La espiritualidad está de moda. Basta con bucear un poco por internet. Tan de moda como la autoayuda. E incluso frecuentemente se unen ambos conceptos en cientos de publicaciones, blogs, libros y otros medios de expresión. En este post voy a proponerme analizar estas controvertidas preguntas: ¿qué puntos tienen en común la psicología y el crecimiento espiritual? ¿Es posible vivir una vida espiritual aplicando conceptos de la psicología? Toma asiento, te advierto de que esto va para largo…

El problema científico

“El conocimiento científico es lo más parecido a lo que podemos llamar verdad”.

Para empezar, tanto la psicología como la espiritualidad tienen un suculento problema que resolver: cómo reconciliar sus conocimientos con la ciencia. Sin entrar demasiado en lo que es la ciencia (para curiosos os remito al libro “Qué es esa cosa llamada ciencia”, de Alan F.Chalmers), voy a resumirlo en algo muy básico: el conocimiento científico es lo más parecido a lo que podemos llamar “verdad”. Es decir, es el único saber que se puede considerar probado y ello da una garantía de fiabilidad. Por eso goza de un estatus superior respecto a cualquier otro tipo de información que no haya sido sometida al método científico.

Sin embargo… ¿es la psicología una ciencia? Yo lo voy a decir claro: para mi no. Se abre el debate. Se aceptan todo tipo de aportaciones respetuosas y abiertas al diálogo. Pero de antemano advierto: dudo que me hagan cambiar de opinión. En los años de Universidad me recalcaron con rotundidad (e incluso con grandes dosis de soberbia, diría yo…) que la psicología era (“es”) una ciencia. Por supuesto, esto se debe a que la corriente dominante en la universidad en la que yo estudié es el modelo cognitivo-conductual.

Con la pasión que caracteriza al novato, me dispuse a aplicar esos supuestos “conocimientos científicos” en mi cruzada contra el sufrimiento. La conclusión a la que he llegado tras casi doce años de trabajo al respecto es lo siguiente: la psicología no funciona… siempre. Puedes aplicar una técnica que cuenta con reconocimiento científico, obtener unos resultados fabulosos en una persona y sin embargo chocar contra un muro de piedra aplicándola en otra. Por otro lado, muchos conocimientos en psicología carecen de validez empírica (estrictamente dicha) y sin embargo se muestran eficaces en la práctica. He utilizado técnicas sin ninguna validez científica que me han funcionado mejor que otros métodos respaldados por la ciencia… Es más, cada profesional de la psicología trabaja con postulados diferentes, a veces contrapuestos. ¿Se imaginan a un cirujano operando a corazón abierto utilizando una técnica cuestionada por otro grupo de cirujanos…?

La psicología no es una ciencia exacta y por tanto no se le puede otorgar la etiqueta de científica, aunque muchos de sus conocimientos sí gocen de ese afamado estatus. Esto sucede porque la mente humana escapa, en muchas de sus dimensiones, al método de estudio y de validación que tiene la ciencia. La conducta humana no es igual siempre, en todas las situaciones, en todas las circunstancias, en todas las personas. Sufre variaciones repentinas, a veces incoherentes; es inestable, muy vulnerable a la influencia de variables extrañas imposibles de controlar; cambia en función de los ciclos estacionales; puede ocurrir incluso en ausencia de causas objetivas; tiene un componente subjetivo inmenso, etc., etc. La naturaleza de la conducta humana no se rige exactamente por las leyes predecibles de la física, las matemáticas o la biología molecular. Y eso la hace una materia escurridiza para la metodología científica.

Y en este punto coincide, en parte, con la espiritualidad. Con el añadido de que la espiritualidad es una materia aún más escurridiza e inabarcable desde la ciencia. Aunque dicen que no está muy lejos ese día en que ciencia y espiritualidad se reconciliarán. Ejemplo de ello es el experimento realizado por científicos de la universidad de Viena, en el que consiguieron modificar desde el “presente” un suceso que había ocurrido en el “pasado”. Puedes curiosear este evento aquí.

Ahora bien, ¿debemos descartar a priori cualquier contenido que no goce de estatus científico? En mi opinión no… Pero cuidado, eso no quiere decir que debamos aplicar sin filtro cualquier conocimiento sin haber realizado un laborioso proceso de contrastación de información, consulta de la opinión de diferentes expertos, indagación sobre posibles efectos adversos, etc. El estudio debe ser el común denominador de todo ejercicio profesional. Más allá de si se ha aplicado el método científico o no.

