Creo que no existe una experiencia más desoladora que la de sentirse abandonado, rechazado o no querido. Desde el nacimiento necesitamos alimentarnos de esa masa madre que es el amor. Tanto es así que nuestra misma supervivencia pende de esa cálida fuente de alimentación durante los primeros años de vida. La búsqueda de aceptación, reconocimiento y afecto va a marcar buena parte de nuestra trayectoria vital. Y en algún momento la vida nos confrontará con experiencias que frustren ese anhelo primitivo y el modo en que afrontemos esa circunstancia puede marcar un antes y un después en nuestra salud emocional. En este post te propongo una pócima curativa para el desamor.

Una agresión en toda regla

Abandonamos todo atisbo de coherencia o raciocinio y nuestro comportamiento se torna primitivo, descontrolado, caótico.”

Nadie está preparado para asumir una primera experiencia de rechazo. Al menos no cuando se trata de lo que en psicología llamamos una de las principales figuras de apego: padres y cuidadores durante la infancia y adolescencia, parejas durante la vida adulta. Literalmente el abandono de uno de nuestros seres queridos principales supone una agresión contra el resorte de seguridad, confianza y estabilidad para llevar una vida satisfactoria. El mundo como lo conocías queda destrozado y se pierden algunos de los significados principales que definían tu vida.

El abandono de una persona que consideramos primordial en nuestras vidas nos sumerge en una sensación de desamparo, en un estatus de orfandad, en una cruel vivencia de desatención, creando una herida profunda en uno de los pilares hegemónicos de nuestra felicidad: la autoestima. Es por eso que el comportamiento de la persona que nos deja se percibe de forma agresiva, hostil, incluso malvada. La percepción de “agresión” activa los mecanismos instintivos de supervivencia que guardamos en nuestro cerebro primitivo. Abandonamos todo atisbo de coherencia o raciocinio y nuestro comportamiento se torna primitivo, descontrolado, caótico. Se interrumpen nuestros hábitos, nuestros automatismos y quedamos atrapados en una especie de pesadilla densa y reincidente para la cual estamos desposeídos de recursos, herramientas, habilidades.

Puesto que nuestro cerebro ha regresado al estado ancestral de un homínido, nuestras conductas se basan en tres estrategias principales:

  • Negación: rehuimos aceptar la realidad, intentamos enmendar a toda costa la situación, nos desvivimos por viajar al pasado y reconstruir los cimientos devastados de la relación. Cuando esta estrategia fracasa despierta una agresividad desproporcionada. La rabia y el odio pueden llegar a tomar posesión de nuestras decisiones. Acabar con la persona que nos rechaza puede llegar convertirse en un intento de reconstruir un nuevo proyecto de vida.
  • Evasión: escapamos de la nueva realidad embarcándonos en todo tipo de aventuras en pos de sepultar en el olvido ese funesto recuerdo. Recurrimos a cualquier sustancia o vivencia que embriague nuestra consciencia y que nos evada de la realidad. Cuanto menos conscientes mejor.
  • Parálisis: la experiencia de abandono colapsa todos nuestros recursos psicológicos y emocionales, impidiendonos encontrar un sentido a lo sucedido. Somos incapaces de entender qué está pasando y quedamos atrapados en un estado de shock permanente que secuestra nuestra capacidad de reacción. De repente la vida parece un lugar extraño, ajeno, sin sentido… Todo lo que creías saber hasta ese momento ya no te sirve para afrontar la nueva realidad y por tanto tu mente y tu cuerpo parecen quedar congelados.

La búsqueda de sentido

Si algo positivo tiene una experiencia de abandono es que te da la oportunidad de confrontar tus propios límites.”

Uno de los efectos colaterales de una experiencia de abandono es que rompe bruscamente tu proyecto de vida. Irrumpe de forma súbita en tu mundo, imponiendo un vacío en tus expectativas, en tus objetivos, en tu estilo de vida. De forma añadida, las estrategias de supervivencia que he descrito antes pasan a copar un gran protagonismo en la forma de enfrentar el día a día, por lo que aumenta el riesgo de perder el rumbo y quedar a merced de los impulsos más arcaicos de nuestro sistema nervioso.

La vivencia que tienes de la realidad se asemeja bastante a la de una pesadilla, a la de una odisea por los infiernos, y sentimientos como el desamparo y la desorientación dotan de un rumbo errado a tus pasos. Esa sensación de desconcierto, de estar vagando hacia un paradero desconocido intensifica la angustia y la desesperanza. Para muchas personas este es el comienzo de una depresión o de cualquier otra patología.

Por tanto, el primer punto clave para salir de este estado devastador que te ha sido impuesto es reconciliarte con la verdad. En realidad, aunque el mensaje que transmite un rechazo es demoledor, el significado es simple: esa persona ha dejado de quererte (si es que alguna vez te quiso en la forma que tú creías que lo hacía). Ya está. Es así de simple. Pero precisamente la sencillez de esta verdad le dota de un significado aplastante. Sentirse no querido es una experiencia que no todo el mundo está dispuesto a aceptar.

