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F*llamos mucho y mal. El sexo se ha convertido en el ingrediente principal con el que alimentar el narcisismo. Vivimos en una época de Neoliberalismo Sexual donde se convierten los vínculos en mercados globales. Los números mandan, sin importar a dónde nos conducen. Es hora de regresar al cuerpo para f*llar desde la esencia.


Debemos cambiar la forma en la que f*llamos. La gente suele atribuir – en un atisbo de psicoanalismo coloquial– muchos problemas a que no se f*lla. Yo, sin embargo, creo que f*llamos mucho y mal. En general, así como colectivo social indeterminado. Me parece que se f*lla como se come en un Mc Donald’s: rápido, impetuosamente y para acabar petando. Y por rápido no me refiero a la duración de las envestidas y frotamientos de los cuerpos, sino al proceso de toma de decisión sobre cómo abrimos y compartimos nuestra sexualidad. Te dejo aquí algunas reflexiones al respecto. Espero que te resulten incómodas –pues no hay otro modo de provocar una auténtica revolución–. Lee con precaución y no te creas todo lo que digo, vívelo y atrévete a contrastarlo. ¡Ah! Y disculpáme el slang, sólo es un recurso fácil para robarte algo de atención.

F*LLAMOS MUCHO Y MAL

“A menudo, los labios más urgentes, no tienen prisa dos besos después.”

–JOAQUÍN SABINA–

Ya lo he dicho antes. Creo que f*llamos mucho y mal. Confundimos sexualidad con sexo, libertad con despiporre e intensidad con calidad. Convertimos nuestras relaciones sexuales en clases de body pump o directamente nos autoeregimos en actores/actrices porno que f*llan para crear una película con la que ser rememorades de por vida.

Tinder es un ejemplo de cómo se vive la sexualidad en nuestra era, un supermercado virtual de personas para facilitar las relaciones sexuales –y en ocasiones también las sentimentales–. Hay quien se comporta como quien tiene una «pulserita con derecho a todo» en un lujoso hotel caribeño. Adriana Royo, en una entrevista realizada por El Confidencial, lo explica así:

«Tinder activa la gula. Es como cuando vas a un buffet y te hinchas a carne, pescado, luego un cruasán. De pronto te apetece todo en lugar de coger una cosa y saciarte con una porque sabes que tu cuerpo no necesita comer marisco y luego un pastel y un café. Tinder hace eso y no tienes suficiente con una cosa y quieres más porque piensas que encontrarás algo mejor. Como los romanos cuando vomitaban para seguir comiendo. Creo que Tinder activa esta gula en versión emocional.»

–ADRIANA ROYO–

Hay excepciones, por supuesto. Últimamente he estado preguntando en mi círculo íntimo el uso que se le da a Tinder y hay quien lo utiliza con cabeza. Se interesan por conocer el perfil de alguien y huyen de las fotos con abdominales charcuteros, gestionan los matchs con selectividad, quedan para un café sin más y si surge algo de chispa curiosean como experimento. Pero tengo la sensación de que el hecho de que estas personas encuestadas sean profesionales de la psicología influye un poco en este uso más sensato…

El sexo se ha convertido en el ingrediente principal con el que alimentar el narcisismo que impera en la era de Instagram. Nos mueve el inventar perfiles estilo influencer con el que endiosar nuestro ego. Y el sexo es el elemento de la fórmula que mejor provee de ingentes cantidades de likes y followers. Hemos perdido el gusto por leer los “pies de foto”, por seguir a gente normal que tiene cosas que contar. Buscamos imagen y placer instantáneo. Vamos a saco a hacer scroll hasta dar con esa foto/producto con el que f*llar, fidelizar como adulador y pasar frenéticamente al consumo de otra actividad excitante que aumente el sentimiento de vértigo y disociación.

Ni siquiera podemos etiquetar a esta época como una época de libertad sexual. El término más correcto –a mi parecer– sería Neoliberalismo Sexual. Una rama salvaje del capitalismo que transforma los vínculos en mercados globales. Una mutación de lo que debería ser el eslabón más íntimo y profundo del ser humano en economía pura y dura. Los números mandan, sin importar a dónde nos conducen y si eso se traduce en una sociedad más íntegra, madura y sana.

