¿Cómo alguien que padece un sufrimiento complejo puede en un periodo breve de tiempo invertir el proceso y alcanzar la superación? En la etapa terapéutica en la que me hallo actualmente estoy especialmente interesado en producir resultados rápidos en aquellas personas que sufren un malestar hondo, catalogado en etiquetas grandilocuentes que desatan prejuicios con la misma facilidad con la que se producen muestras rígidas de observación y tratamiento por parte de otres profesionales. En este post encontrarás mi forma de entender las claves para trascender ese sufrimiento y conseguir la superación personal.

Un apunte previo (e incómodo)

«Sé el cambio que quieres ver en el mundo».

-Mahatma Gandhi-

Nota del autor: no es casualidad que haya puesto “otres” profesionales”, en lugar de “otros” profesionales. A partir de ahora me he propuesto escribir el blog con lenguaje inclusivo, así que este es el primer post con el que empiezo a innovar en mi estilo de escritura. Sí, es incómodo, inapropiado para un grupo de personas, pero más incómoda e inapropiada es la situación de discriminación que sufren las mujeres por el mero hecho de ser mujeres en todo el mundo.

Así que cada vez que sientas esa incomodidad al leer es un simple recordatorio de esa discriminación y una propuesta de hacer algo al respecto. Este blog es un aliado del feminismo, así que dejémoslo claro de antemano. 😉

Las claves de la superación

«No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.»

-Virginia Woolf-

Llevo desde el año 2006 ejerciendo este oficio de la psicología. He pasado por diferentes etapas de influencia en mi práctica profesional. Desde la psicología con pretensiones científicas, basada en la corriente cognitivo conductual; pasando por el paradigma de la aceptación, a través de la terapia aceptación y compromiso; e indagando últimamente en visiones más espirituales, como son las reflexiones aportadas por el budismo, el hinduismo o el sufismo. Todas estas fuentes diversas de pensamiento sobre el ser humano y su capacidad de trascendencia me han llevado a elaborar una teoría propia acerca de la naturaleza humana y cómo podemos superar el sufrimiento.

Lo que voy a escribir en este post forma parte de mi modo de entender al ser humano. Puesto que es una opinión personal, no tiene por qué encajar en ninguna teoría o paradigma ni estar en consenso con ninguna ideología, disciplina o corriente profesional. Puedes estar de acuerdo o disentir completamente con lo que voy a decir. Ambas opciones son válidas, puesto que toda opinión personal es igualmente válida a otra. No busco tener razón. Concibe este post tan sólo como una reflexión personal que comparto sin ninguna pretensión de asentar verdad u obtener crédito. Es más, desde un punto de vista escrupulosamente científico, no puede decirse que lo que voy a decir sea “verdad”. Pero te propongo que prestes atención a qué te provoca lo que vas a leer y compruebes por tí misme si esta teoría mía, un tanto excéntrica, te ayuda a conseguir resultados útiles en tu vida.

Creo que cada visión sobre el ser humano, cada disciplina, cada forma de entender nuestra naturaleza, aportan una comprensión complementaria de “quién somos” o… más bien, “qué somos”. La conclusión a la que yo he llegado es que somos tres elementos interconectados. Cada uno de esos elementos tiene un funcionamiento independiente y codependiente. Por un lado, cada elemento del sistema genera resultados en piloto automático, pero para que estos resultados sean útiles cada elemento tiene que gozar de una conexión adecuada con el resto de componentes.

¿Cuáles son esos elementos?

