Debo esta gran frase a uno de mis mentores y grandes referentes en el oficio de la psicología, Miguel Ángel Manzano. Si aún no lo has hecho, te invito fervientemente a que eches un ojo más abajo a la entrevista que le realicé o escuches el podcast de esa entrevista, no tiene desperdicio.

 

La felicidad como producto

“La industria de la felicidad, sustentada en dos fuertes pilares como son el pensamiento positivo y la espiritualidad, está consagrándose con fuerza como uno de los lugares de peregrinación más concurridos para las víctimas del desconsuelo y la desdicha.”

El capitalismo de la felicidad es una nueva corriente de pensamiento con la que la vieja cultura del consumo ha encontrado un nuevo tiesto donde enraizar y proliferar. Un paradigma que con el pretexto de llevarnos a la tierra prometida de la felicidad, ahonda nuestro vacío existencial para generarnos más carencia, más necesidad, más anhelo. Un estado de insatisfacción profunda que nos impulse a desear más, a querer más, a comprar más.

De este modo, los grandes almacenes y el shopping virtual se coronan como los templos sagrados para la saciación de espíritus descontentos. Pero no sólo la cultura del consumo representa el capitalismo de la felicidad. La industria de la felicidad, sustentada en dos fuertes pilares como son el pensamiento positivo y la espiritualidad, está consagrándose con fuerza como uno de los lugares de peregrinación más concurridos para las víctimas del desconsuelo y la desdicha. Mediante el reclamo de tapar todos tus agujeros, la industria de la felicidad crece a un ritmo vertiginoso, amasando cada vez más y más masas de adept@s.

El coaching como (posible) fuente de sufrimiento

“Hilvanar conceptos como el de abundancia, iluminación espiritual y felicidad me parece muy peligroso.”

Y ahora lo que voy a decir va a sonar muy estridente, lo sé. Puede que incluso ofensivo. Pero hace tiempo que tengo la necesidad de expresarlo. Después de todo en mi oficio me toca confrontar con lo que resulta incómodo. Una vez que he analizado con ahínco la naturaleza del capitalismo de la felicidad creo haber identificado su núcleo: el coaching.

El coaching se ha eregido en la última década como la New Age (Nueva Era) de la psicología. Un movimiento revolucionario, que ha irrumpido en el panorama internacional cobrando un protagonismo inaudito en el arte de apagar el sufrimiento y crear calidad de vida. Y mal que nos pese a l@s que escogimos el oficio de la psicología, l@s adeptos al coaching lo han sabido hacer mejor que nosotr@s. Han creado un concepto terapéutico limpio de prejuicios, atractivo, disruptivo e innovador. Enormemente contagioso, pegadizo y acaparador. Con eslóganes impactantes, destellos de misticismo y personajes mesiánicos con un poder descomunal para atraer a las masas.

Pero como decía mi compadre Miguel Ángel Manzano, por supuesto como hay gente a la que le funciona no lo puedo cuestionar, porque todo lo que funciona, funciona, no me voy a pelear con la realidad. Pero sí que es cierto que como estrategia general me parece una posible fuente de sufrimiento. Pero no el concepto de coaching en sí. Si no la interpretación de coaching que muchas personas que viven de libros y conferencias del desarrollo personal están haciendo en los tiempos que corren.

Estoy convencido que los orígenes del coaching arrancaron con un propósito muy básico: ayudar a las personas a conseguir sus metas. Sin embargo, la información actual que me llega después de leer diferentes autores, visualizar múltiples videos y escuchar algunos podcasts, me parece distar bastante de su objetivo primero. Hilvanar conceptos como el de abundancia, iluminación espiritual y felicidad me parece muy peligroso. Me da mucho repelús que se mezclen los asuntos del dinero y el espíritu. He leído fuentes inspiradoras de lo que hoy se denomina “espiritualidad”, como son el Dalai Lama y Lao Tse, y no he encontrado ni rastro de mención a hacerte rico para alcanzar la felicidad y el éxito. Sin embargo coaches y autores de autoayuda no paran de asociar estos conceptos. “Recupera tu derecho a tenerlo todo” he escuchado incluso…

La vida apesta (y mucho)

“Si ojeas cualquier periódico, divagas sobre algunos minutos de telediario o te informas sobre macroenomía, geopolítica y el funcionamiento de los mercados palparás una realidad inmunda y repugnante.”

Tengo la impresión de que el lema principal que se nos vende en la industria de la felicidad consiste en encontrar una manera espiritualmente inteligente de forrarte trabajando desde casa. O bien que la clave de la felicidad es dejarlo todo para dedicarte a vender libros de autoayuda y concurridos cursos motivacionales. O en el caso más simple, hacer un curso más o menos breve y práctico que te permita dar consejos a la gente para que dejen de llevar la vida vacua que tú llevabas antes de dejar de ser un fracasado para después convertirte en una persona de éxito.

Disculpadme la siguiente expresión, pero me sale de forma irreprimible de las entrañas: la vida apesta. Sí. Si ojeas cualquier periódico, divagas sobre algunos minutos de telediario o te informas sobre macroenomía, geopolítica y el funcionamiento de los mercados palparás una realidad inmunda y repugnante. En este mundo se asesina, tortura, viola y discrimina con total impunidad. Y en muchos casos con el beneplácito de las instituciones. Hay niñ@s que mueren de enfermedades que la industria médica-farmacéutica no investiga por ser poco rentables. El sistema financiero reproduce crisis sistémicas que apean en la cuneta de la pobreza a millones de familias. Si eres niña, niño o mujer tu integridad sexual se verá sometida a peligros constantes. Si conduces un coche en cualquier carretera tu vida puede dar vueltas de campana hasta ser declarada siniestro total. Y así podríamos enumerar una oscura lista que no haría más que aumentar tus náuseas.