Por eso muchas personas que están en esta etapa suelen luchar contra la verdad. Recurren a la culpa como modo de salvaguardar su autoestima. Convierten a esa persona que antes despertaba un amor apasionado en un villano, un ogro, un ser malvado. Demonizar al otro te permite proteger tu orgullo herido: él o ella son los malos de la película, tú el bueno. En el otro extremo de esta estrategia está el proyectar toda la culpa a ti mismo. Cargar con toda la responsabilidad te devuelve la sensación de control, y por tanto eso puede hacerte sentir menos miserable. Si ha sido culpa tuya tienes el poder de enmendarlo (o eso crees en una ingenuidad enfermiza).

Si algo positivo tiene una experiencia de abandono es que te da la oportunidad de confrontar tus propios límites. Tomar conciencia que es imposible ser valorado y estimado por todo el mundo. Entrar en contacto con esta verdad te permite sentirte vulnerable, frágil, imperfecto. Y conocer esa vulnerabilidad te devuelve tu fortaleza. Porque no hay otra salida que aceptarlo, asumir que no eres una persona todopoderosa. Se diluyen tus fantasías de omnipotencia y empiezas a tener un concepto más realista de quién eres. Una vez que puedes conocer y admitir que hay aspectos de ti que suponen una frontera con un determinado tipo de personas tus energías pueden concentrarse en reconocer qué cualidades hacen de ti una persona auténtica y qué personas las valoran. Es momento de revisar tus creencias, abandonar valores que desdibujan tu identidad y reencontrarte contigo mismo. Reconectar con tus metas, tu propósito de vida, tu pasión, tus anhelos, las actividades que añaden significado a tus días. No hay nada más terapéutico que encontrar un destino más afín con los valores que mejor te definen, soltando el lastre que entorpecía tus pasos.

Soltar

“Transformando cualquier pasión en cariño, cualquier rencor en compasión, cualquier reproche en perdón.”

Una vez que has desactivado las estrategias de supervivencia y te has reconciliado con la imagen que te devuelve el espejo es el momento de decir adiós sin reticencias. Despedirte de esa persona interiormente liberando cualquier sentimiento de rabia, odio o rencor que hayas generado.

Muchas personas se autoengañan, niegan guardar ningún tipo de sentimiento negativo por esa persona. Y es que estos sentimientos son fácilmente camuflables, porque reconocer que los tienes desenmascaran los restos del naufragio, ese apego que lucha por sobrevivir. A veces nos aferramos a la otra persona de un modo inconsciente. Podemos simular haber pasado página, pero en el fondo es tan sólo un farol. En nuestro interior seguimos ardiendo de deseo por el otro. Nos emborrachamos con fantasías de reconciliación. Soñamos con un resurgir épico. La frustración de nuestros deseos nos mantiene apegados a sentimientos ambivalentes, de amor y odio. Y eso lo convierte en una experiencia tremendamente adictiva.

El último paso para superar un rechazo es mirar cara a cara a todos esos resquicios de frustración, reconocerlos, admitirlos y simplemente contemplar la verdad del abandono en toda su dimensión. Tolerar el rechazo y aún así observarte como una persona valiosa, que sale fortalecida. Renunciar al estilo de vida que te aportaba la otra persona, desertar de esa identidad y ese estatus que te otorgaba contar con su presencia, y simplemente soltar… Dejar que se vaya. Dejando que el lugar que ocupaba la rabia, el odio o el rencor por lo sucedido ahora lo ocupe la tristeza.

La tristeza es la emoción natural que surge cuando vivimos una pérdida. Es un sentimiento que centra tu atención de forma sana en la experiencia que has tenido con esa persona permitiéndote aprender de ella. Te ofrece la oportunidad de identificar los aspectos que no funcionaron para no volver a repetirlos en una nueva relación y refuerza las actuaciones que te fueron útiles, incrementando tu sabiduría y tu capacidad de amar.

Llegados a este punto estamos preparados para dejar ir, transformando cualquier pasión en cariño, cualquier rencor en compasión, cualquier reproche en perdón. Entender que la otra persona tiene derecho a emprender otro viaje, recorrer otro camino, experimentar con otras personas. Y que ésto no hace de ti un ser menos valioso. Sino todo lo contrario. Porque si durante el tiempo que perduró la relación entregaste un amor sincero entonces contribuiste a enriquecer la experiencia de vida de esa persona. Y un recuerdo bonito es el mejor de los regalos que se le puede hacer a alguien.

La despedida tiene una belleza ciertamente mística: te descubre tu autenticidad y te sirve de brújula en tu destino.