Hay 4 maneras en las que habitualmente nos adentramos en el oscuro mundo del sufrimiento. 4 caminos que te apartan de una vida de plenitud y que te sumen en un escenario de dolor, de abismo, de infierno. Senderos encubiertos, en los que solemos adentrarnos temerosamente en búsqueda de respuestas a desafíos que la vida pone en nuestro transcurrir cotidiano. Todos creemos encontrarnos a salvo y ese es el factor determinante para dar los primeros pasos. Las líneas de más abajo puede que te resuenen redundantes, incómodas o excesivas. Será el modo de darte cuenta de te has adentrado en uno de ellos.

El miedo

“La persona que tiene miedo sin peligro, inventa el peligro para justificar su miedo.”
-Alain-

El miedo es una emoción. Y como emoción es inevitable. Funciona como un radar de peligros diseñado para la supervivencia. Surge como un relámpango, electrizando todo nuestro sistema nervioso e inyectando impulsos: huir, escapar, luchar, enfrentarte, paralizarte o doblegarte. Reacciones todas ellas primitivas. Mecanismos sofisticados e ingeniosos para una vida salvaje e irracional, pero también un lastre para el progreso, la superación o el crecimiento personal. Nuestro cerebro no conoce otro modo de enfrentar la incertidumbre y recurre, reiteradamente, a una forma de proceder que durante siglos pareció funcionarle en circunstancias hostiles, pero que a día de hoy condena al ostracismo y a la soledad.

Cada vez que escoges el miedo para resolver los retos que encuentras en tu camino estás tomando la decisión de hipotecar tu futuro en pos de una mediocre seguridad inmediata, frágil e inestable, como si trataras de estar a salvo construyendo un castillo de arena. Hay quien racionaliza su miedo, lo dignifica y le otorga un estatus, desarrollando rituales, rutinas, hábitos. Una vorágine de control, idealizando una falsa sensación de poder sobre el peligro, a la vez que se intensifica el dominio de aquello temido. Cada pensamiento catastrófico, cada intento de evasión, alimentan el huracán en el que nos absorbe el miedo.

¿Qué es en realidad el miedo? El miedo es tan sólo un refugio, el lugar donde cobijarte de crecer, madurar, superarte. El miedo es una guarida para la debilidad, la pereza o la indulgencia. El miedo es una excusa. O más bien “la” excusa. El pretexto para no confrontar tu incapacidad, tu imperfección, tu fragilidad. El baluarte donde resguardarte de todo aquello que pretenda hacer de ti un ser más grande. Un bastión ilusorio donde protegerte de lo inevitable: la delicadeza de la existencia, el riesgo continuo, la inexorable llegada de un final incierto. Sea lo que sea que quieras preservar la vida acabará arrebatándotelo. Así que, ¿por qué arrebatártelo Túantes de tiempo? ¿Por qué no arriesgar a perder lo que tarde o temprano acabarás perdiendo?

“Cada vez que escoges el miedo para resolver los retos que encuentras en tu camino estás tomando la decisión de hipotecar tu futuro en pos de una mediocre seguridad inmediata, frágil e inestable, como si trataras de estar a salvo construyendo un castillo de arena.”

Cada miedo esconde un poder oculto, un don guardado. Tan sólo la determinación y la irreverencia ante la pérdida te ayudarán a descubrirlos. La obediencia y la rendición a lo temido sólo te llevarán a una vida de insatisfacción y de queja. La rebeldía ante el horror es la forma más extrema de liberación. De abandonar un modo de subsistencia mediocre para alcanzar un estado de integridad que irradia goce y disfrute.

¿Pero cómo abandonar el miedo? Sencillo: apertura a la experiencia, aceptación de los cambios, adaptación a la incertidumbre, superación de las pérdidas, renunciar a la comodidad, vivir en el presente arriesgándose. Sencillo no significa fácil. Cada peregrino debe recorrer su camino. Nadie puede hacer el viaje por ti.

