La ira es una de las fuentes de sufrimiento más habituales en nuestra sociedad. Está en la base de la ruptura de numerosas relaciones familiares y es el motor que mueve, para muchas personas, el centro de su vida. En este podcast intentaré dar una explicación que nos permita entenderla para poder liberarnos de ella. Puedes escuchalo aquí:

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La ira como mecanismo de supervivencia

La ira fue uno de los inventos de nuestra ingeniería biológica que nos dotó de capacidad de supervivencia en un mundo hostil y peligroso. Su mecanismo de actuación viene codificado en nuestro ADN y es un equipamiento muy importante al que recurrir cuando nos vemos envueltos en una situación en la que nuestra integridad física o psicológica está en riesgo.

Pero en una sociedad que podemos llamar “civilizada”, la ira puede convertirse en una de las amenazas más evidentes para nuestro bienestar emocional. Quien deja conducir sus decisiones por esta emoción básica, condiciona sus relaciones a un estado primitivo, donde la percepción está mediada por una visión extrema, clasificando a las personas en buenas o malas (desde un punto de vista biológico) y alejándose de capacidades más humanas, como son la empatía y la solidaridad.

La ira como estatus

El sistema patriarcal ha hecho de la ira una de las pocas emociones que se les permite sentir a los hombres. Y como mecanismo casi único de canalización de la frustración, orienta hacia dos funciones básicas en el modo de organizar la forma de relacionarnos:

  • Control.
  • Poder.

Hay gente que utiliza la ira para controlar cómo le tratan las demás personas. Y como consecuencia del control aparece una sensación sumamente adictiva: la sensación de poder, de tener influencia sobre los otros y utilizarla para el beneficio propio. Estas funciones requieren del desarrollo de pensamientos y valores enfocados a estos beneficios, de tal forma que la ira se convierte en un instrumento para alcanzar otras funciones secundarias más perversas.

En la base de este mecanismo existe un rechazo total a la sensación de vulnerabilidad. Una condición intrínseca a la condición humana y que no puede eludirse de ningún modo. Tan sólo puede utilizarse mecanismos distractores para no sentir esa debilidad innata. La ira es uno de ellos. Las personas que hacen de la ira un rasgo identitario viven en un estado esquizofrénico: rechazan y luchan con todos sus medios contra una condición natural de su existencia a través de un mecanismo que, paradójicamente, conduce a su autodestrucción.

El estado de reactividad

Vivir con ira implica vivir en el estado de “reactividad”. El estado de reactividad es la forma en la que concebían la vida nuestros antepasados biológicos: vivir al día, sin plan, sin sentido, sin valores… Vivir para sobrevivir, reaccionando al medio con un temperamento agresivo y buscando, por encima de todo, la imposición de las necesidades propias.

El estado de reactividad está presente en el estilo de vida de muchas personas. Sólo hay que echar un vistazo a sus redes sociales y comprobar el estilo de noticias que comparten, el lenguaje que utilizan y el modo en que responden a las críticas y comentarios de otras personas. Estar en modo reactivo implica estar cabreado constantemente con la vida. Y quien lucha diariamente con la fuente que alimenta de energía su cuerpo está condenándose a una muerte segura.

El resentimiento

Cuando la ira se estanca en un recuerdo o en una relación, sigue el mismo proceso que cualquier cosa viva: fermenta. Y a medida que evoluciona ese proceso de fermentación se convierte en una realidad más compleja: el resentimiento. Deja de ser una emoción, y por tanto, un fenómeno psicológico y fisiológico temporal y de corta duración; para pasar a ser un sentimiento. Los sentimientos tienen una duración indeterminada, pueden durar horas, días, meses o incluso años.

Las personas con resentimiento alimentan diariamente con pensamientos la emotividad negativa hacia algo o alguien, añadiendo más carga más negativa a su cuerpo. Dinamitan sus funciones biológicas con hormonas y sustancias que adquieren niveles venenosos. Literalmente es como si estuvieran ingiriendo cianuro. Por eso buscan parches para intentar disimular un estado tan tóxico: drogas, alcohol, televisión, queja, disociación, etc. Viven disociadas de su interior hasta que sus células manifiestan lo que su mente ha intentado ocultar bajo la alfombra de su inconsciente.

Cómo liberarse de la ira

En primer lugar hay que detener el estado de reactividad que provoca la ira. Al tomar consciencia de que la ira nos conduce a la lucha y al enfrentamiento con otros seres humanos, al agriamiento de nuestro carácter y a la oscuridad en nuestras relaciones volvemos a conectar con la naturaleza más profunda del ser humano que somos. El simple hecho de tomar conciencia inicia el proceso de liberación.

Podemos incorporar el hábito de dejar de imponernos en nuestras relaciones. Abandonar la necesidad de tener razón en una discusión. Admitir que existen puntos de vista diferentes. Reconocer que otras personas pueden leer la vida de modo distinto y eso les lleva formas de hacer que chocan con la nuestra. Normalizar que alguien malinterprete nuestros actos o simplemente que no sea afín a nuestra forma de ser.

La práctica continua y masiva de todo lo anterior nos capacita para entrar en un estado de empatía incompatible con la reactividad, disolviendo el resentimiento y metabolizando el chute hormonal venenoso que habíamos creado en el estado emocional anterior. La conexión con las demás personas nos devuelve paz interior. Y la paz interior es el estado natural de la expresión de nuestro ser más auténtico y, por supuesto, de nuestra salud.

A medida que vivimos con empatía hacia los demás y conexión sólida hacia nuestro interior podemos evolucionar contemplando la crueldad o la irresponsabilidad de los demás como actos de inconsciencia que pueden ser comprendidos y perdonados. Sin implicarnos más allá con juicios de valor o críticas que conducen a un bucle de queja o victimismo.

En definitiva, actuar bajo este paradigma no sólo nos libera de la ira, sino que nos adentra en un propósito de vida más elevado: nos libera de nuestro ego, de la trampa de nuestra personalidad y nos acerca a estados de existencia supremos: la plenitud, la alegría, la compasión o la gratitud. Estados emocionales creadores de salud y vida.

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