Supongo que a estas alturas puede que ya conozcas la definición de asertividad. El estallido que ha tenido el desarrollo personal en el siglo XXI ha puesto de moda los términos más interesantes de la psicología. Asertividad no es otra cosa que una comunicación respetuosa con otra persona para defender tus derechos. Hablar de lo que te preocupa o molesta respetando los derechos de quien tienes delante. Sin embargo, en este post quiero darle un matiz divergente (que no opuesto). Un toque que quizá resulte chulesco, altanero o provocador. Por eso lo de “farruca”. Sobre todo, pensando en esas personas que se quedan cortas a la hora de decir cuatro cosas a otras…

 

¿Por qué lo de “farruca”?

“Se necesita ejercer una fuerza doblemente superior para poder escapar de la gravedad que te impide poner los puntos sobre las íes.”

La experiencia con personas que tienen dificultades a la hora de comunicarse con asertividad me ha hecho llegar a la conclusión de que cuesta creerse el derecho a ser asertiv@. Una persona que lleva años esquivando expresar lo que le disgusta, frustrándose en defender sus intereses o temiendo enfrentarse a quien vulnera sus derechos ha desarrollado una autoestima a la baja. Y una autoestima en rebajas ejerce un centro gravitatorio brutal, del cual es difícil escapar. Por eso creo que salir de esa zona con prudencia es algo, que en mi opinión, no funciona.

Se necesita ejercer una fuerza doblemente superior para poder escapar de la gravedad que te impide poner los puntos sobre las íes. Un impulso desmedido, enorme, inusitado. Un salto de altura que te devuelva el poder de sentirte dueñ@ de tus circunstancias. Uno de esos brincos que te inyecta una adrenalina bestial y te devuelve una imagen todopoderosa de la persona que hasta ese momento has sido.

A eso me refiero con asertividad farruca… Una asertividad sin contemplación, sin concesiones, sin miedo. Una asertividad que rompe con el ambiente “polite” que envuelve al término y que te reviste de fuerza, poder, energía. Una asertividad tan contundente que te libere de cadenas, complejos de inferioridad o de esa modestia destructiva que te lleva a ser el saco de boxeo de todo el mundo.

Sé que suena arrogante… Pero si eres de esas personas que has estado toda tu vida callándose cuando te han ofendido, créeme: más vale pasarse de largo que quedarse corto.

 

¿Farruca quiere decir agresiva?

“Hay personas que no entienden los límites hasta que damos un golpe sobre la mesa.”

Pues no sé, igual sí. Sé que no es políticamente correcto decir que si alguien está pasándose de la raya tienes que pasarte tú también. Pero es que hay veces en que no hay otra opción. No me parece nada mal hacer uso de la agresividad. Es un recurso muy potente con el que nos ha dotado la naturaleza.

Ahora bien, agresividad no quiere decir violencia. Violencia es el uso de la fuerza, ya sea física, psicológica o emocional (sexual, económica, social y otras…) para hacerle daño a otra persona. La agresividad es un estado emocional defensivo que surge cuando nuestro cerebro primitivo detecta que está en riesgo. Te prepara para defenderte y manda una señal de advertencia a la persona: “si sigues adelante vas a meterte en problemas.” Pero eso no quiere decir hacerle daño a alguien, sino todo lo contrario.

La agresividad es tremendamente útil cuando alguien persigue unas intenciones maliciosas. Hay personas que no entienden los límites hasta que damos un golpe sobre la mesa. Por eso, a pesar de que les expliques amablemente lo incorrecto y perjudicial que resulta su comportamiento no te dejarán en paz hasta que les pares los pies a través del primate que tienes dentro. ¿Cómo? Mediante acciones como:

  • Subir el tono de voz.
  • Mirar desafiadamente.
  • Mantener una postura física rígida.
  • Demostrar enfado.
  • Adoptar una actitud autoritaria.
  • Advertir de las consecuencias que tendrá su comportamiento.
  • Tomar medidas disciplinares a través de sus superiores (jefes, padres, profesores, etc.).

