Antes de seguir leyendo este post te advierto algo: si eres alguien que está sufriendo intensamente en estos momentos, muy probablemente no te va a gustar lo que vas a leer a continuación. Así que permíteme el atrevimiento de ser “tu” Morfeo (The Matrix, Lana y Lily Wachowski, 1999) y tómate unos segundos para decidir si quieres tomar la “píldora roja” o la “azul”: si tomas la píldora azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más.

Una verdad incómoda

“¿Qué es real? ¿Cómo defines lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.”

-Morfeo, «The Matrix»(1999)-

¿Y si te dijese algo verdaderamente jodido, pero liberador? La vida no es justa, buena, predecible, amable o segura. La vida no es nada de lo que hayas creído hasta ahora, o de lo que te hayan tratado de convencer. La vida no es nada de lo que hayas intentado apresar con ideas, juicios, expectativas o cualquier otro producto de tu imaginación. La vida es “lo que es”: luz y oscuridad, dolor y alegría, suerte e infortunio, nacimiento y muerte, salud y enfermedad, relevancia y olvido, amor y soledad.

Tal como ha venido predicando el pensamiento ancestral de Oriente, todo lo que nos acontece se origina por la colisión de dos fuerzas contrapuestas que buscan constantemente el equilibrio y la complementariedad. En el mismo instante de vivir una experiencia se está forjando la aparición de su experiencia opuesta. Así que no hay nada eterno, duradero o estable (principio de transitoriedad). Todo fluye constantemente: aparece, desaparece; nace y muere; empieza y acaba.

Todo motivo de alegría será fuente de dolor y a la inversa. Así que no importa el control que quieras ejercer sobre ello: te hallas a merced del equilibrio y desequilibrio de un número invisible e infinito de fuerzas que te rodean, sin apenas influencia alguna de repercutir en ellas. Toda percepción de control o dominio es una ilusión creada por la mente para proteger su instinto de supervivencia e inmortalización.

¿Cuál es el por qué de todos tus problemas? Rehusar la aceptación de esta verdad inexorable. Sufres porque te niegas a aceptarlo. Crees que puedes controlar tu destino, esquivar la adversidad, protegerte del peligro, escapar del riesgo, mitigar el dolor, resguardarte de la enfermedad.

No te lo tomes como algo personal

“Cuando asumes que el avión en el que viajas es el que se estrellará o que la propuesta de tu proyecto es la idea estúpida de la que todes se burlarán o que eres aquelle del que todes se mofarán o ignorarán, implícitamente estás diciéndote: <<soy la excepción. No me parezco a nadie más. Soy diferente y especial.>> Esto es narcisismo, puro y simple.”

-Mark Manson, «El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda»-

¿No te ha pasado aquello de estar escuchando cómo alguien cercano te cuenta algo desagradable que le ha sucedido y acabas interrumpiéndole para decirle: “pues anda que lo que me ha pasado a mí….?” Nos damos demasiada importancia. Sí, en serio. Tenemos una tendencia innata a considerarnos seres especiales. Y como nos consideramos seres superiores, nos creemos con derecho a estar libres de todo mal, de todo dolor.

Nos pasa algo jodido y nos decimos algo así como: “esto es injusto, por qué me está pasando esto a mí, no me lo merezo”. De algún modo lo que estás transmitiendo a la vida es que debería darte un trato “preferente”, olvidarse de ti cuando reparta un poco de mala suerte y, por supuesto, acordarse de ti más de tanto en tanto para proveerte de aquellos anhelos íntimos que te despiertan un deseo ferviente.

Nos comparamos con personas que viven mejor que nosotres y creemos que tenemos el mismo derecho a vivir esa vida privilegiada, o incluso más si cabe. Porque… ¿cómo no? La vida nos trata injustamente y por ello nuestros méritos computan más alto en “el ranking imaginario de derecho a privilegios”.

No te lo tomes como algo personal, pero tu vida es tan mundana e irrelevante como la de una piedra, una mosca, una flor o una gota de agua. ¿Por qué debería la vida dotarte a tí de esa inmunidad a la desdicha? ¿Por qué deberías vivir en una burbuja impenetrable para el sufrimiento? Lo cierto es que tienes tanto derecho a sufrir y a ser pasto de la infelicidad como cualquier otro ser que vaga por este mundo incierto e impredecible.