La inconsciencia

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad. Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.”
– Carl Gustav Jung-

La inconsciencia es un poderoso recurso para aquellas personas que quieren vivir una vida sin exigencias, sin conflictividad, sin esfuerzo. Consiste en ignorar profundamente los acontecimientos más significativos que te afectan. Ser consciente de una realidad compleja, adversa y desequilibrante produce dolor. Y el dolor puede ser vivido como un enemigo.

Nada puede amortiguar el malestar que conlleva un evento desafortunado, un cambio drástico, una pérdida inesperada. Todo aquello significativo en nuestra vida provoca emotividad, en ambos polos. La presencia de algo relevante nos produce alegría. Su ausencia dolor. Disfrutar de algo valioso en nuestra vida comporta también padecer su ausencia. Ambos lados de la experiencia son ineludibles y necesarios. Sin embargo, la decisión de adoptar un estilo de vida superficial, basado en el placer, en la ausencia de malestar, nos aboca a un panorama de consternación y frustración frente al reverso desfavorable de la alegría. Negarse a aceptar esto es el primer paso para caer en la inconsciencia.

Llevar una vida inconsciente supone desconectarte, mentalmente, de los sucesos que te perturban. Sin embargo, a un nivel emocional inconsciente, así como en un plano químico, sigues conectado inexorablemente. Precisamente, seccionar la parte mental de la experiencia es lo que desata el desequilibrio en nuestra salud mental, emocional y biológica. Fraccionar nuestra atención y defenestrar los eventos dolorosos altera la digestión emocional que necesariamente debemos hacer para integrarlos en nuestra trayectoria de vida. A veces este mecanismo no se activa de forma voluntaria, sino que es el mismo cerebro quien lo acciona al detectar un desbordamiento de nuestros recursos psicológicos


“Si actúas simulando que algo no existe, no tienes que enfrentarte a ello, y por tanto, nos engañamos creyendo que ya no duele. Pero en la profundidad de nuestro sistema nervioso un aluvión de hormonas y neurotransmisores conspiran contra esta huída de la realidad, provocando síntomas, creando patologías, desregulando nuestro estado de ánimo.”


Pero si ocasiona más problemas de los que resuelve, ¿por qué recurrimos a esta táctica tan nefasta? La evasión del sufrimiento aporta, igual que en el caso del miedo, el alivio inmediato de emprender un proceso de afrontamiento desagradable. Si actúas simulando que algo no existe, no tienes que enfrentarte a ello, y por tanto, nos engañamos creyendo que ya no duele. Pero en la profundidad de nuestro sistema nervioso un aluvión de hormonas y neurotransmisores conspiran contra esta huída de la realidad, provocando síntomas, creando patologías, desregulando nuestro estado de ánimo. No podemos escapar de la ingeniería neuronal de la que estamos dotados, por más empeño que pongamos en ello. Nuestras neuronas nos molestarán con sensaciones inquietantes, angustiosas. Nos forzarán, de tanto en tanto, a mirar aquello en lo que evitamos posar nuestra mirada.

Traer a la consciencia los acontecimientos desconcertantes es una de las principales tareas que hacemos en psicología cuando existe un trauma. Convencer a la persona de que la huída no es ninguna solución solvente a largo plazo y seducirla para revisar ese guión escondido entre tanto ruido, tantas distracciones, tantos placeres efímeros. El éxito terapéutico dependerá de la disposición a “darse cuenta”, entender, aceptar, asumir, adaptarse. La auténtica libertad psicológica consiste no en evitar una vida de adversidad, sino en decidir conscientemente cómo deseas que la realidad te afecte.

La lucha

“La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo tras haber hecho frente a esta regla fundamental y haber aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad interior y la eficacia exterior”.
-Epicteto-

Cuando un acontecimiento frustra nuestras expectativas la rabia es una emoción natural que surge como un modo de defendernos de la agresión que supone esa frustración. La impotencia a la que nos aboca una situación frustrante no sólo es desagradable, sino también vivida como perjudicial para nuestro organismo. La rabia es un intento de revertir el desenlace, intentando tomar posesión del resultado acomodándolo a nuestras necesidades.

