Tengo que admitir que como psicólogo cada vez me hallo más distanciado de la pulcritud científica que nos exige nuestra profesión y es muy frecuente que periódicamente vaya realizando incursiones en fuentes de saber más “underground”, por decirlo de un modo cool. Este ha sido el caso al sumergirme en lecturas como “El Libro de la Alegría”, del Dalai Lama y Desmond Tutu, “Amar lo que es”, de Byron Katie, o “Nuevos pensamientos para una vida mejor”, de Wayne W. Dyer. Actualmente estoy recuperando en mis lecturas a Eckhart Tolle mediante el libro “Un nuevo mundo, ahora”. En este post te cuento algunas reflexiones sobre conceptos que las tradiciones espirituales comparten en relación al estudio de la mente humana.

Un defecto de fábrica

“El estado mental normal de la mayoría de lo seres humanos contiene un fuerte elemento de lo que podríamos llamar disfunción e incluso locura”.

-Eckhart Tolle-

Eckhart Tolle es un personaje paradójico. A partir de los 13 años no recibió lo que podemos considerar educación formal. Se preparó académicamente para acceder a la educación universitaria y posteriormente estudió en la universidad de Londres y Cambridge. Abandonó su tesis doctoral, entró en una profunda depresión que le llevó a vivir como vagabundo y en este estado refiere que alcanzó “la iluminación”, pasando a convertirse en uno de los maestros espirituales más influyentes de nuestra época. Es posible que si te identificas con un línea ideológica más bien científica y racional todo esto te chirríe… Pero no te pierdas algunas de las reflexiones que ha hecho, luego valora.

Eckhart Tolle encuentra una coincidencia en propuestas de reflexión que realizan diferentes corrientes espirituales iconoclastas, es decir, que rechazan el culto a la imagen y a la  personalidad. Como por ejemplo el gnosticismo y el misticismo que surgieron del cristianismo, el sufismo que derivó de la religión islámica, el hasidismo y la cábala que provienen del judaísmo, el Advaita Vedanta emergido del hinduismo, o el zen y el dzogchen arraigado en el budismo. Estas corrientes espirituales parecen compartir una idea general: que todas las personas nacemos con “un defecto de fábrica”: la tendencia a identificarnos con la forma, con lo material, generando un sentido de personalidad que abarca desde nuestras creencias, hasta nuestras posesiones, nuestro cuerpo o nuestros sentimientos. Todo este surtido de experiencias de fusión y apego a las cosas es lo que abarca el popular concepto de “Ego”: la trampa del pensamiento.

La tendencia a crear un Ego, un sistema de identificaciones basado en el etiquetado de experiencias, en la creación de ideas y juicios de valor, en la tendencia a la búsqueda de la supervivencia y protección de la identidad, es el defecto de fábrica con el que todo ser humano llega a este mundo. Como dice Eckhart Tolle: “el estado mental normal de la mayoría de lo seres humanos contiene un fuerte elemento de lo que podríamos llamar disfunción e incluso locura”. Una enfermedad mental colectiva. El hinduismo se refiere a ello como maya, el velo del engaño. Dice Tolle que “según Buda, la mente humana en estado normal genera dukkha, que se puede traducir como sufrimiento, insatisfacción o simple desdicha”. (…) Vayas a donde vayas, hagas lo que hagas, dice Buda, encontrarás dukkha, y tarde o temprano se manifestará en toda situación”.

Por tanto, todas estas enseñanzas apuntan a que la tendencia a identificarnos con lo que nos rodea, con lo que pensamos, con lo que sentimos es la causa del sufrimiento. “Ego is the enemy”, que se titula un libro de Ryan Holiday.

Identificación y apego: “siempre más”

”Cuando nos identificamos con algo “lo hacemos lo mismo: procuro encontrarme a mí mismo en cosas, pero nunca lo consigo del todo y acabo perdiéndome en ellas”.

-Eckhart Tolle-

La filosofía espiritual compartida por estas corrientes sitúa el funcionamiento de la mente humana en un ciclo compulsivo e inconsciente de identificación con un objeto. La palabra identificación proviene del latín idem, que significa “lo mismo”, y facere, que significa “hacer”. Así que dice Tolle que cuando nos identificamos con algo “lo hacemos lo mismo: procuro encontrarme a mí mismo en cosas, pero nunca lo consigo del todo y acabo perdiéndome en ellas”.