F*LLAR SIN F*LLAR

“El sexo forma parte de la naturaleza, y yo me llevo de maravilla con la naturaleza”.

–MARILYN MONROE–

En un panorama así yo abogo por una sexualidad que consista en f*llar sin f*llar. Tú sabes, mantener sexo sin que sea realmente eso, sino más bien un modo más de conocer a alguien dentro de una estrategia amplia y variada para llegar a la esencia de una persona. Primar la conexión por encima de la excitación. Que lo prominente sea la curiosidad y no el culto al placer. Resetear nuestras creencias sexuales hasta restaurar los ajustes de fábrica e instalar un software sexual más sofisticado, con un diseño más elaborado y completo.

Inevitablemente esto nos conduce a una postergación del placer en pos del conocimiento. Un culto a la espera, a la escucha y al estar presente en la otra parte a la vez que en mí misme. Un ritmo más pausado, tomando conciencia a cada paso, procesando, conectando y enraizando el vínculo, a pesar de que éste sea efímero y fugaz. Pero dejar una huella con sentido en alguien que quizá sólo ocupe un modesto hueco en el recuerdo.

Apuesto por empezar esta revolución adentrándonos en los principios del Tantra. Ojo aquí y no nos confundamos, que el capitalismo sexual ha engullido este término en beneficio propio para convertirlo en un aliado más de su exacerbada voracidad. El Tantra es una disciplina espiritual proveniente de oriente, una de las pocas que contempla la sexualidad como una vía más para alcanzar la iluminación y el despertar. Hay todavía mucho bulo por ahí corriendo que hace creer que el tantra es una técnica para aguantar más en la cama o para tener mil orgasmos. Una muestra más del legado de la masculinidad patriarcal en el mundo occidental.

“El tantra es fusión, es unión. El tantra une todo lo que está dividido, crea integridad, sanación y totalidad”.

–SHASHI SOLLUNA–

Según Shashi Solluna, autora del libro Tantra, un camino hacia la espiritualidad, “el Tantra es fusión, es unión. El Tantra une todo lo que está dividido, crea integridad, sanación y totalidad”. Frente a la superficialidad, la disociación y la creación de vínculos espurios, el Tantra propone regresar a la inocencia, al sentir sin juicio, libres de creencias distorsionadas, dejándonos guiar por el deseo más puro que surge muy adentro nuestro. Al tratarse de una sexualidad que encamina hacia lo sagrado, el Tantra busca la profundidad y el sentido de la vida, dando respuesta a la necesidad primigenia de conexión que hay en la naturaleza humana.

Por supuesto, el orgasmo ocupa un lugar protagonista dentro del Tantra, pero no tanto como un culto exclusivo al deleite físico, sino más bien como una búsqueda de un gozo superior, un alborozo espiritual que lo engloba todo. Según explica Alicia Gallotti, escritora especialista en sexualidad y autora del libro Sexo y tantra (referenciada en el artículo de El Mundo Tantra, el arte de los mil orgasmos): «la meta no es el orgasmo, sino la energía sexual que transmiten los dos cuerpos, aprender a disfrutar del sexo sin etiquetas, sin tabúes, sin presiones ni ansiedad. Disfrutar con libertad.»

Como corriente espiritual oriental, el Tantra conduce en definitiva a la elevación de conciencia. Un fin muy distinto al uso del sexo como somnífero o ansiolítico para aliviar nuestra angustia existencial, tal y como se ha venido convirtiendo la sexualidad en nuestra era actual. Del placer que ensombrece al gozo que ilumina. Del sueño al despertar.

HONRAR LO FEMENINO

“Hay besos que producen desvaríos de amorosa pasión ardiente y loca, tú los conoces bien son besos míos inventados por mí, para tu boca.” 

