El dolor vasto y penetrante es necesario para forzarte a mirar adentro y explorar una dimensión nunca antes escrutada por tu consciencia. De este modo la decepción, el fracaso o la traición suelen guardar la llave que abre la puerta a una oportunidad de cambio reveladora.


Prometo no escribir nada que suene a coaching, autoayuda o psicología low cost. Prometo no explayarme con frases grandilocuentes, incurrir en metáforas para estudiantes de Reiki nivel 1 o tópicos manidos en directos de Instagram. Puedo prometerte todo esto…y aún así lo más probable es que este post acabe convirtiéndose en otro post mainstream sobre la industria capitalista de la felicidad. Pero al menos quiero comenzar esta intro con el propósito grandilocuente de escribir un artículo trascendental que le cambie la vida a la gente. Después volveré al redil de mi plácida vida de psicólogo funcionario, al quehacer habitual de mis reflexiones de pensador corriente y ordinario y al anonimato que proporciona la conciliación familiar. Y sin embargo, ¡Qué dulce puede resultar la futilidad cuando al menos, por un instante, uno se propuso pasar a la historia con la cándida pretensión de cambiar el mundo! Advertencia: desconozco si eres muy amante de la cultura japonesa, pero te anticipo que este post puede que te acabe dejando un regustillo persistente a sushi y wasabi…

LING CHI O LA MUERTE POR MIL CORTES

«El tiempo no duerme los grandes dolores, pero sí los adormece.»

George Sand

Voy a contarte algo que quizá pueda resultarte un tanto repugnante, horrendo, pero necesario. Lo entenderás al final de esta parte, pero déjame que te cuente primero.

En lo albores del siglo XX en China, un siglo antes de que un diminuto virus desatara una de las pandemias más impactantes que la historia de la civilización sapiens haya conocido, existía una espeluznante forma de tortura para ejectuar las penas de muerte a las que se condenaban a los desdichados reos chinos —el respeto de los derechos humanos nunca ha sido el punto fuerte de China—. Esta controvertida medida penal consistía en descuartizar al condenado inflingiéndole mil y un corte y mostrándole los fragmentos de su cuerpo mientras este permanecía vivo y drogado con opio, hasta que finalmente se le decapitaba o se le extraía un órgano vital. Os dejaré en las notas del post un enlace de wikipedia para ampliar información, si te resulta de “interés”.

El interés de esta antigua práctica oriental no radica tanto en su carácter sádico o pérfido, sino en su potencial metafórico para ayudarnos a entender los grandes fracasos de nuestra vida. Cuando somos la diana de un acontecimiento que trunca nuestras expectativas y anhelos, uno de esos momentos donde la decepción muestra su auténtico rostro, habitualmente incurrimos en pensar que hemos sido víctimas del azar, la mala suerte o una confabulación diabólica del universo. Me refiero a acontecimientos adversos que nada tienen que ver con la fatalidad o la imprevisibilidad que comporta habitar un mundo inseguro e incierto, sino a aquellos hechos que pueden ser no sólo coherentes, sino previsibles en función de la lectura que podemos hacer sobre nuestros hábitos y costumbres de vida: un cáncer de  pulmón cuando fumas tabaco, un despido fulminante cuando eres enemigo del esfuerzo o una ruptura sentimental cuando te comportas como un ser ególatra y narcisista.

«Cuando analizamos con lupa las grandes decepciones que vivimos, los grandes fracasos y batacazos que hemos tenido en nuestra historia, la hipótesis de que el universo confabule en la dirección opuesta de la que hablaba Paulo Coelho pierde fuerza. Sencillamente, toda la responsabilidad es nuestra»

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Cuando analizamos con lupa las grandes decepciones que vivimos, los grandes fracasos y batacazos que hemos tenido en nuestra historia, la hipótesis de que el universo confabule en la dirección opuesta de la que hablaba Paulo Coelho pierde fuerza. Sencillamente, toda la responsabilidad es nuestra -si profesas alguna religión puedes entenderlo de un modo más flagelante como culpa-. Lo aceptemos o no, directa o indirectamente hemos contribuido a ello. Y no porque en un momento dado hicimos o dejamos de hacer algo concreto, sino porque a lo largo de nuestra trayectoria vital hicimos o nos abstuvimos de hacer interpretaciones, decisiones y actos que con la maduración y el tiempo adecuado acaban perpetrando los mayores trompazos que hayamos vivido. Nos convertimos en víctimas y torturadores de un Ling Chi autoinfligido: una muerte por mil y un corte con los que hemos ido cercenando nuestra vida mientras andábamos narcotizados por el placer, la velocidad o la inconsciencia. El arte de cambiarse a sí mismo requiere el valor de atreverse a mirar esos pedazos amputados y entender cómo fuimos capaces de crear esa obra macabra.

Es ahí cuando entra en juego otro gran vocablo oriental que te explicaré en el siguiente apartado.

HANSEI O EL ARTE DE ENTENDER QUÉ SALIÓ MAL

«Tu mejor maestro es tu último error.»

Ralph Nader

Hansei es una idea, un concepto, una forma de entender la vida de la cultura japonesa, que resume en sus siglas el arte de aprender de nuestro pasado, entender qué salió mal y enmendar los errores que hemos cometido en nuestro presente. El Hansei no es una técnica, ni un método o una herramienta. Es algo más sencillo: una actitud.

