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¿Te ha pasado alguna vez aquello de tener un sueño en la vida, llevar mucho tiempo luchando por él y, cuando de repente se cumple, te deja de hacer ilusión? Una nueva pareja, un nuevo trabajo, el último modelo de smartphone o incluso ser un youtuber que gana miles de euros al mes… Al cabo de un tiempo, no importa lo mucho que lo hayas deseado, te acabas acostumbrando. Pasado un poco de tiempo más, tu felicidad irá haciendo hueco al desencanto. Y al final, lo quieras o no, tu mente acabará convenciéndote de que para ser feliz necesitas un poco más. Y cuando alcances ese poco más, aún te quedará otro poquito más para alcanzar la plenitud absoluta. Y en esa cinta de correr de la felicidad que nunca se detiene te acabas convirtiendo en un yonki del “subidón emocional”. No importa lo mucho que consigas o lo lejos que llegues. Nunca es suficiente.

NUNCA ES SUFICIENTE

“Y los demonios de la noche bajaron, y nos rompieron los oídos gritando lo que tú nunca quieres oír. Creo que explotó la habitación. Y se quedó tan fría la cama que tú no parabas de llorar.”

-Fecha Caducada, Los Piratas-

Si hacemos un paralelismo entre la psicología y la tecnología, la felicidad vendría a ser a la psicología lo que la obsolescencia programada a la tecnología. Entiéndase la obsolescencia programada, según wikipedia como:

“La determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño del mismo, este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible por diversos procedimientos, por ejemplo por falta de repuestos, y haya que comprar otro nuevo que lo sustituya. Su función es generar más ingresos debido a compras más frecuentes para generar relaciones de adicción (en términos comerciales, «fidelización»).”

Nuestro creador biológico, sea lo que sea lo que haya determinado nuestro diseño y arquitectura humana, parece haber diseñado nuestro organismo para una felicidad con los días contados. Un chispazo efímero que nos encandila durante un breve período de tiempo y después se desvanece repentinamente, sumiéndonos en un estado de vacío constante. De un día para otro, aquello que te hacía cosquillas en el estómago deja de hacértelas. ¿La solución? Reemplazar aquello que ya no te pone por algo nuevo. Y ahí empieza la bajada a los infiernos.

Porque mientras sigas creyendo que reemplazar personas, objetos y trabajos es la solución al vacío que reina en tu interior seguirás desplazando tu atención al lugar equivocado. Nada será suficiente para colmar su ansia de placer. La feliciscencia programada acabará imponiéndose a todo intento de reemplazo. 

“No vayas afuera, vuélvete a tí misma. En la persona interior habita la verdad”, decía San Agustín. Aún a sabiendas de incurrir en un post de autoayuda barata… me es imposible eludir la cuestión de expresar que no es reemplazando nada externo como se consigue la plenitud adentro, sino reacomodando tu psicología de vida, eso que da nombre a este blog, y que es fuente de todo sufrimiento o toda virtud.

¿HOMEO… QUÉ?

“Todo está en equilibrio. Siempre hay un precio: Por cada regalo, hay una sustracción y ​​por cada éxito, un sacrificio.”

Martin Olson

No. No es homeopatía de lo que voy a hablar aquí, este tema aún me queda lejos. Voy a hablar de un tipo de tracción que lleva a nuestro organismo a sanar y alcanzar la dicha, pero mitigando todo exceso de excitación.

Así como en nuestro planeta existe una fuerza gravitatoria que mantiene todo su contenido sujeto y en un relativo equilibrio, nuestro cuerpo y nuestra mente se rigen por otra fuerza gravitatoria que los mantiene con cierta cohesión y armonía. Me estoy refiriendo al proceso de homeostasis, definido por wikipedia como:

“Una propiedad de los organismos que consiste en su capacidad de mantener una condición interna estable compensando los cambios en su entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con el exterior.”

La homestoasis es un mecanismo interno de nuestro organismo que tiende a compensar los desajustes producidos por los excedentes de tensión, ya sea hacia una polaridad negativa o positiva. Por ejemplo, cuando una neurona se activa para transmitir información, automáticamente se pone en funcionamiento un mecanismo físico que va intentar apagarla, provocando un cambio radicalmente opuesto, que progresivamente se irá modulando hasta alcanzar un estado de neutralidad o equilibrio.

Del mismo modo que la homeostasis lleva a una neurona de la excitación al apagado fulminante para después volver a la calma, la homeostasis también hace que pasemos de la euforia a la frustración para después acabar en la indiferencia cuando nos ocurre un acontecimiento exultante.

Biológicamente estamos condenados a la neutralidad. Aunque nuestra mente, sin embargo, busca mantenerse en la polaridad. De ahí la lucha por perseguir un imposible. Un modo de vivir que ha acabado calando en la cultura posmoderna, elevándose como un estandarte de culto.

NARCISISMO POP

“El narcisismo de las pequeñas diferencias, es la obsesión por diferenciarse de aquello que resulta más familiar y parecido.”

Sigmund Freud

La felicidad, al menos la felicidad biológica, no es duradera. Nunca lo ha sido. Nunca lo será. Sin embargo, buscamos el subidón emocional como si nos fuera la vida en ello. La sociedad actual se ha convertido en un baile de relaciones sociales cuyo fin persigue la autoafirmación a través del placer, la validación social y la evitación constante de lo incómodo.