No podemos obviar que es rigurosamente necesario haber indagado en las bases de una información antes de decantarnos por ejecutar sus postulados. Hay una cantidad de información promovida por nuevas corrientes de pensamiento, que podríamos englobar dentro de la etiqueta de “pseudociencias”, que goza de una enorme aceptación popular y que sin embargo ha demostrado tener enormes consecuencias adversas para nuestra salud. Por ejemplo, los casos de muerte infantil y rebrote de enfermedades casi extinguidas que se han dado en familias que habían adoptado una “ideología anti-vacunas”.

El Camino (El Tao)

“Hay una Fuerza que une todo el Universo y lo mantiene en equilibrio.”

El Tao es la obra que recoge, en formato de verso, las enseñanzas del maestro Lao Tse. Este libro milenario guarda una sabiduría que no sólo puede englobarse dentro del ámbito de la espiritualidad, sino también dentro del pensamiento filosófico. Tao significa “El Camino” y habla acerca de una Fuerza que une todo el Universo y lo mantiene en equilibrio.

Como fiel seguidor de Star Wars… estas navidades me propuse indagar sobre esta corriente espiritual que tan patente se encuentra en las enseñanzas del maestro Yoda, Obi-Wan Kenobi o Luke Skywalker. Para ello me hice con el libro “Nuevos pensamientos para una vida mejor”, de Wayne Dyer, un psicólogo que alcanzó la fama con el libro “Tus zonas erróneas” y que durante su trayectoria viró de la psicología más académica a la más trascendental. El libro de Dyer intenta desentrañar en un lenguaje más sencillo y moderno la sabiduría difundida por Lao Tse. He encontrado muchos paralelismos entre el análisis de estos 48 poemas espirituales y las enseñanzas de la psicología.

Aquí recojo las ideas principales que más conexión me han suscitado:

1. “Deja que el mundo se revele sin intentar explicártelo todo.” La ansiedad es un intento por abarcar lo inabarcable, por desentrañar las causas de un mundo inestable, complejo y en continuo cambio. Quien quiere hacerse con el control del futuro y esquivar la adversidad cae en las redes del sufrimiento. A veces hay sucesos que ocurren sin más, sin una explicación lógica, sin una causa racional o un motivo legítimo. La crueldad, las desdichas del azar, la enfermedad o la pérdida repentina de un ser querido son fenómenos que tenemos que asumir sin pretender entender al 100% su naturaleza. Contemplar lo que sucede en nuestra vida sin enjuiciarlo nos protege del sufrimiento.

2. “Cuando tus expectativas de desmoronen, relájate, déjate ir, acepta y date cuenta que algunos de tus deseos tienen que ver con lo que tú piensas que debería ser tu mundo más que con cómo es en ese momento.” Encuentro una íntima conexión entre esta enseñanza y lo que Albert Ellis llamó ansiedad perturbadora. La ansiedad perturbadora fue descrita por Ellis como “el malestar que generamos los seres humanos cuando consideramos que debemos o tenemos que conseguir lo que deseamos necesariamente” o tildamos de “terrible, horroroso o catastrófico, en lugar de desagradable o incómodo, no conseguir lo que creemos que debemos o tenemos que tener.” Puedes indagar más sobre este concepto aquí.

3. “Admite la paradoja de querer que lo que te irrita se disipe y permitir que sea tal y como es.” Los postulados de la Terapia Aceptación y Compromiso, de la que hablaré más adelante, concuerdan perfectamente con esta lección. Observar lo que te perturba sin intentar influir en ello es el núcleo de la aceptación, una poderosa herramienta de superación que nos vacuna frente a la frustración.

4. “Actúa sin esfuerzo y sin apego al resultado. Limítate a ser.” En psicología sabemos que el papel de las expectativas es fundamental en el mantenimiento de un adecuado equilibrio emocional y psicológico. Cuando nuestras expectativas son desmesuradas o nos aferramos rígidamente al deseo de un resultado, nos exponemos al riesgo de que la realidad trunque nuestros anhelos. Gran parte de nuestro malestar se enraiza en unas expectativas inadecuadas sobre lo que esperamos de la vida.

5. “Dedicarse a la obtención de más objetos alienta el control que los factores externos ejercen sobre nosotros.” En psicología lo llamamos atribución externa. Cuando atribuimos nuestro bienestar a sucesos que ocurren fuera de nosotros estamos depositando el control de nuestra felicidad en variables ajenas a nuestra influencia. Esto nos hace tremendamente vulnerables a la pérdida de bienestar y calidad de vida, puesto que seremos extremadamente dependientes de una fuente inalcanzable de felicidad.

