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Pasas la vida en busca del “amor verdadero”… o del “amor eterno”. Piensas que un día el destino se encargará de hacer “justicia romántica” y pondrá en tu senda ese ser fabuloso que tapará todos los huecos. Crees en tu “media naranja”. Te desvives por encontrar a esa persona que completará tu vida. Y mientras no llega la buscas. La buscas en redes sociales, la buscas en bares, discotecas, metro, cafeterías, cursos de baile, compañeros de trabajo, camareros, camareras, ex compañeras de clase, amores de infancia, cuentas pendientes de “la uni”, vecinos, vecinas, amigos, amigas, amigos de amigos, amigas de amigas…

Y cuando por fin encuentras a alguien que te remueve hormonas y pensamientos inspeccionas tu termómetro interno buscando una respuesta a modo de oráculo: “¿y si fuera él, y si fuera ella?” Y si el termómetro no indica más de nueve grados de los diez posibles rápidamente puede bajar hasta cero. O hasta tres. Lo suficiente para que el hechizo desaparezca. “Aún no ha llegado la persona indicada”, te dices. Y buscas. Sigues buscando. Puede que no cierres ninguna puerta. En todo caso las dejas entornadas, por si en la sala de espera olvidaste al “elegido”, a la “elegida”, sin darte cuenta.

“Cuando el amor te lleva a tres metros sobre el cielo… te estrellas”.

Necesitas sentir las mariposas en el estómago para implicarte con alguien. Y en todo caso, si en algún momento las sentiste… necesitas seguir sintiéndolas siempre. O casi siempre. Necesitas el vértigo en el estómago para dar el paso. Y sabes que te has enamorado si de repente tu destino pende del hilo de su voluntad. Cuando un gesto, una palabra suya revoluciona tu presente y eres capaz de renunciar a tu futuro por él, por ella. Cuando te obsesiona su olor hasta el punto de perder la cabeza y hasta podrías saltar al vacío si tan sólo te lo pidiera.

Aquí viene la mala noticia (siento ser yo quien te lo diga): si sientes todo eso te han estafado. Eso no es amor. No sé cómo ni cuándo. O quizá sí. Quizá desde el principio. Mientras veías películas, programas de televisión o leías novelas románticas. Quizá durante tantos años, escuchando canciones melodramáticas, de música embriagadora y letra macabra. Siento decirte que cuando el amor te lleva a “tres metros sobre el cielo”… te estrellas. Que “y sin embargo te quiero” es que en el fondo no sólo no te quiero, sino que “te quiero sólo para lo que te quiero”. Que “el amor no se puede romper de tanto usarlo”. Qué va…

El amor no es eso. O al menos no esa clase de amor, si es que quieres seguir llamándolo así. El amor es una suma, no una resta. El amor multiplica, pero nunca divide. El amor es una prolongada, profunda y continua sucesión de gestos de afecto. Ya está. Así de simple. El amor es un termómetro que siempre marca siete. U ocho. Dejémoslo en siete y medio (no viene de unas décimas). Porque después de aquellos meses locos donde llegaba a nueve y hasta a diez (o veinticinco), el amor es inteligente y sabe que para sobrevivir tiene que reconvertirse. De nueve a siete. De delantero centro a extremo. Y a veces bajar a defender a portería. Sobre todo cuando el partido se te pone en contra.

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En el amor no ha lugar para el desprecio, el abandono, montañas rusas, telenovelas, traiciones, celos, mentiras, espejismos, miedo, violencia, espinas,micromachismos, “lunas de miel”, “WhatsApp-Vigilancia”, “numeritos”, “contratos en blanco”, “cláusulas suelo”, desahucios, “perros del hortelano”, “with-or-without-yous”, “prometo-que-cambiarés”, “no-va-a-volver-a-pasars”, “necesito-un-tiempos”… No. El amor no es eso.

“No existen medias naranjas. ¡Tú eres la naranja entera!”

Ya sé que pudiera parecerlo. Pero no lo es. En serio. Ya sé que te pueden las ganas de verlo, de verla. Que el corazón puede más que la cabeza. Sé el vacío que deja cuando se ha ido. Sé que todas las cosas te llevan a él, a ella. Conozco esas “ganas de nada menos de ti”, ese runrún de “muero por verte”, el “si tú me dices ven lo dejo todo” o aquel “si tú no estás aquí me sobra el aire”. Pero créeme, no es eso. No te pido que sientas cosas distintas. No ahora. No mientras estés contaminada o contaminado. No mientras en tu cerebro sobrevivan partículas de él, de ella.

Sólo te pido que confíes en la lógica: si sufres no es amor. Punto y final.

Si quieres conocer el “amor verdadero” tienes que abrir tu corazón a la renuncia. Renunciar al vértigo, a la llamarada, a las “mariposas”. Dejar de creer en profecías, magia blanca y trucos de trilero. Huir de los “amores que matan nunca mueren”. Alejarte de chamanes o hechiceras. Porque nadie puede ser más dueño de tu destino, de tus sentimientos, de la historia de tu vida que tú misma, que tú mismo. Porque querer a alguien de verdad no es darle el papel estrella de tu película, sino otorgarle un gran papel secundario que te haga a ti mejor protagonista. Alguien que te quiere no complementa tu vida, simplemente le añade color, risa y energía. No existen “medias naranjas”. ¡Tú eres la naranja entera! Y si dejas que alguien sea tu media naranja has de saber que estás haciendo que ese alguien sea una naranja y media y tú solamente una naranja a medias.

“Amando de a poquito a poco. De tranqui. Con apalancamiento. Amando contigo y sintigo, con un me-voy-pero-me-quedo”.

No existe el “amor eterno”. Pero sí puedes llegar a construir un amor duradero. Un amor que sobreviva al tiempo, tormentas y tempestades. Pero no por arte de magia o caprichos del destino. Sino amando con humildad y sin aires de grandeza. Amando todos los días. Hasta en los días en que el termómetro tirita de frío. Amando con cabeza. Amando con argumentos y tirando de memoria. Amando no sólo con la piel, también con el verbo. Amando “de a poquito a poco”. De tranqui. Con “apalancamiento”. Amando “contigo y sintigo”, con un “me-voy-pero-me-quedo”. Amando con “te quieros” y con “lo sientos”. Con “tiki-taka”, jugando bonito. Marcando goles y defendiendo, como hiciera Sergio Ramos en Lisboa. Venciendo el tiempo con la filosofía de Cholo Simeone: partido a partido. O como el tenis de Andre Agassi, cambiando lo perfecto por lo correcto.

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