  • CUERPO: el cuerpo es nuestro instrumento de relación con el medio que nos rodea. Nos aporta información sobre el contexto en el que estamos y también sobre el modo en el que estamos interactuando con este contexto. A través del cuerpo también podemos obtener información de nuestro contexto interno: nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, deseos, necesidades, etc. El cuerpo funciona reproduciendo sensaciones físicas en piloto automático, es decir, sin que medie voluntad alguna por nosotres. Las sensaciones físicas son el lenguaje con el que nuestro cuerpo se comunica. El cuerpo está regulado por leyes y principios que pueden descubrirse desde la ciencia.
  • MENTE: la mente es el instrumento que permite conocer mejor la información que nuestro cuerpo nos aporta y es la encargada de dirigir nuestra conducta. Funciona de modo analítico y creativo: procesa información, la interpreta, saca conclusiones, inventa nuevas posibilidades y decide qué hacer con toda la información que ha recibido. La mente utiliza el lenguaje de los pensamientos y las emociones y los reproduce de forma involuntaria o voluntaria. Hay ciertos pensamientos y emociones que tú puedes controlar y otros que se producen de forma involuntaria. Ese conjunto de pensamientos y emociones que se van repitiendo de forma estable a lo largo de nuestra historia es lo que llamamos personalidad. A esta personalidad se la puede concebir como Ego, desde un punto de vista psicodinámico. La mente puede estudiarse desde la ciencia y también mediante disciplinas del campo de las humanidades: la psicología, la filosofía, el arte, la literatura, etc.
  • YO: este es el elemento más complejo de todos. El Yo es la consciencia de la persona. No es ni el cuerpo, ni tampoco la mente. Es una sensación indeterminada, pero que se experimenta con mucha fuerza y presencia al enfocar la atención en él. El Yo se comunica a través de estados superiores de existencia: alegría, compasión, paz interior, sabiduría, unión, comprensión, aceptación, coherencia, integridad, autorealización… El Yo es el primer y último elemento con el que entramos en contacto en nuestra existencia. Es un elemento difícil de conceptualizar, ya que si intentamos acceder a él desde el cuerpo o desde la mente obtendremos una impresión incompleta y sesgada. Dependiendo del momento evolutivo en el que nos encontremos, el Yo puede confundirse con nuestro cuerpo o con nuestra mente, o incluso con ambos. El Yo puede estudiarse desde disciplinas espirituales, ya sean religiones o corrientes de pensamiento espiritual más “laicas”, es decir, sin dogmas, sin dioses ni culto a la personalidad.
«El sistema» que produce la superación

La desconexión

«La alegría profunda del corazón es como un imán que indica el camino de la vida.»

-Madre Teresa de Calcuta-

Los acontecimientos traumáticos producen desconexión entre cuerpo, mente y yo. El Yo puede quedar sepultado por capas y capas de pensamientos y emociones dolorosas, atenuando la capacidad de tomar consciencia sobre lo que nos ocurre. La pérdida de consciencia siembra de dudas nuestra confianza en la inmensa capacidad de superación que poseemos cuando los tres elementos están conectados.

Al perder contacto con nuestro YO, cuerpo y mente quedan sin una dirección superior, sin plan, sin mapa. Por tanto, ambos funcionan sin la dirección básica de la consciencia; intentando adaptarse al mundo creando pensamientos y emociones «a ciegas». Si mente y cuerpo consiguen funcionar con una adecuada sincronización, la adaptación que puede conseguir la persona puede llegar a ser satisfactoria, a través de pensamientos y emociones funcionales. Pero sin la guía superior de nuestro Yo corren el riesgo de adentrarse en caminos desviados de su propósito de vida.

El Yo es el único elemento que sabe cómo conseguir una vida con sentido, con profundidad, con trascendencia. Así que mente y cuerpo pueden optar por planes de vida basados en valores superfluos, intrascendentes o materiales. Llamamos a este estado “crisis personales”. Puedes experimentar una de estas crisis tras una ruptura sentimental, al alcanzar una edad mediana (“la famosa crisis de los 40”) o bien cuando tomas conciencia de que tu vida laboral es precaria, abusiva o no favorece tu autorealización.

En otras ocasiones mente y cuerpo no gozan de sincronización y estos estados de desconexión son conocidos como trastornos o enfermedades. La mente, al desconectarse del cuerpo, pierde la capacidad de autoregulación física. Pueden darse estados de estrés agudo, ansiedad, sobreactivación, tensión, dolor físico indeterminado, problemas de sueño, etc. Por su parte, cuando la mente no funciona en sincronía con el cuerpo, el cuerpo le muestra una realidad a la mente que ésta es incapaz de procesar adecuadamente, ensimismada en una percepción distorsionada de la realidad. Pueden generarse fobias, depresión, problemas del control de impulsos, trastornos de personalidad, etc.