6. “Aporta tu felicidad a todas las personas que encuentres en la vida, en vez de esperar que sean los acontecimientos externos los que la traigan.” Lo contrario a la atribución externa sería la atribución interna. Cuando consideramos que nosotros tenemos la capacidad de ser felices independientemente de lo que suceda fuera de nosotros nos liberamos de ataduras externas y podemos concentrarnos en generar felicidad en nuestro entorno, sin importar lo que obtengamos por ello. Muchas personas son incapaces de estar bien con ellas mismas y esto les impide estar bien con quienes les rodean.

7. “Integra los opuestos como parte de un todo”. La disonancia cognitiva es el fenómeno por el que sentimos incomodidad al hacer o pensar cosas que son incoherentes con nuestras creencias. Una incomodad que nos lleva a cambiar nuestro pensamiento para no dejar ni rastro de incoherencia. Asumir lo que nos ocurre sin enjuiciarlo, sin categorizarlo, sin empaquetarlo en un prejuicio nos faculta para vivir experiencias incoherentes sin padecer consternación por ello. De esta forma, convivir con el dolor de un acontecimiento trágico en nuestra vida se hace compatible con tener momentos de alegría durante el día.

8. “Elimina en lo posible los juicios sobre otras personas. Recuerda que compartes algo con esas personas a quien juzgas.” Los estereotipos y los prejucios son el origen del racismo, la xenofobia y las demás prácticas discriminatorias en nuestra sociedad. Henri Tajfel describió los procesos de discriminación intergrupal en su teoría sobre la identidad social.

9. “Sé creativo en tus pensamientos, en tus sentimientos y en todas tus acciones. Aplica tu naturaleza única a todo lo que emprendas.” La creatividad ha sido identificada como una de las piezas clave de la inteligencia por su íntima conexión con la resolución de problemas. Sternberg la incluyó dentro de su teoría triárquica de la inteligencia en lo que denominó “inteligencia práctica o contextual”. Las actividades que ejercitan la capacidad creativa activan el lóbulo frontal del cerebro, favoreciendo la concentración y la regulación emocional.

10. “Intenta desapegarte de tu ego. Sirve a los demás, y todas tus necesidades serán colmadas.” El “Ego” fue descrito por Freud en su teoría estructural de la personalidad como esa parte irracional de la personalidad, ligada a los impulsos y a los instintos más primarios. Describió el “Yo” como la estructura de la personalidad que permite integrar las normas sociales (“Super Yo”) y nuestros impulsos animales (“Ego”). En psicología decimos que una persona es adulta en la medida en la que su cerebro racional (el lóbulo frontal) es capaz de ejercer una adecuada influencia sobre el cerebro emocional (el sistema límbico). Cuando alcanzamos la madurez nos convertimos en seres capaces de satisfacer de manera autónoma nuestras necesidades.

La Aceptación

“Aceptar o rendirse supone un abandono de toda lucha contra “lo que es”.

Hasta los años 80 y 90 dominaba el formalismo científico que caracteriza a la psicología cognitivo-conductual. Las terapias de Tercera Generación dotaron de mayor flexibilidad a la psicología. Esto supuso una apertura hacia influencias externas con matices más místicos. De ahí el acercamiento hacia el pensamiento oriental, que dio como resultado el surgimiento de la Terapia Aceptación y Compromiso.

Esta revolucionaria terapia sitúa el control de los pensamientos y las conductas como el núcleo en sí del sufrimiento y propone el abandono de cualquier intento por cambiar las circunstancias que vivimos. Emerge así el concepto de “aceptación”, en consonancia con el concepto de “rendición” propuesto por las corrientes espirituales. “Aceptar” o “rendirse” supone un abandono de toda lucha contra “lo que es”, es decir, contra la realidad de unas circunstancias de vida adversas. Jeff Foster, considerado uno de los maestros advaita más influyentes en la actualidad, ha desarrollado también el concepto de aceptación en sus reflexiones sobre espiritualidad.

Tanto la Terapia Aceptación y Compromiso como diversas corrientes espirituales proponen la meditación como eje de integración del dolor. Contemplar la influencia que los fenómenos trágicos, desafortunados o azarosos tienen en nuestro cuerpo, en nuestros pensamientos y en nuestras emociones sin hacer nada por evitarlo. El famoso Mindfulness no es otra cosa que una meditación guiada a través de nuestra respiración.

