entereza moral que nosotros. ¿Por qué? Porque hace cien o doscientos años se vivía con la muerte, la enfermedad y la precariedad pegadas al cogote. Nacías, crecías y morías viviendo en la precariedad y siendo muy consciente de la arbitrariedad, la desdicha y el riesgo que comporta la vida. Y al normalizarlo como una condición ineludible, estas condiciones tenían menor potencial de hacernos daño.

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Si miramos atrás todo era peor. De eso no hay ninguna duda. La gente no era feliz. Pero al menos había grandes motivos para desmoralizarse, deprimirse o suicidarse. Hoy día, en una sociedad obsesionada por ser feliz y con unos estándares de calidad de vida inauditos en la historia de nuestra civilización; el riesgo, la incertidumbre y la posibilidad de sufrir una desgracia hacen más mella que antes. Nuestros antepasados se contentaban con tener algo para echarse a la boca, dormir bajo un techo y disfrutar de una buena conversación de sobremesa. Se emocionaban al contemplar la maravilla de la naturaleza. Veían la televisión en comuna, pues no toda familia disponía de una, y no sabían lo que significaba zapping. Sólo disponían de dos mudas: una para el día a día y otra para las grandes ocasiones. La mayoría moría sin conocer el mar y lo más cerca que estuvieron de Nueva York fue el viaje de novios que hicieron a la capital de su provincia. Vivían en la miseria, pero gozaban mucho más cuando disfrutaban de algún lujo. Para la sociedad adicta a la felicidad el lujo debe ser la norma.

No seré yo quien haga una defensa a ultranza del estoicismo, la deprivación y la frugalidad. Creo que necesitamos ciertas dosis de placer de tanto en tanto en la vida para poder gozarla. Pero creo que existe algo más importante que la felicidad. Y son los valores.

«Puede que no lleve una vida feliz, pero que esa vida sea fiel a los principios en los que yo creo. Y aunque eso no me haga feliz, sí que puede hacerme morir en paz.»

Unos valores de vida férreos, que aporten sentido y una cierta sensación de proyecto solemne me parece mucho más importante que ser feliz. Al fin y al cabo «la felicidad son momentos», dicen. Pero los valores pueden perdurar toda tu vida. Puede que no lleve una vida feliz, pero que esa vida sea fiel a los principios en los que yo creo. Y aunque eso no me haga feliz, sí que puede hacerme morir en paz.

Por ejemplo, la paternidad es una de esos ideales que se venden como máxima realización de la felicidad. Pero cuando por fin eres padre te das cuenta que llevas meses sin aguantar más de veinte minutos despierto viendo una película, que tus espacios personales se reducen lo que dura una visita al cuarto de baño y que las noches sin dormir, las rabietas en bucle y el eterno cansancio son la norma en el día a día. Tú no cuidas de tus hijes porque te hace feliz. Para ser feliz abandonarías a tus hijes y te irías a tomar unas cuantas rondas de gintonics en una paradisiaca playa de Ibiza mientras ves una puesta de sol extasiado por música chill out y cuerpos bonitos a tu alrededor. Tú cuidas de tus hijes porque dentro de tus valores está ser un buen padre o una buena madre. Pagas tus impuestos o te levantas a las 6:00 de la mañana para llegar puntual a tu trabajo no porque te encante hacerlo, sino porque te importa cumplir con tu responsabilidad. Y yo escribo este post no porque vaya a convertirse en trending topic y vaya a ganar una millonada, sino porque disfruto de la escritura.

La felicidad está sobrevalorada. Después de la inmobiliaria, la de la felicidad es la nueva burbuja. Y en épocas como la que vivimos, donde han pinchado nuestras expectativas de ser felices, lo comprobamos mejor que nunca.

Puestos a escoger, escojo dar más importancia a llevar una vida de acuerdo a mis valores. Porque si bien no podré ser feliz eternamente, sí me gustaría marcharme de este planeta con la certeza de que lo que viví en él tuvo sentido.

Foto de portada by Jason Leung on Unsplash

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