Estos comportamientos están dotados de una postura agresiva y son eficaces contra alguien que no respeta tus derechos, a pesar de haber intentado pedirle amablemente que cese su comportamiento. Sé que es un mal rollo tener que llegar a esto, que da mucha pereza y que te sabe mal tener que llegar a estos extremos, pero hay personas a las que sólo se les para de esta forma.

Recuerda, no estás utilizando violencia. Tan sólo una forma contundente de comunicar asertividad. Y como asertividad no es otra cosa que defender tus derechos respetando los de la otra persona, estás utilizando una asertividad un poco (o bastante) persuasiva. A medida que vayas practicando la asertividad farruca vas a ir identificando con qué tipo de personas vas a tener que mostrar este extremo.

Expresa desacuerdo

“Simplemente tienes otra forma de mirar la vida. No es ningún drama. Podrá superarlo…”

El ejemplo anterior sería un extremo de la asertividad farruca y funciona con un pequeño porcentaje de personas que se pasan de listas. Expresar desacuerdo sería el otro polo de la asertividad farruca. Y funciona en la mayoría de las situaciones.

Se trata de decir, simplemente que no estás de acuerdo con alguien. Si eres de esas personas que te quedas corta siendo asertiva, este puede que sea el paso más fácil de dar. Es sencillo, práctico y da resultados inmediatos. Y lo mejor de todo: la otra persona no tendrá motivos para sentirse ofendida. ¿Por qué? Porque no estar de acuerdo no es ningún crimen.

No estar de acuerdo simplemente es comunicar a la otra persona que tu punto de vista es diferente. Y ya está, no pasa nada. Eso no quiere decir que no le respetes como persona, ni que le restes importancia a lo que dice o ni siquiera que te consideres superior. Simplemente tienes otra forma de mirar la vida. No es ningún drama. Podrá superarlo…

Mi recomendación es que expreses desacuerdo incluso aunque estés de acuerdo. Me explico. Empieza practicando en tu círculo íntimo, con tus padres, amig@s o compañer@s más queridos. Cuando estéis comentando un tema de interés, escoge la persona con la que te sea más fácil discutir y demuéstrale que no estás de acuerdo. Ya está, simplemente eso. No hace falta que aportes una argumentación súper elaborada de por qué no estás de acuerdo. Una vez conseguidos buenos resultados en este grupo de confianza, expande esta práctica a tu círculo de no confianza.

Aquí unas frases sencillas que te servirán de ayuda:

  • “Yo no estoy de acuerdo con eso que has dicho.”
  • “Pues yo no lo veo así.”
  • “Yo lo veo de otra forma.”
  • “Tengo otro punto de vista.”
  • “Lo siento, pero pienso diferente a ti.”

Y aquí viene la parte clave de la práctica, añade el siguiente comodín:

“…pero respeto tu punto de vista.”

¡Pum! Esta es la parte clave que dejará noqueado a tu interlocutor. Porque quedará sin argumentos para enfrentarse a ti por divergir de él. De algún modo le estás diciendo que tú ves el mundo con un prisma distinto, pero que no es ningún ataque personal. Evitarás que el primate que lleva dentro se ponga a la defensiva. Sentirá que estás defendiendo una visión distinta del debate. Y tener puntos de vista diferentes es enriquecedor, siempre y cuando no se cuestione a la otra persona. Así que, no tendrá más remedio que aceptar tu aportación y, quizá, hasta guarde una imagen más respetuosa de ti.

 

Di NO, simplemente

“Conecta con la rabia que te genera el sentirte explotad@ por la otra persona. Y cuando sientas esa rabia utilízala para decirle, simplemente, que ya no vas a hacerlo.”

Ésta quizá sea una de las claves más productivas de la asertividad farruca. ¿Por qué? Porque te ahorra una increíble cantidad de tiempo.

Los humanos tenemos una tendencia innata a tantear los límites posibles en una relación. Eso nos empuja a realizar pequeños experimentos con las personas que nos rodean para comprobar cuánto de lejos podemos llegar con alguien. Empezamos por “pequeños favores”, que si no encuentran objeciones se convierten en derechos adquiridos. Es decir, que damos por supuesto que ese favor deja de serlo para convertirse en una obligación. Y alcanzado el punto de obligación comienzan las exigencias.