–GABRIELA MISTRAL––

Si algo caracteriza al homo sapiens a lo largo de su evolución es la práctica de la discriminación. Y dónde más intensamente se manifiesta este aspecto oscuro de su naturaleza es en las relaciones entre hombre y mujer. Este mismo parecer, aunque mucho más fundamentado, lo comparte Yuval Noah Harari, profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor del best seller mundial Sapiens, de animales a dioses (breve historia de la humanidad). Él lo explica así:

“¿Cómo consiguieron los humanos organizarse en redes de cooperación masivas cuando carecían de los instintos biológicos para mantener dichas redes? La respuesta, a grandes rasgos, es que los humanos crearon órdenes imaginados y diseñaron escrituras. (…) Los órdenes imaginados que sustentaban estas redes no eran neutros ni justos. Dividían a la gente en grupos artificiales, dispuestos en una jerarquía. (…) Sin embargo, hay una jerarquía que ha sido de importancia suprema en todas las sociedades humanas conocidas: la jerarquía del género. En todas partes la gente se ha dividido en hombres y mujeres. Y casi en todas partes los hombres han obtenido la mejor tajada, al menos desde la revolución agrícola.”

–YUVAL NOAH HARARI–

Creo que no puede haber una auténtica revolución sexual si antes no se ha transformado el sistema que sustenta las prácticas discriminatorias entre hombres y mujeres. Me estoy refiriendo al sistema patriarcal, un modelo de organización social que atribuye y perpetua funciones privilegiadas a los hombres en detrimento de la mujer, otorgándole un papel no sólo secundario, sino muchas veces esclavo. Mediante el sexo la mujer ha sido adiestrada por el sistema patriarcal a tareas de sumisión, sometimiento y servidumbre al deseo sexual masculino. No hay más que echar un vistazo a cualquier tipo de contenido pornográfico que pulula por grupos de whatsapp o prestar un poco de atención a la publicidad emergente en cualquier web. De un modo u otro el papel de una mujer frecuentemente aparece asociado al sexo y a la entrega incondicional a la pasión del hombre. Siempre en un papel obediente, en el que recibe o da sin importar su placer, intereses o necesidades.

Por otro lado, “el hombre ha sido –incurriendo en el mítico y manoseado parafraseo a Hobbes– un lobo para el hombre”. El hombre ha creado la pornografía, el culto cinematográfico a la explotación sexual, la hiperbolización de un deseo y un placer sexual desaforado, desfigurado y enfermizo. Y fruto de su macabra creación ha terminado siendo también víctima de ello. Porque cuando un hombre cae en las redes adictivas del porno todo su sistema nervioso colapsa, se obsesiona y sólo vive buscando esa desproporcionada tensión emocional  a la que se accede con contenido visual artificial, falaz y alevoso. Así que un hombre ya no busca una compañera de juego en la exploración de la sexualidad, sino una sierva a la que oprimir en sus fantasías más pérfidas y oscuras. Y no hay práctica sexual plena y sana que pueda saciar esa sed de poder que inyecta la pornografía. Todo lo que no sea desmedido y brutal resulta aburrido, vacuo y nimio.

Por todo ello, una auténtica revolución sexual pasa ineludiblemente por honrar lo femenino. No sólo en lo relativo al género, sino trascender más allá de él y honrar todo lo que representa el lado femenino de la vida. Lo femenino es tierra, es absorción, es cuidado y cultivo, lo que el pensamiento oriental ha denominado como energía “Yin”. Necesitamos reciclar todos los sistemas y prácticas que han intoxicado las relaciones humanas de abusos de poder, de sumisión y dominancia, de discriminación y pulsiones sombrías para construir una cultura afectiva basada en la sensibilidad, en los afectos, en el respeto, en la conexión, en la empatía, en la igualdad y en la honestidad. Necesitamos colaborar para que lo femenino ocupe ese lugar sagrado que le toca habitar en las prácticas sexuales. Honrar y rendir culto al a la energía fraternal que hay en lo femenino e integrar la complementariedad que aporta.

Creo sinceramente que este es el único camino hacia un progreso sexual genuino, sano y sostenible. Y creo también que este es el rumbo que la sociedad mundial está tomando gracias al resurgir y la propagación del feminismo en cada rincón de este planeta. Cada vez más mentes despiertan y desplegan las alas de la consciencia: la última libertad posible.

¿Te sumas a ello?

Photo by Gaelle Marcel on Unsplash

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