Además, la “defusión del pensamiento” propuesta por la Terapia Aceptación y Compromiso” es exactamente idéntica al concepto de desapego proviniente de la espiritualidad. El propósito consiste en convertirte en observador y dejar de ser participante del problema. Ser la conciencia que experimenta lo que ocurre en en nuestra mente, en nuestro cuerpo y abandonar todo intento de interferencia con la manifestación natural de un problema. Si analizamos los libros “la Trampa de la Felicidad” de Russ Harris, basado en la Terapia Aceptación y Compromiso, y “El Poder del Ahora”, de Eckhart Tolle encontraremos asombrosos parecidos.

Llevar una vida acorde con nuestros valores, con nuestros principios y con nuestros propósitos de vida más elevados es otro elemento fundamental de estas dos fuentes de conocimiento. El compromiso con una vida guiada por la “trascendencia”, la “autorrealización” y el “desarrollo personal” son ejes compartidos de acción.

El Perdón

“Quien ha contemplado el efecto sanador del perdón ha visto rebrotar un manantial de alegría allí donde sólo parecía existir un desierto de desolación.”

Y para finalizar no podría faltar este último punto. Creo que no hay ninguna religión en el mundo que no hable de perdón. Desde el perdón cristiano como acto de fraternidad, hasta el perdón budista como acto de liberación del sufrimiento, el perdón parece ser un común denominador en el mundo espiritual.

La psicología jurídica ha contribuido especialmente en el desarrollo de disciplinas que se engloban dentro del paradigma de la Justicia Restaurativa, como son la resolución alternativa de conflictos y la victimología. Entre los objetivos del psicólog@ penal en el marco de la Justicia Restaurativa encontramos una atención más justa de la víctima de un delito, una responsabilización personal de la persona infractora en la reparación del daño causado y una participación mayor de la sociedad en la que se ha cometido el delito. Estas tres grandes metas están unidas por un hilo conductor que une y armoniza la intervención: el perdón.

Como psicólogo penal que me dedico a la atención de víctimas de delitos violentos he comprobado en decenas de casos que una persona que ha sufrido la desgarradora desdicha de la violencia necesita perdonar de algún modo al infractor para poder pasar página. Los sentimientos de odio y rencor son enemigos del perdón y fuertes aliados del sufrimiento. Por ello, el perdón es una de las herramientas terapéuticas que mejores resultados ha obtenido en la superación definitiva de un trauma.

Estamos hablando de un perdón tanto explícito como simbólico. Una víctima necesita desprenderse del “rol de víctima” que un delito le impone para poder vivir en paz y para ello todos los senderos conducen hacia el perdón. Asimismo, el delincuente necesita ser perdonado para reconciliarse con una parte de sí mismo y empezar de nuevo.

Una persona que no ha perdonado es alguien que no olvida lo sucedido, que mantiene un sufrimiento embalsamado, con una intensidad emocional muy fidedigna a la ocurrida en el momento de la agresión. El fantasma de la venganza, el sentimiento de frustración y el odio son el abono perfecto para el sufrimiento cuando la persona rehúsa perdonar lo sucedido. Y es que el perdón puede vivirse como un signo de debilidad cuando existe un deseo insaciable de recuperar una dignidad malherida.

De la misma forma, alguien que no pide perdón por los crímenes realizados es una persona que no alberga el más mínimo remordimiento y, por tanto, estará condenada a repetir una y otra vez su error.

De ahí la importancia de utilizar el perdón como una herramienta clínica. No sólo como un medio de conciliación de dos personas en las que la violencia produjo un desequilibrio de poder, sino también como un camino para la aceptación, para recuperar el interés por una vida rica en sentimientos positivos y como una oportunidad de reconducir aspectos desviados de la naturaleza humana.

El perdón es una de las aportaciones de la espiritualidad que más valor creo que entrega a la psicología clínica y jurídica. Quien ha contemplado el efecto sanador del perdón ha visto rebrotar un manantial de alegría allí donde sólo parecía existir un desierto de desolación.

Y hasta aquí este análisis de compatibilidad entre la psicología y la espiritualidad. Espero que te haya resultado, cuanto menos, sugestivo e interesante. Me encantaría conocer qué piensas sobre ello. Estoy convencido de que no existe una verdad absoluta al respecto y que toda opinión, por más diametralmente opuesta que parezca, enriquece este debate. Después de muchas cábalas ésta ha sido la conclusión a la que he llegado.

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