El dolor, el malestar, la incomodidad y la carencia son sencillamente inevitables. La adversidad es el motor de cambio y evolución en la vida. Los momentos de frustración encierran grandes dosis de sabiduría y contienen un poder transformador. Toda persona que ha experimentado un fuerte crecimiento personal ha estado precedida de una etapa de pesadumbre y desconsuelo. Así que promover  una felicidad total y permanente es lo más contraproducente que se puede hacer en el campo del desarrollo personal.

Porque  la felicidad no consiste en liberarnos del dolor. Ni en poseer más. Ni siquiera en perseguir el jodido éxito. De hecho, la felicidad es un concepto inventado. Una quimera. Ni está ni se le espera. Porque la mayoría de cosas que englobamos bajo la etiqueta de felicidad consisten en tener subidones emocionales. Orgasmos infinitos. Chutes de euforia, como si pudiéramos comprarla por gramos y esnifarla. Todo lo relacionado con la felicidad es un negocio, una industria, un mercado. Sirve para ganar dinero haciéndote más consciente de la infelicidad que te rodea. Y ya…

Antiabundancia, antiespiritualidad y antiéxito

“Escojo identificarme con personas que viven vidas superficialmente mediocres, pero con un penetrante sentido de vida.”

Como psicólogo me decanto por otro tipo de mirada. Prefiero conceptos más asequibles que nos acerquen a una idea integrada de calidad de vida y dolor. Como por ejemplo el de paz interior. Una mentalidad que te permita estar teniendo la época más desafortunada y cruel, y sin embargo lidiar con ello con una entereza y calma profundas. Esto me gusta más. Escojo identificarme con personas que viven vidas superficialmente mediocres, pero con un penetrante sentido de vida. Marginadas por la felicidad, la riqueza o el éxito, pero engrandecidas por la sabiduría, la aceptación y un audaz instinto de supervivencia.

Son las personas normales y corrientes las que acaparan mi más absoluta admiración. Seres sin grandes pretensiones, sin ambición por ganar seguidores en redes sociales (incluso sin redes sociales en absoluto), sin presión por acaparar una bonita segunda vivienda con la que impresionar a los amigos el fin de semana. Personalidades sin ánimo de lucro, carentes de instinto competitivo, capaces de amar sin resentimiento. Gente que vive hacia dentro, respetando lo que sucede fuera. Amantes de una buena conversación y de un agradable soplo de aire.

Una vida que probablemente sería antiabundante, antiespiritual y antiéxito. Un modo de existir modesto, discreto, liviano. Tan sencillo y funcional que probablemente roce la vulgaridad. Una idología que te sume en el anonimato y con la que corres el peligro de ser más consciente de la soledad. Pero en cualquier caso, una filosofía que te asegura vivir con comodidad la incomodidad, transitar dichosamente la desdicha o sentir fortuna en el infortunio. Una paradoja irreconciliable con las leyes de la lógica, el placer o la grandeza.

Impopularidad como estilo de vida

“Conformarse con llevar una vida incompleta puede que comporte más genialidad de la que nos imaginamos.”

Lo sé. Es poco glamuroso lo que propongo. Pero no supondrá ningún conflicto para tu equilibrio neurohormonal y te permitirá descubrir con más lucidez quién eres. Porque para mi el quid de la cuestión es más bien esto último. ¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí? ¿Cómo puedes contribuir a que las siguientes generaciones hereden un planeta más equlibrado y menos nauseabundo? Porque no sé vosotr@s, pero éstas eran el tipo de preguntas que a mi me preocupaban de pequeño. Y trato de no olvidarlo. Porque cada vez que me he despistado de estas respuestas he metido la pata hasta el fondo. Me he asociado con personas que han acabado decepcionándome, he invertido mi tiempo en proyectos poco fructíferos y lo peor de todo: cuando me he mirado al espejo no me ha gustado nada lo que he visto…

Así que con el tiempo he aprendido a amar un concepto impopular de vida. Una filosofía que me permite vivir tranquilo en la escasez. Que no solivianta mi sueño cuando la adversidad viene a visitarme. El arte de hacer malabares para subsistir con un número poco abundante de cifras en mi cuenta corriente. La ciencia de caminar de frente sin escaparme de la insatisfacción. El hecho de agradecer la frugalidad del placer sin obsesionarme por poseerlo. El don de valorar lo extraordinario sin pretender fusionarme con ello. Comportarme más desde el estar que desde el ser. Perdonar toda tragedia, traición o injusticia. No sucumbir a la tentación de “los culpables”, para conectarme a un modo emprendedor de resolver los problemas.

Que esta batalla está perdida. Que al final de la película nos vamos al otro barrio, nos entierran en el jardín o, en el caso más poético, arrojan nuestras cenizas a un acantilado. Así que para qué poseer algo que no podemos llevar con nosotr@s a donde quiera que vayamos. Si es que vamos a algún lado. Conformarse con llevar una vida incompleta puede que comporte más genialidad de la que nos imaginamos. ¿Qué tiene de ingenioso tenerlo todo, más que el mero hecho de encontrar el algoritmo de producir dinero para disfrutar de tu tiempo? Sin embargo, aquella persona que se siente colmada de gratitud pese a una vida de fracasos supone una ingeniería emocional que no está a la alcance de tod@s.

Photo credit: www.pixabay.com