Esto fuerza una cláusula invisible según la cual, sin haber acordado ni pactado nada explícitamente, incumplir los términos de ese contrato inexistente conllevará un conflicto. El día que ya no queramos hacer ese pequeño favor la otra persona lo vivirá como una falta de respeto. ¿Por qué? Porque ella daba por hecho que, puesto que siempre te has comprometido a hacer ese pequeño favor, ahora ya se ha convertido en un contrato.  Y como sabemos que dejar de hacer el favor ocasionará un conflicto, se desata en nosotr@s una tendencia evitativa a generar malestar en el otro. Acabas por resignarte a perder un poco más de tu calidad de vida por tal de no crear mal rollo. Esta forma de proceder acaba consumiendo tus recursos de energía y tiempo hasta llegar a dejarte exhaust@. Si eres una persona que está acostumbrada a hacer demasiados favores, sabes de lo que hablo.

¿Qué hacer? 2 cosas:

  1. Si ya se ha generado esa obligación, RÓMPELA. Deja de empatizar con los intereses y necesidades de la otra persona. Toma consciencia del aspecto oscuro y malévolo de su comportamiento. Percibe el trato dominante y desconsiderado que la otra persona te hace. Visualízate como una sirvienta, un mayordomo o un@ esclav@ cuando cumples con ese favor. Conecta con la rabia que te genera el sentirte explotad@ por la otra persona. Y cuando sientas esa rabia utilízala para decirle, simplemente, que ya no vas a hacerlo. Cuando te pregunte por qué, no des explicaciones, simplemente di: “no puedo”. Si la otra persona se enfada, si utiliza el chantaje emocional o te presiona… ignórala. Invéntate una excusa y deja de prestarle atención.
  2. Si la persona empieza a tantearte para conseguir que le hagas un favor, actúa con rapidez y simplemente di: “no, lo siento. No puedo.” Sé tajante. Dejarás bloqueada a esa persona con la rotundidad de tu respuesta y no se atreverá a insistir. Y en el caso que se atreva a hacerlo, utiliza la técnica del “disco rayado”: repite y repite la misma frase hasta que se canse y desista. Algo así como: “No, lo siento. No puedo. No, no me va bien. Lo siento, no puedo. De verdad que no, disculpa. No me va bien. Me es imposible.”

Sé que esto te va a suponer un incremento notable de ansiedad. Te va a incomodar, a generar estrés y te pondrá contra las cuerdas. Puede ser muy útil que escojas un momento tranquilo para respirar fluidamente mientras visualizas cómo lo harás. Imagínate en  la situación utilizando esa energía que te da la ansiedad para comunicarte con rotundidad. Sólo es cuestión de redirigir la energía de la emoción desde la parálisis hacia la acción impulsiva. Visualízalo como un acto de liberación inconsciente, casi sin esfuerzo. Piensa que actuarás por impulso, desatadamente. Medítalo una y otra vez. Hasta que tu cerebro memorice lo que vas a hacer y al final te salga en piloto automático. La sensación de descarga y liberación será tan grande que acabarás cogiéndole el gusto…

 

Confronta

“Inevitablemente en algún u otro momento vas a tener que cuadrarte y decir ¡basta!”

Si decir no es una de las claves más productivas, confrontar sería la clave más transformadora. Confrontar consiste en comunicar a alguien tu malestar por su conducta de tal modo que se genere en la otra persona una presión para realizar un cambio. Como podrás imaginar, este paso requiere un acopio mayor de energía puesto que, inevitablemente, supone un enfrentamiento.

Sí, confrontar equivale a enfrentarte a alguien. Y no te asustes. Es el tipo de enfrentamiento necesario, ineludible, insalvable. Porque en la vida siempre vamos a encontrar personas que vulneren nuestros derechos y que intenten sobrepasarse. Personas que incluso, aunque tengan una posición jerárquica superior (piensa en un profesor, en un jefe o en un funcionario que te atienda en la administración…) aprovechará su ventaja de poder para abusar de ella e imponerse sobre ti. Y es que hay gente que necesita ejercer dominancia sobre otras personas para sentirse bien consigo misma. Personas que carecen de seguridad, autoestima y confianza y que pretenden alcanzarlas arrebatandoselas a otras personas.