Porque nuestro pasado nos suele despertar cierta resistencia al análisis. No nos gusta ser conscientes de lo mal que lo hemos hecho en momentos que acabamos sepultando en un lugar clandestino de nuestro inconsciente. Y lo hacemos por una razón sencilla: no queremos sufrir. Aunque al final la solución a este problema acabe convirtiéndose en el problema en sí. A menudo, lo que hacemos para no sufrir nos acaba acarreando más sufrimiento.

«Hansei implica dejar de huir de nosotres mismes. Abandonar toda inclinación hacia la indulgencia, el victimismo o la autodestrucción. Situarnos en el foco de nuestra atención y penetrar en los entresijos del misterio que encierra nuestro pasado.»

Elegimos no ver nuestro lado oscuro. Nos absolvemos de la autoría de nuestras fechorías. Y si tenemos alguna adicción a nuestro alcance para aliviar los síntomas del remordimiento firmamos inmediatamente un contrato indefinido. Todo para no sentir las consecuencias de nuestros actos.

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Hansei implica dejar de huir de nosotres mismes. Abandonar toda inclinación hacia la indulgencia, el victimismo o la autodestrucción. Situarnos en el foco de nuestra atención y penetrar en los entresijos del misterio que encierra nuestro pasado. Airear nuestras ideas, hilvanar el hilo argumental de episodios completamente eludidos en nuestra historia y afinar las notas desafinadas que hemos ido tocando en la melodía de nuestra vida.

En definitiva, Hansei implica amarnos incondicionalmente, no solo la parte más estética y plausible que tenemos, sino también ese lado oscuro a menudo maquillado por capas y capas de negación. Cuando hemos podido extraer todo el jugo a nuestros resbalones, y por tanto, hemos aprendido a amar por completo nuestro pasado, podemos trabajar nuestro Ikigai.

*Escucha el episodio del podcast de PSICOLOGÍA CAFEÍNICA que grabé sobre Hansei:

IKIGAI O EL SABER POR QUÉ LEVANTARTE CADA MAÑANA

«La finalidad de la vida es vivir, y vivir significa estar consciente, gozosa, ebria, serena, divinamente consciente.»

Henry Miller

Ikigai se compone de dos palabras japonesas: «iki», que significa «vida»; y «kai», cuya traducción al castellano sería «fruta» o «beneficio». Ikigai, por tanto, podríamos entenderlo como «la razón de ser», «la razón de vivir» o «lo que le da sentido a la vida». Pero traducido en términos muy prácticos podríamos decir que Ikigai es aquello que te empuja a levantarte cada mañana.

Un paréntesis: aquí no vale decir que lo que te empuja a levantarte cada mañana son tus hijes. De acuerdo, tus hijes son muy importantes y le dan mucho sentido a tu existencia. Pero si sólo te levantas por la mañana por tus hijes te será horroroso ir a un trabajo que no te motiva, afrontar esas horas tediosas en las que la vida muestra su lado más insípido o saber cómo llenar el hueco de las horas libres que dejarán tus hijes cuando aprendan a volar fuera del nido.

«El Ikigai suele estar precedido de una crisis existencial honda que te confronta con los significados, valores y creencias en los que habías estado depositando tu energía vital.»

El Ikigai tiene que ver con descubrir qué proyectos, qué metas y qué objetivos nos encienden la llama interior, ese fuego interno que llevamos adentro y que desata nuestra pasión y nuestra entrega incondicional. Puede que esté relacionado con un trabajo remunerado o puede que sencillamente sea algo voluntarioso y desinteresado. Se trata de una conexión estrecha e inexplicable con un propósito superior, algo que al implicarte en ello apacigua todo tu ser por dentro y le da un inaudito sentimiento de esperanza.

Foto de
Clark Tibbs en
Unsplash

Curiosamente, muchas personas descubren su Ikigai después de haber superado —o en el proceso de hacerlo— un episodio de gran decepción. De pronto aquello a lo que se aferraban en la vida se marcha repentinamente: un trabajo, una pareja, una edad… Una crisis insidiosa lleva a la persona a confrontarla con el sentido intrínseco de su existencia y al descubrir que todo aquello en lo que creía es una quimera, al contemplar cómo los pilares que sustentaban su vida se desploman colmándole de indignación y desasosiego, la persona inicia un periplo que le llevará a descender a la profundidad de una identidad nunca antes descubierta. Una identidad que guarda secretamente las raíces de la existencia.

Por esta razón, el Ikigai suele estar precedido de una crisis existencial honda que te confronta con los significados, valores y creencias en los que habías estado depositando tu energía vital. El dolor vasto y penetrante es necesario para forzarte a mirar adentro y explorar una dimensión nunca antes escrutada por tu consciencia. De este modo, la decepción, el fracaso o la traición suelen guardar la llave que abre la puerta a una oportunidad de cambio reveladora.

Una guía a la hora de descubrir tu Ikigai consiste en hacerte estas preguntas:

  • ¿Amo este proyecto hasta el punto que estoy dispuesto a hacerlo aunque no me paguen?
  • ¿Tengo talento para ello?
  • ¿Cabría la posibilidad de que me pagaran por ello?
  • ¿En qué medida mi proyecto contribuye a hacer un mundo mejor?

Y por último. sólo recalcarte un insignificante detalle: vas a morir muy pronto. Así que, ¿por qué no iniciar ese cambio vital justo en este mismo instante? ¿Quién sabe cuánto tiempo extra más pueda concederte la vida?

NOTAS DEL POST

Foto de portada: Ben Sweet en Unsplash

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