Al identificarnos con algo nos apegamos a ello, casi de una forma obsesiva. “Eso soy yo”, pensamos en nuestra inconsciencia. Pero en lo más profundo de nuestro entendimiento sabemos que eso no soy yo y el vacío existencial se acaba imponiendo en cada identificación hasta emerger como una profunda insatisfacción, un desengaño intenso, que nos aboca a desapegarnos, pero que nuestra necesidad de fusión con lo material impide completar el proceso empujándonos a “buscar más de esa cosa que creo que soy yo”: una casa más grande, un coche mejor, un smartphone actualizado, una pareja más bella, un trabajo más estimulante, una cuenta bancaria más abultada… Esto es lo que configura la sociedad basada en el consumo. Las personas y los objetos se cosifican, sustituyendo su esencia natural por una funcionalidad abrasiva: satisfacer el deseo de posesión. Un uso consumista que acaba por consumirnos a nosotr@s mism@s. La voracidad del ego acaba por devorarle a sí mismo.

Equiparamos el tamaño, la intensidad, la frecuencia o la duración a una mayor robustez de nuestra identidad. Cuanto más sólida y robusta aparezca la forma con la que nos identificamos, mayor sensación de presencia y permanencia creemos que adquirimos.  Cuanto más emotiva es la forma con la que nos fusionamos, mayor sensación de reafirmación creemos tener. Y en esa emotividad superflua, como todo lo que predomina en un mundo condenado a la fugacidad y a la decadencia, se halla la dependencia, el origen de nuestra obsesión por la pérdida, el estallido de una locura consistente en proteger algo que se desvanece progresivamente de nuestras manos, por más fuerza con la que queramos atraparlo.

Aceptar la pérdida

El vigoroso mástil al que se aferraba nuestro ego es destrozado por la adversidad, viento que sopla azarosamente en la vida para dotarle de sentido y movimiento. Y el dolor frente a la pérdida es el inicio de la cura, magnánimo e iluminador, pero oscuro y malvado en apariencia para nuestra conciencia dormida.”

¿Cómo iniciar el camino de la “sanación”, de la cura de nuestra “locura colectiva”? Tarde o temprano la vida nos conduce, o más bien nos empuja, a dar los primeros pasos en este largo camino. En algún momento de nuestra vida, una de nuestras identificaciones más profundas desaparece inexorablemente, para siempre: una pareja, un trabajo, una posesión, una madre, un grupo de amigos, un país… El vigoroso mástil al que se aferraba nuestro ego es destrozado por la adversidad, viento que sopla azarosamente en la vida para dotarle de sentido y movimiento. Y el dolor frente a la pérdida es el inicio de la cura, magnánimo e iluminador, pero oscuro y malvado en apariencia para nuestra conciencia dormida.

Muchas personas se aferran a la pérdida hasta convertirla en una nueva identidad: “soy divorciado, soy desempleado, soy víctima, soy desahuciado, soy huérfano, soy solitario, soy apátrida…” La perdida en sí misma confiere una nueva identidad, igual de intensa que el vacío que deja la identidad perdida. De ahí la atracción por convertirla en un nuevo mástil en el que abanderar nuestro ego. Y el dolor deja de ser el camino para dar paso al oscuro sendero del sufrimiento.

Nuestra mente racional es capaz de entender fácilmente lo irrevocable de lo que hemos perdido, pero no así la mente engendrada por el ego en base a la identificación. Cuando nos consideramos “lo mismo” que el objeto/persona/situación perdida, creemos haber perdido la esencia misma de nuestra existencia. “Si eso que soy yo ya no está, yo sin eso ya no soy”. Nuestro cuerpo físico reproduce una sintomatología peculiar para metabolizar esa carga mental. Desciende nuestro apetito por la vida, nuestra capacidad de disfrute con las personas, el puro gozo y la alegría de existir. Todo aparece carente de significado y la desesperación se extiende como un manto tenebroso sobre los sentimientos. Esto es lo que conocemos comúnmente como depresión.

Uno se deprime cuando no es capaz de entender que el origen de su sufrimiento no está en la pérdida sufrida, sino en el momento mismo en que se inició una identificación con ese objeto fugaz que estaba de paso. Nada nos pertenece, ni tan siquiera los pensamientos y sentimientos que creemos tener. Todo lo que representa una identificación, una forma, un objeto, una persona, una situación… no es lo que creemos que es, sino tan sólo una representación mental de lo que aparenta. Nuestra mente transforma lo que percibimos en un producto cognitivo y emocional con una configuración ideal para vestir nuestra identidad y decorarla con significados. Un proceso constante de creación de identidad para saciar la necesidad compulsiva del ego “por ser”.

Dice Eckhart Tolle: “Todas las cosas que el ego busca y a las que se siente apegado son sustitutos del Ser que no puede sentir.” Aceptar el dolor frente a la pérdida es el inicio de un tránsito hacia el reencuentro con nuestra esencia misma, con la naturaleza de lo que somos. ¿Y qué es lo que somos? Dice Eckhart Tolle que “cuando aceptamos por completo una pérdida, trascendemos el ego y emerge nuestro ser, el Yo Soy que es la conciencia misma.(…) Cuando observas el ego en ti mismo estás empezando a superarlo.”

