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Los trabajos son temporales. Pero en ellos hay amig@s potencialmente etern@s.

Yo maldigo la maldición de los despachos y la frialdad de los títulos. Antes de ser profesionales fuimos un día niñ@s.

Solíamos reír y abrazarnos, sin importar colores o signos. Reíamos tirados en la hierba, durmiendo a las amapolas. Soñábamos con navegar el cielo o con flotar en el espacio.

Una oficina nos parecía un infierno, pues condenaba al más sórdido aburrimiento.

Hacíamos un@ amig@ de alguien que te regalaba una china y nunca nos fijábamos en su abecedario. Conspirábamos descabellados planes con recónditos  recién llegados. Nunca les pedíamos carnet, bandera o manifiesto.

Celebrábamos aniversarios como quien festeja un casamiento. Cuando regalábamos… nunca pensábamos en dinero. Los sueños son escurridizos al talonario.

Nos vengábamos de la crueldad del tiempo inventando paraísos imaginarios, a los que siempre regresábamos en los momentos de tedio.

Sentir, por encima de todo. En la piel o en los zapatos. En charcos de lluvia o en besos. Sentir era lo único auténtico. Los galones y uniformes nos resultaban soporíferos.

Veo en los ojos de una compañera no sólo esa niña amiga que abraza al niño que llevo dentro. También veo en ella la amplitud de la existencia. El significado de lo vivido. Y la vacuna a lo perecedero.

Si hay que sucumbir un día, pequemos de amables o tiernos. Despertemos esa risa niña que existe en tod@ paisan@… por más o menos lejan@. Venimos del mismo sitio. Vamos hacia el mismo lado. Sufrimos los mismos dolores. Pasamos los mismos tragos. Nacemos con la misma piel, por más que la tuesten los años.

Tod@ aquel que me reconozca en alguna oficina, calle o taberna, sepa que aquí tiene un niño chico, pero un gran aliado. Maldigo la maldición de los despachos. Vivan l@s amig@s eternos.

P.d: compañera, una tarjeta de despedida me resultaba demasiado escueta para decirle que lo que une el alma no lo separa una mesa…