Deja de “chutarte”

«Un gramo a tiempo, te pone contento.» (…) «Fui y seré me ponen triste …; tomo un gramo (de soma) y sólo soy.»

-Aldous Huxley, Un mundo feliz-

Y puesto que nos creemos seres especiales, con derecho a todo, llega a nuestra vida una etapa de malestar y nos dedicamos a anestesiar lo que sentimos. Pretendemos sortear como sea la desazón y recuperar a toda costa el estado de “no padecimiento”. Nos investimos de títulos honoríficos para exonerarnos de nuestras desventuras a través del consumo abusivo: más alcohol, más drogas, más fármacos, más fútbol, más Netflix, más prensa, más televisión, más cine, más novelas, más música, más libros, más Facebook, más Youtube… Más, más y más evasión.

¿En serio crees que puedes llegar a encontrar un lugar donde estés a salvo de soportar el dolor? No, queride amigue. No existe tal lugar, tan sólo crees encontrarlo en un remoto rincón oscuro en los arrabales de tu mente. Porque sea cual sea la droga con la que te chutes para librarte de tu dolencia, ésta te perseguirá hasta encontrarte donde quiera que te escondas; y te exigirá el pago de las cuentas pendientes que tienes con la vida, con recargo de intereses por demora.

Ese es el por qué de todos tus problemas. Un por qué del que has estado escondiéndote todo este tiempo. Mientras buceabas en puñados de libros de autoayuda, durante aquella sucesión de sesiones de coaching y terapia, incluso en todas esas clases de yoga y body pump, lo único auténtico que has estado haciendo es escapar del dolor y perseguir una felicidad artificial y superflua.

Probablemente pienses que soy alguien cruel por decir lo que digo con esta crudeza. Pero es preferible resultar despiadado e injusto que un cómplice más de tu sufrimiento. Seguramente podría dirigirme a tí con palabras más dulces, con un tono más marcado de cariño. Pero a veces, compañere míe, se trata de escuchar la verdad sin adornos, bagatelas u ornamentos. La verdad tal cual. Escalofriante, aguijoneadora y truculenta. Porque la verdad, por más desconcertante y demoledora que sea, nos regala el don de la conciencia. Y ésta es la llave de la liberación, la grieta por donde entra la luz en nuestra celda.

Asume y camina

“Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.”

-George Orwell, «1984»-

¿De qué te sirve dejar un comentario al pie de este post que diga “qué cierto, cuánta razón, qué fácil suena… pero qué difícil hacerlo, qué duro, cómo cuesta…” Deja de escusarte, deja de seguir considerándote alguien especial, la excepción que confirma la regla. Asume y camina. Despierta de una vez a la verdad y haz de ella el motor que impulse tu vida.

Abandona el sofá, la cama o cualquiera que sea el cómodo lugar en el que te has instalado para eximirte de responsabilidad y acción. Realiza esa pequeña acción, ese diminuto esfuerzo que lo cambia todo. Mantén esa conversación pendiente que pone punto y final a todo. Invierte esa pequeña suma de dinero que hace caminar tu idea. Arriesga esa pequeña porción de comodidad en pos de un futuro prometedor e incierto. Sustituye la queja por la acción obsesiva. Apuesta por ti como nadie sería capaz de hacerlo. Álzate por encima de tanta mediocridad y ve dando pequeños -pero firmes- pasos que te pongan en la órbita de un viaje incómodo y excitante.

Porque si no eres tan importante, si no eres tan especial, si no eres ninguna excepción y tu vida es tan vulgar como la del resto de seres que vagan por este mundo, ¿qué más da que todo pueda salir mal, que todas tus expectativas se derrumben o que te juegues una salud que tarde o temprano acabarás perdiendo?

Piénsalo bien… pero no demasiado. Pues el pensar asfixia el cerebro y lo único que oxigena es el movimiento de un corazón que se mueve de forma implacable.

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