Queremos que las cosas sean fáciles, rápidas y frenéticas. Nos aburre la normalidad y deseamos “impacto”, torrentes de adrenalina irrigando furiosamente nuestro sistema nervioso. Y no sabemos qué es lo que perseguimos con más ahínco, si una vida de impacto, o una vida glamurosa para que sea admirada por las personas que asisten al espectáculo que protagonizamos.

Y por si ésto no fuera poco, la cultura tecnológica, basada en sofisticados aparatos y apps que hacen de tu vida un gadget mucho más manejable, nos ha llevado a normalizar –e incluso banalizar– la satisfacción de las necesidades más primitivas y básicas del ser humano, desplazando el foco de interés en la persecución de fantasías narcisistas: cumple tu sueño, alcanza tus metas, sé la mejor versión de tí misma, desata tu éxito… Lo que en los primeros años de la era del 2000 llamábamos la cultura del pelotazo, pero sustituyendo el ladrillo por la creación de marcas personales y negocios online.

“No nos basta con ganarnos decentemente la vida, ahora queremos ser ricos, asquerosamente ricos, independientes y no sufrir ningún tipo de carencia o escasez.”

No nos basta con ganarnos decentemente la vida, ahora queremos ser ricos, asquerosamente ricos, independientes y no sufrir ningún tipo de carencia o escasez. Pero para que no suene tan pueril y vanidoso, ahora lo llamamos abundancia. Vivir en la abundancia, a través de la ley de la atracción y la alianza cósmica con el universo…

En los años 60 en Estados Unidos se bautizó a esta cultura de la felicidad, una especie de capitalismo espiritual, como New Age. A mí me suena algo más como Narcisismo Pop. Una revolución cultural compuesta de libros, podcasts, videos de youtube, productos, marcas y lifestyles que prometen revolucionar el desarrollo personal mundial, pero que en mi opinión sólo estimulan nuestra gula narcisista.

Yo creo que nos atemoriza la la verdad más oculta e inquietante que hay en la profundidad de nuestra conciencia. La verdad de que somos personas ordinarias, llevando vidas intrascendentes, puesto que no hay producto, proyecto o lifestyle que pueda salvarnos de nuestra ineludible mortalidad. Por eso intentamos escapar, inventado creativas salidas de emergencia que nos distraen, aportandonos una ilusoria sensación de apogeo y expansión. De ahí nuestro vacío congénito, el derrumbe de todo intento por trascender a través del confort, aparentemente análogo, pero diametralmente tan opuesto a lo que denominamos felicidad.

FELICIDAD ESPARTANA E IMPERECEDERA

“Sí, niños, ustedes también pueden recomponerse y vivir una vida más satisfactoria y significativa buscando menos, dejando de lado todas las suposiciones estúpidas que han acumulado a lo largo de su vida absorta, olvidando la felicidad y aceptando que todo lo que tiene sentido en este mundo requiere lucha y sacrificio.”

Mark Manson

Nuestro cuerpo sabe lo insostenible de intentar perpetuarse en la longevidad de un alborozo frenético. De ahí que toda ideología basada en la felicidad como ausencia de dolor y culminación de nuestros deseos está condenada al sentimiento sistemático de carencia y exigüidad. Quizá la ingeniería biológica que nos configura guarde, dentro de nuestro ácido desoxirribonucleico, el secreto mismo que nos guíe hacia una felicidad imperecedera, alejada de esa cultura pop narcisista de la que hablaba. Una felicidad más bien austera y moderada, menos viral y con menos potencial de likes y followers.

Para mí la base de esta felicidad espartana e imperecedera es lo que la terapia aceptación y compromiso denomina como “desesperanza creativa”. Sería algo así como: asumir que la realidad “apesta”, que nuestros intentos de controlar esa pestilencia son inútiles y que lejos de resignarnos y darnos por vencidas, podemos asumirlo como punto de partida, como un contexto inevitable con el que tenemos que lidiar día a día para acercarnos, sin ningún tipo de presión o exigencia, hacia experiencias que están alineadas con valores humanos profundos.

¿Cómo podemos saber si nos estamos acercando hacia estos principios penetrantes que permiten trascender el dolor y gozar de la dicha que hay en la vida? Hay palabras que sirven de guía: paciencia, serenidad, incomodidad, aceptación, autocrítica, perseverancia, fidelidad, honestidad, respeto, generosidad, flexibilidad, neutralidad, afecto, confianza, sacrificio, humildad.

Pero más que encontrar las palabras concretas que inspiran a emprender el viaje, quizá sea más definitivo hacerlas verbo, materializarlas a través de la acción y vivir ahí, en esa cascada de consecuencias experimentando lo que venga. Enredándose con la incertidumbre, desprendiéndonos de fantasías inasibles para engordar nuestro narcisismo. Como dice Adriana Royo en su libro “Falos y falacias”: soltarnos en el descontrol.

La acción diminuta e incesante hacia estos arquetipos capitales garantiza el movimiento, no como una fuga de la realidad análoga a aquella búsqueda de la felicidad narcisista; sino como un avance riguroso e inalterable con el dolor como aliado.

Como flores hermosas, con color, pero sin aroma, son las dulces palabras para el que no obra de acuerdo con ellas, se dice que predicaba Buda. Así que esta es mi propuesta: indaga en tu vacío. Exprime tu sufrimiento. Penetra en esa enseñanza abismal que te brinda y explora el camino que se abre ante tí. Un sendero hacia el reencuentro con la calma interna que se halla en el núcleo de todas las cosas.

Una calma sin atavíos, como un océano impasible que lo envuelve todo.

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Referencias: