Vivir en una sociedad enamorada del placer, el reconocimiento y el éxito tiene ciertas consecuencias adversas para los asuntos de la mente (y el espíritu). Podríamos titularlo algo así como “la adulación de lo impactante”. Instagram sería uno de los ejemplos más instructivos. Las cuentas que más triunfan en la red son aquellas meticulosamente diseñadas, desde la paleta de colores que lucirán las instantáneas publicadas hasta el orden estricto de aparición de éstas. Las fotos más valoradas suelen ser capturas de momentos épicos: lugares, actividades y cuerpos físicos que impactan. Y ésta es una de las formas con la que se gesta un modo de malgastar la vida: la búsqueda de una vida extraordinaria.

Follows, likes, shares y otros elementos de autodestrucción masiva

“Empezamos a imitar a esas personalidades impactantes, capturando instantáneas impactantes, buscando frases impactantes que nos proporcionen estadísticas impactantes. Todo debe ser impactante, de lo contrario el medidor social de follows-likes-unfollows-shares-engagement nos dice que somos unos losers.”

Cuando se habla de un personaje público en la prensa general habitualmente se habla de su número de seguidores, dando a entender implícitamente que el número de personas que siguen a una determinada personalidad es representativo de su objetiva importancia. Utilizamos los follows, likes, dislikes, shares y engagement (esa popularidad que te da tener una comunidad de seguidores continuamente reaccionando a tus publicacionescomo un elemento de medida del valor de alguien. Y aquí el equilibrio psíquico y emocional para una persona normal y corriente es donde empieza a irse al garete.

Los valores sociales empiezan a moldearse según lo difundido en los medios de comunicación. Empezamos a imitar a esas personalidades impactantes, capturando instantáneas impactantes, buscando frases impactantes que nos proporcionen estadísticas impactantes. Todo debe ser impactante, de lo contrario el medidor social de follows-likes-unfollows-shares-engagement nos dice que somos unos losers. Y por supuesto, muy poca gente está dispuesta a ser loser, porque llevar esa etiqueta te hunde en un anonimato mediocre. Si no impactas no existes.

Y que conste que quien escribe estas líneas no está liberado de esta epidemia virtual propagada por redes sociales. Tengo blog y cuentas en las apps más populares. He intentado publicar fotos, podcasts, posts, vídeos y escritos (como éste) con la intención de ser impactante. He revisado estadísticas y he intentado aprender acerca de cómo ganar más seguidores y engagement. Y como cualquier mortal, he saboreado el sinsabor de la impopularidad, el anonimato y la no-existencia virtual. Algo que me ha hecho aprender enormemente sobre quién soy y la sociedad en la que vivo. Por eso, en este post, como ya hice en el post anterior, “El capitalismo de la felicidad”, quiero reivindicar el valor de lo impopular, de lo vulgarmente normal o de lo extremadamente no-impactante. Porque de lo contrario, sería cómplice de una fuente de sufrimiento tremendamente impactante.

El olvidadizo secreto de la felicidad

“Partimos, como los antiguos navegantes, a explorar el limitado mar del espacio. Pero no importa lo lejos que nos aventuremos en lo desconocido, los peores monstruos son los que llevamos con nosotros.” #AlteredCarbon 

Estos días de verano me hallo sumido en los placeres más cotidianos y menos impactantes que la vida nos regala a las personas que carecemos de éxito, popularidad o repercusión mediática. Un chapuzón en una piscina no impactante con un cuerpo no impactante, una comida no impactante con mi familia no impactante, varias horas de sueño en un dormitorio poco impactante, un desayuno nutritivo y poco impactante, una conversación agradable y poco impactante, un paseo rejuvenecedor por un paraje poco impactante, y muchas más actividades gratas y poco impactantes. Incluso el último post que publiqué ha sido el menos impactante del blog (ve y compruébalo por tí mism@). Pero es que cuanto menos cosas impactantes hago más felicidad y plenitud siento

