Más o menos una crisis se gesta en 10 pasos, tal que así:

  1. Vivimos conformando un modelo del mundo.
  2. Ese modelo del mundo parece que nos está funcionando.
  3. Le cogemos cariño a ese modelo del mundo y nos identificamos con él, de tal manera que nuestras creencias se fusionan con nuestra identidad.
  4. En un determinado momento el mundo nos demuestra que nuestro modelo no funciona.
  5. Seguimos encariñados a nuestro modelo del mundo. Nos negamos a renunciar a él, aunque sigue sin funcionar.
  6. De pronto nuestra vida se llena de pérdidas. Pérdidas que la vacían de sentido, alegría e ilusión.
  7. Respondemos con ansiedad, depresión o adicciones. Escogemos soluciones rápidas, aunque ineficaces.
  8. El futuro se torna incierto, oscuro e incluso tenebroso.
  9. Nos quedamos estancados.
  10. Podemos seguir mirando hacia fuera buscando culpables o podríamos optar por responsabilizarnos revisando lo que tenemos dentro.

 

La trampa de las creencias

“Cuanto más probable sea que nuestras creencias estén equivocadas, mayor resistencia ejerceremos a renunciar a ellas”.

Las personas necesitamos creencias. Las creencias nos dan una guía de cómo comportarnos en situaciones que nos generan angustia, desconcierto o inseguridad. Las creencias con las que más fácilmente nos encariñamos son las que nos dicen: “sota-caballo-rey”. A nuestro cerebro le encanta resumir y simplificar.

Y aunque la necesidad de acumular creencias se creó por una cuestión biológicamente inteligente, existe un fenómeno paradójico. Cuanto más probable sea que nuestras creencias estén equivocadas, mayor resistencia ejerceremos a renunciar a ellas. ¿Por qué? Porque renunciar a nuestras creencias significa “traicionar” esa identidad imperfecta a la que nos habíamos aferrado para disminuir nuestra sensación de vacío y perplejidad en un mundo complejo y lleno de incertidumbres. Nos encasillamos y encasillamos a los demás. Cambiar lo contemplamos como sinónimo de ser débil o como si fuéramos a perder una ridícula partida imaginaria.

De lo que no somos conscientes es de que a medida que nos aferramos a unas creencias vamos generando valores. Los valores son guías mucho más sofisticadas, que agrupan creencias y nos definen como personas. La persona que evita comprobar estar equivocada está escogiendo el valor de la “cobardía”. Quien cree que no merece la pena esforzarse por conseguir un sueño está optando por el valor del “fracaso”. Alguien que se define por ser el alma de la fiesta está perfilándose como “adicto”. Y de ésta forma, nuestras creencias se van agrupando en entidades psicológicas mucho más difíciles de reconocer y, por tanto, modificar.

La forja de una “mala persona”

“En la sociedad podemos tolerar a una persona que tiene una mala conducta. Pero somos incapaces de respetar a alguien que se define como una “mala persona”.

Así que lo más jodido de tener unas creencias distorsionadas no es la clase de resultados que estás obteniendo, sino la clase de valores con los que le muestras al mundo que te defines. En la sociedad podemos tolerar a una persona que tiene una mala conducta. Pero somos incapaces de respetar a alguien que se define como una “mala persona”. Y en el fondo, ser mala persona no es tan difícil, tan sólo basta con tomar algunas decisiones erradas acerca de las creencias que van a conformar tus valores.

Por ejemplo. Alguien se aferra a la creencia de que “siempre tiene razón”. Cuando tiene un conflicto con un prójimo, invertirá toda clase de esfuerzos en demostrar que tiene razón. Cuando la realidad le confronte con que su creencia está equivocada, doblará esos esfuerzos para defender su creencia. Porque “no tener razón” le destrozaría como persona. Así que ignorará toda clase de señales que le adviertan que está traspasando la línea de lo razonable, lo coherente o lo digno. Escogerá vulnerar su dignidad y la de otr@s para defender su creencia de “siempre tengo razón”. Y de esta forma se mostrará como una persona que se define por el despotismo, el egoísmo y la frialdad. Cualidades muy asociadas a lo que los seres humanos consideramos “maldad”.

Así que te propongo una reflexión. Cuando te enzarzes en una tórrida discusión por redes sociales, defendiendo tus creencias; o bien, cuando te encuentres en una acalorada conversación en el trabajo defendiendo los pilares de “tu verdad”, hazte la siguiente pregunta: “¿en qué clase de persona me convierto cuando defiendo mis creencias?” Es posible que no te guste la respuesta. Creo que todos tememos mirarnos a ese espejo. Porque es fácil defender creencias o ideologías, pero no tanto defender valores que te desenmascaran como persona.

La crisis como solución

“Cuando alguien es capaz de superar el apego a sus creencias para cuestionar sus valores y escoger una identidad que le repercute más remuneración emocional, está escogiendo un camino al que solemos nombrar, coloquialmente, como felicidad.”

La vida te devolverá una lección ya no para que cambies de creencias, sino para que revises tus valores. Te arrebatará el trabajo para que pienses el modo de ganarte la vida que escogiste. Te dejará sin amigos o pareja para que reflexiones la forma en que decidiste escoger y tratar a las personas. O te hará enfermar, para que profundices en el estilo de vida que optaste por llevar. Sólo hay un modo de superar las crisis: modificando los valores. Porque quien sigue aferrado a creencias que conforman valores errados, siempre permanece estancado en el sufrimiento.

Como psicólogo me toca realizar, en muchas ocasiones, un trabajo feo. Alguien me enseña su sufrimiento intentando encontrar una solución rápida que le libere de ese oscuro pesar. Yo indago en sus creencias acerca de su sufrimiento y acabamos identificando los valores que le definen como persona. Aquí se producen dos reacciones:

  1. Aferrarse al sufrimiento para seguir manteniendo unos valores que le otorgan un alivio efímero, pero muy adictivo.
  2. Encarar el sufrimiento cambiando los valores con los que definía su identidad.

Estas dos reacciones marcan dos caminos. El de la crisis permanente o el de la liberación personal. Cuando alguien es capaz de superar el apego a sus creencias para cuestionar sus valores y escoger una identidad que le repercute más remuneración emocional, está escogiendo un camino al que solemos nombrar, coloquialmente, como felicidad.