El sufrimiento como aprendizaje

«Hay un refrán tibetano que dice: la tragedia debería ser utilizada como una fuente de fuerza.»

-Dalai Lama-

El sufrimiento es el resultado de esta desconexión de los elementos del triángulo. Y como tal, el sufrimiento es una oportunidad para darte cuenta de ello. De modo que sufrir te da la opción de aprender sobre cómo se ha producido esa desconexión y conseguir la reconexión de todo el sistema. Esta forma de entenderlo hace del sufrimiento un fenómeno “neutral”: no es bueno, tampoco es malo. Es simplemente la oportunidad de volver a reconectar los elementos de los que está compuesta tu naturaleza. Puedes optar por aprender o puedes no optar por ello. Pero en cualquier caso, el sufrimiento siempre brinda la oportunidad de aprender. Y el aprendizaje lleva a la superación del sufrimiento.

La superación ocurre porque al conectar los elementos Yo, mente, cuerpo, se produce una armonía en el sistema que favorece la autoregulación. La sincronía entre todos los elementos del sistema activa el mecanismo sanador innato que llevamos dentro, más conocido como homesotasis. La homestasis es una inercia innata de nuestro organismo para recuperar el equilibrio. Este mecanismo compensa cualquier exceso o desviación en nuestro sistema, activando diferentes mecanismos psicológicos y físicos. Cuando por ejemplo nuestro cerebro detecta un descenso brusco de nuestra temperatura corporal, pone en marcha inmediatamente un plan hormonal para compensar esta pérdida de equilibrio utilizando el termostato biológico que se haya en el hipotálamo. En el plano psicológico, la pérdida de un ser querido hace que la mente procese los recuerdos más bonitos que hemos vivido a su lado a través de la tristeza y la nostalgia, añadiendo algo de dulzura a ese acontecimiento doloroso.

La pregunta básica es: ¿cómo propiciar la reconexión de los elementos del sistema? Fácil y difícil a la vez: aumentado nuestro nivel de consciencia. La consciencia es un estado al que accedemos mediante la práctica de la meditación, la autobservación o la atención plena hacia nuestro interior. Si nos habituamos a prestar atención a lo que hay “dentro” comenzaremos a notar que brota de nuestro interior un estado de fortaleza hacia fuera. Este estado puede apreciarse en una mayor lucidez, mayor capacidad de comprensión, mayor fluidez en nuestras ideas, un incremento de creatividad en nuestro comportamiento y un aumento inusitado de nuestra paz interior. Estos son los síntomas de que nuestro Yo empieza a tomar presencia en el sistema. Y al tomar presencia vuelve a recuperar la conexión con los demás elementos: cuerpo y mente.

Tras una época de aumento de consciencia los cambios personales, la superación de la adversidad y la consecución de metas en nuestra vida ocurren sin un aparente esfuerzo. Por pura inercia. La vida va cobrando un sentido diferente, arraigado en una dimensión incierta de nuestra comprensión. Un sentido que va imprimiendo estados naturales del Yo en nuestros días: alegría, paz, equilibrio, fluidez… Cuando alcanzamos este estado, no es que no existan fuentes de dolor en nuestra vida, es que estas fuentes de dolor son canalizadas por el sistema hacia la adquisición de sentido. De tal forma que cuanto más dolor vivimos, más se dilata nuestra sabiduría. Y con ella aumenta la capacidad de experimentar los estados naturales del ser.

Por consiguiente, escucha tu sufrimiento. Trata de reestablecer la conexión con tu Yo consciente y permite de este modo que tu mente y tu cuerpo recuperen el funcionamiento natural que propicia salud y bienestar. Este es mi modo de entender la superación humana.

Como dijo aquel anciano sabio:

“El conocimiento os hará libres”. 

-Sócrates-