Por tanto, ¿qué somos? Según la propuesta de este conocimiento espiritual: la conciencia que experimenta. El Ser (lo que realmente somos) emerge cuando nos libramos de las identificaciones y viajamos “ligeros de equipaje interior”. Al comprender que no soy ni mi sufrimiento, ni mis recuerdos traumáticos, ni la pérdida que sufro, ni los pensamientos y sentimientos que brotan alrededor de ello… me doy cuenta que tan sólo soy aquello que siente. Cuando soñamos no somos el sueño, sino quien experimenta el sueño. El sueño es la identificación con algo y nuestro Ser el soñador que sueña.

Mindfulness

“El mindfulness no es sólo una herramienta para desidentificarnos de nuestro ego y tomar más conciencia, sino un estilo de vida. Mindfulness es tomar la decisión de desapegarte de tu identidad, de desprenderte de las posesiones interiores que has almacenado”.

Mindfulness significa “atención plena”. Se trata de una antigua práctica de meditación que consiste en aquietar la mente a través de tomar plenamente conciencia. ¿Conciencia de qué? De cualquier cosa que aparezca. Puedes practicar mindfulness tomando plena conciencia de tu respiración, de cómo limpias los platos, cuando escuchas atentamente a alguien, cuando hablas con plena conciencia de algo que te ha ocurrido, al observar plenamente un objeto o simplemente dando un paseo. El mindfulness no es sólo una herramienta para desidentificarnos de nuestro ego y tomar más conciencia, sino un estilo de vida. Mindfulness es tomar la decisión de desapegarte de tu identidad, de desprenderte de las posesiones interiores que has almacenado: creencias, sentimientos, impulsos, costumbres, ideas, prejuicios, personalidad… Justo el camino inverso que has iniciado desde el nacimiento. De ahí la dificultad que entraña.

Cuando una persona intenta hacer mindfulness sin entender la filosofía inherente a esta técnica, puede sufrir la resistencia del Ego, habitualmente en forma de rechazo, frustración o distracción. El Ego se revela contra toda posible causa de su destrucción. He conocido personas en terapia que eran incapaces incluso de cerrar los ojos, les asustaba lo que podían encontrar ahí dentro. Estaban profundamente arraigadas en la urgencia de ser a través de su sufrimiento, a través de sus creencias, a través de su ansiedad.

El sufrimiento es una identidad en sí misma, o como dice Eckhart Tolle, llega a materializarse en forma de “cuerpo-dolor”. Tolle se refiere con este concepto al entramado de conexiones químicas y hormonales que se establecen en el cerebro y en el cuerpo y que configuran un circuito de sufrimiento con vida propia. El cuerpo-dolor es el sustrato físico del sufrimiento: adrenalina, cortisol, respiración agitada, presión en el pecho, dolor muscular, alergias, intolerancias, enfermedades autoinmunes, etc. Una vez que el sufrimiento cobra forma en el cuerpo, el cuerpo se convierte en una mente independiente y pide ser alimentada a través de experiencias que alimentan este nuevo cuerpo-mente surgido del dolor.

A través del mindfulness no se consigue erradicar el sufrimiento, tan sólo distanciarte de él. De ahí que resulte ser una herramienta enormemente eficaz para aquellas personas que han probado toda clase de terapias y ninguna de ellas les ha funcionado. Mindfulness es tomar conciencia de que es posible que tu cerebro y tu cuerpo hayan almacenado experiencias con una alta carga traumática, quizá con secuelas crónicas o insuperables. Pero a la vez darte cuenta que tú no eres tu pasado, ni los sentimientos o pensamientos que remanecen. Tú eres algo más profundo, más inmenso e inabarcable. Una conciencia independiente de todo ello que puede verse sumida en un profundo sueño como consecuencia del efecto somnífero que produce el Ego.

Mindfulness es no sentir la necesidad de cambiar las cosas, sino de convivir con las cosas, adaptarse a las cosas e incluso aceptar las cosas. Mindfulness es dejar que la experiencia traumática te emocione, te agite, te desgarre por dentro; y a la vez ser plenamente consciente que todo ello ocurre como una operación algorítmica inexorable que reproduce tu mente y tu cuerpo. Dentro de ti y a la vez tan lejos. Tan lejos que incluso puedes optar por sentir el dolor sin otorgarle la importancia dramática que conlleva vivir identificado con ello. Y todo esto a través de la observación neutral de la experiencia. A través de la conexión con el cuerpo. Dejando que la esencia misma de tu naturaleza se manifieste en cada respiración, en cada desistimiento de la tentación por fundirte con lo observado. Dolorid@, pero presente. Sin ansiolíticos, sin distracciones, sin huir de ello. Presente y a la vez suspendido en algo inconsciente que lleva todo Ser adentro: la Fuerza de la vida, el núcleo de la Alegría, la fuente del Conocimiento.

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