Tengo dos sobrinas, una de 4 y otra de 3 años. Y entre ellas, el valor de lo impactante tiene una importancia inconmensurable. Cada una intenta impactar a la otra con el dominio de habilidades impactantes. Entran prematuramente, sin ser conscientes, en esa carrera infernal por vivir para impactar. Y si no consiguen impactar suficientemente se frustran y se enzarzan en una lucha por la repercusión, por la singularidad, por lo impactante. Hace poco llegaron al clímax de la batalla cuando una de mis sobrinas no supo cómo conseguir impactar más, así que intentó compensar su insuficiencia de impacto con la agresión verbal a la otra: “¡tonta!”. Y reflexionándolo un poco, no está mal pensado: “si no puedo impactar más hago que tú seas menos impactante”. Una estrategia muy extendida en política y que suele premiar a ese partido que consigue vencer gracias a hacer tremendamente poco impactante a otro (una estrategia infantil, pero en plan bestia). Quizá sean pautas de conducta profundamente arraigadas en el código genético de la humanidad. ¿Quién sabe?

El caso es que, sintiendo una gran vocación por la educación como siento (por cierto, estoy escribiendo un libro sobre educación que quizá termine en medio año al ritmo que llevo y que está condenado a ser poco impactante, ¡me juego un 50% de descuento!) sentí un impulso irrefrenable de intervenir. Pensé en una frase impactante con la que salvar a mi sobrina de la frustración y de la infelicidad. Le llevé un vaso de agua con una cara sonriente para rebajar la emoción y le pregunté:

-“¿Quieres saber el secreto de la felicidad?”.

– Me miró impasible y después de varios segundos incómodos me dijo: “bueno…”.

– “El secreto de la felicidad es ser tú misma”, le dije.

– Me volvió a mirar, esta vez atónita, y me preguntó “¿ser tú misma?”.

– “Sí, ese es”, le respondí.

– “¡Vale!”, espetó mientras salío corriendo.

Al cabo de una media hora me dirijí a ella de nuevo y le pregunté:

– “¿Te acuerdas del secreto de la felicidad?”.

– Me miró con una sonrisa traviesa y me contestó: “se me ha olvidado…”.

Y entonces fue ella quien me dio la lección a mi.

Una existencia ordinaria

“No hay follows, likes, shares o engagement que puedan compensar la eclosión de una enfermedad grave, la muerte de un padre o una madre, un trágico accidente de coche, una crisis existencial, la traición de una amistad, una ruptura, la adicción de un familiar cercano o el sufrimiento de un hijo o hija.”

Y es que quizá sea esto. Que las personas olvidamos que puede que el secreto de ser felices sea ser nosotr@s mism@s. Aprender a alejarnos del bombardeo de información mediática que fuerza nuestra atención en lo impactante, en lo extraordinario, en lo fuera de lo común. Ejercer una disciplina férrea en ignorar todo impulso por engrandecer nuestro ego, por  ensanchar nuestra reputación, por buscar la grandeza. Vivir cómod@s en una vida muy poco impactante, alinead@s con valores más pensados para una vida real y ordinaria, como la honestidad, la solidaridad, la cooperación, el aprendizaje, la humildad, la búsqueda de un planeta sostenible o la gratitud por el simple hecho de existir.

Porque no hay follows, likes, shares o engagement que puedan compensar la eclosión de una enfermedad grave, la muerte de un padre o una madre, un trágico accidente de coche, una crisis existencial, la traición de una amistad, una ruptura, la adicción de un familiar cercano o el sufrimiento de un hijo o hija. Y puesto que no hay nada en lo impactante que nos pueda hacer más liviano el sufrimiento, quizá hallemos amplitud y serenidad en un estilo de vida que te haga ser tú mismo, tú misma. Una ideología que te permita disfrutar de lo cotidiano, de las pequeñas cosas. Una felicidad poco exigente, asequible y alcanzable, alejada de lo extraordinario o impactante.

Quizá una existencia sencilla, que te haga estar conectad@ a todas las áreas que conforman tu ser, tu identidad, tu mente, tu esencia, tu alma o como quieras llamarle, sea la clave para tener una vida auténticamente relevante. Porque este viaje tiene billete de ida y de vuelta. Eso está claro. Así que, parafraseando a algun@s amig@s que viven en la tierra de la psicoterapia y la introspección, ¿por qué no nos dejamos de boludeces y desechamos el anhelo de llevar una vida impactante para vivir disfrutando de lo genuinamente importante?

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