Así que inevitablemente en algún u otro momento vas a tener que cuadrarte y decir ¡basta! Confrontar requiere emplear una gran fortaleza psicológica y emocional. Aquí te dejo una guía infalible de 6 pasos para confrontar eficazmente:

  1. Realiza un análisis profundo de la conducta de la otra persona. Primero tienes que llegar a entender los mecanismos abusivos que está empleando. Separa los fines legítimos con los que actúe de la forma irrespetuosa, despectiva o incluso violenta con los que pretenda conseguirlos. Da igual si tu jefe tiene que exigirte resultados. Si lo hace de forma agresiva, haciéndote sentir culpable, amenazándote, insultándote o humillándote se está pasando de la raya… Una cosa es exigirte cumplir una responsabilidad y otra cosa es hacerlo pisoteándote y haciéndote daño. Si has hecho alguna acción incorrecta no hay ningún motivo por el que alguien tenga derecho a dañar tu dignidad como persona. La humanidad es una capacidad que nos diferencia de nuestros parientes primates. En el momento en que alguien deja de comportarse con humanidad contigo, se está comportando como un auténtico gorila. Y así se lo debes hacer saber.
  2. Recopila los argumentos. Haz una lista mental de todos los motivos por los que su conducta te falta al respeto. Incluso apúntalos, si hace falta. Frases despectivas, palabras inapropiadas, tono emocional agresivo, opinar sobre tu intimidad, comparaciones injustas, chantaje emocional, exigencias abusivas, exceso de control, etc. Ármate con un auténtico arsenal de razonamiento lógico para después descargarlo a quemarropa cuando tengas a la otra persona delante.
  3. Estudia el momento. Este paso es muy importante. Tienes que coger a la otra persona desprevenida, sin capacidad de anticipación y de reacción. No podrá escaparse, ni inventar excusas. Y no le quedará más remedio que afrontar su conducta. Examina cuidadosamente el momento en el que esa persona estará más tranquila y desocupada. Busca un lugar donde evites interrupciones y que sea lo suficientemente íntimo para que no se sienta amenazada por quedar en evidencia delante de otras personas. Cuanto más cuidado tengas en estos detalles más valor dará a tus palabras, ya que sabrá que has pensado especialmente en que no quede señalada.
  4. Emplea un tono emocional sobrio y contundente. Un tono emocional alterado o irritado pone a la defensiva el sistema emocional de cualquier persona. Justo lo que no nos interesa. Tenemos que conseguir que la otra persona esté receptiva al cambio. Así que nuestro tono emocional debe mostrar rechazo a las conductas, pero a la vez ganarse el respeto de quien está al otro lado. Mostrar un estado emocional sobrio y contundente mandará una señal de alerta a la otra persona. Le indicará que lo que está pasando es importante, sin herir su sensibilidad. Una vez que desista de su comportamiento muestra agradecimiento y cordialidad.
  5. Exige un cambio. Pide sin rodeos que cambie su conducta. No muestres dudas, ni comuniques inseguridad. Pon cara de pocos amigos y transmítele que tiene que modificar la forma de comportarse contigo. La clave consiste en haber creado la suficiente incomodidad durante los pasos anteriores. Llegado a este punto, la tensión previa generada producirá la suficiente inercia para que esa persona se movilice.
  6. Advierte de las consecuencias de continuar con su comportamiento. Este paso es variable. En la mayoría de ocasiones los pasos anteriores serán suficientes para que tu interlocutor tome en consideración tus necesidades y adecúe su comportamiento a los límites. Pero te podrás encontrar personas que te reten o te desafíen con una obstinada resistencia. En estos casos debes haber previsto las objeciones que esa persona puede poner y qué acciones están de tu mano que pueden ocasionar consecuencias no agradables para esa persona. Habitualmente, las personas con las que interactuamos siempre tienen un “superior jerárquico” al que puedas formalizar una queja formal. Si se trata de tu jefe o alguna persona con un cargo superior, puedes simplemente transmitirle que no tendrás ningún reparo en dejarle “colgado”. Si se trata de alguien con quien tienes una relación afectuosa, puedes informarle del riesgo que supone para el futuro de vuestra relación persistir en esa conducta. Sí, se trata de algo parecido a una postura intimidatoria. Pero cuando la persona con la que tienes un conflicto insiste en traspasar los límites del respeto no te queda otro remedio. Es un paso incómodo, quizá desagradable, en ocasiones algo agresivo… Pero si tienes que llegar a él es totalmente lícito y necesario.

 

Elígete a ti mism@

“Elígete categóricamente. Con fervor, pasión y frenesí. Sé leal a tus anhelos. Ámate con empeño. Tajantemente. Y contagia de esta devoción al resto.”

En el fondo se trata de tener claro que el protagonista de tu vida eres solamente tú y que el resto de gente tiene, simplemente, un papel secundario. Nadie puede contar con el privilegio especial de decidir por ti cómo organizas tu vida, cuáles son tus prioridades, ni dónde inviertes tus recursos. La vida es un bien escaso. Se escurre de entre nuestras manos a un ritmo vertiginoso. Así que priorízate por delante de cualquier otra persona.

Por supuesto, habrá momentos en los que tendrás que hacer concesiones, negociar o poner en primer lugar, temporalmente, a personas que dependen de ti para subsistir. Pero cuidado, incluso si tienes hij@s éstos tienen un protagonismo temporal en tu camino. Siempre habrá un momento en el que tendrás que dar y exigir espacio.

Tienes todo el derecho del mundo a vivir en paz. A que se comuniquen contigo sin alzar la voz, a que te dediquen palabras amables, a una sonrisa, a una caricia, a que te obsequien con detalles. Puedes pedir que te traten con la misma delicadeza con la que tratas tú al resto y que una relación sea recíproca en lugar de una tormentosa odisea por un desierto afectivo. Te mereces que te amen. Intensamente. Que cuiden y complazcan a la niña o al niño que llevas dentro. Deberían sorprenderte de vez en cuando, darte un poquito más de lo esperado, incluso a veces sin entregar nada a cambio. No es ningún pecado esperar que alguien te dedique una sonrisa, te felicite por un trabajo bien hecho o te reconozca tu valía cuando has derrochado tesón y esfuerzo en una meta.

Eres una persona única e inigualable. No deberían compararte nunca con nadie. Nunca de los jamases. Tu cuerpo es, de por sí, hermoso y legítimo. Sólo por el mero hecho de existir. No es ninguna ofensa reír a carcajadas. Si a alguien le molesta el estruendo de tu risa, que le den. De qué sirve pasar por este mundo sin un poco de picardía y humor… Nadie debería dar por hecho tu cariño. Tu capacidad de amar es una ofrenda que sólo debes entregar a quien lo merite con asiduidad.

Elígete a ti mism@. Y educa a los demás en que tú eres tu ser humano favorito. Nunca podrán reprocharte que actúes con autocompansión, que te trates con indulgencia o que te mires con vehemencia. Tienes el deber de ser feliz. No sólo es un derecho. Elígete categóricamente. Con fervor, pasión y frenesí. Sé leal a tus anhelos. Ámate con empeño. Tajantemente. Y contagia de esta devoción al resto. Estás en la vida por un entramado hermoso de accidentes biológicos. Te debes a eso.

Si algunas de estas palabras te despiertan inspiración, no te las guardes para ti. Difúndelas, compártelas con tus seres queridos. Puede que a alguien les venga bien leerlas. Y si te gusta lo que publico en el blog puedes suscribirte a la newsletter para que te lleguen al correo las últimas novedades. Gracias por estar aquí y dedicar algunos minutos de tu tiempo. ¡Sería fantástico que repitieras de tanto en tanto… 😉

Photo credit: www.pixabay.com