Cuando sufrimos una ruptura, nos despiden de un trabajo, perdemos a un ser querido o caemos presa de una tragedia, nos sublevamos contra la realidad. Nos involucramos en un proceso enfermizo de imponer nuestra voluntad a las circunstancias. Contemplamos la aceptación como un signo de debilidad y sólo atendemos al modo de sobreponernos al golpe resultando vencedores y no vencidos. Convertimos un hecho natural e inevitable en un enemigo. De algún modo creemos que tenemos derecho a una segunda oportunidad, ésta vez sin pillarnos desprevenidos, armados con argumentos, estrategia y técnicas. Visualizamos un final distinto y nuestra meta es no desviarnos de ese objetivo.

Cuanto más persistimos en revertir la realidad más “enfermamos”. Cada golpe que le lanzamos a la vida nos es devuelto con un mazazo de realidad. Mientras estamos subidos a un ring imaginario, nuestro potencial y proyecto vital permanecen estancados, anulados, reprimidos. Creemos que el problema es “el problema”. E ignoramos que “el problema no es el problema, sino lo que tú piensas sobre el problema”. Quizá hayas asumido la creencia de que las cosas deben salir como tú quieres, que nadie debería rechazarte o abandonarte, que la gente debería tratarte bien todo el tiempo, que el mundo debería ser justo, predecible o controlable. Quizá creas que eres un ser especial, intocable, que estás protegido por un escudo mágico que te salva de la desdicha. Pero no… Ni mucho menos. Eres un ser mortal, equiparado a otros mediante el azar o la suerte (según quieras mirarlo).

Cuando luchas te estás peleando contra la realidad y emprendes una guerra perdida de antemano. En lugar de ello, la aceptación te brinda la oportunidad de adaptarte a las circunstancias liberando esa ingente cantidad de energía que empleas en la lucha para ponerla al servicio de tus valores más profundos. Aceptar no significa resignarse, sino ajustar tu punto de partida, tu marco de referencia a unas nuevas reglas del juego. Identificar los límites que la vida te ha impuesto y buscar caminos alternativos, averiguar qué zonas de esa nueva realidad están aún por descubrir, por influenciar, por extraerle el jugo. Dejar de enarbolar la bandera de la autodestrucción y encauzar tu vida por un nuevo rumbo, quizá más afín con ideales y valores que desconocías por completo. No subestimes tu capacidad de adaptación. Agudiza tu ingenio, pon a prueba tu creatividad. Siempre hay otra manera alternativa de salir de un aparente callejón sin salida.

El victimismo

“Es todo un arte, una identidad, un estilo de vida que te brinda una infinita e inagotable capacidad de sufrimiento. Es es el Victimismo. Cuando uno se hace la víctima, tras un periodo de tiempo extrañamente corto se cumplen sus peores pronósticos.”
– James Rhodes, Instrumental-

Sufrir un revés siempre te coge desprevenido. No importa cuánto te hayas preparado para una tragedia: te absorverá y te hará dar vueltas sin control, como esas olas que rompen por sorpresa cuando tú estás saliendo del mar. El factor sorpresa es uno de elementos que más condiciona una respuesta inapropiada a un suceso doloroso: la queja, la ofuscación, los pensamientos recurrentes de retroceder en el tiempo, maldecir y culpar a otros, incluso a uno mismo.

Un modo ingenuo y temerario de poner a salvo nuestro ego es intentar demonizar a alguien, imprimir su rostro en una diana imaginaria y lanzarle dardos envenenados. Y si no podemos encontrar ese rostro definido que calme nuestras pulsiones más destructivas lanzamos esos dardos contra todo, contra todos. Necesitamos descargar la rabia sobre algo o alguien, pero no tanto para vaciarnos de ella, sino para recargarla y repetir de nuevo el mismo proceso combativo. Culpabilizar nos permite recuperar una falsa sensación de control sobre el lío en el que nos hayamos metidos.

Verte a ti mismo como la víctima de una conspiración maligna, como el foco de una trama macabra, te permite condecorarte con el derecho a ser compensado. Obtener un resarcimiento indefinido. Un cheque en blanco que refleje en letras grandes y en negrita: “derecho a todo”. Como dice Mark Manson en su libro “El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda”:

“Las personas niegan y culpan a otros de sus problemas por la simple razón de que es fácil y sienta bien, mientras que resolver los problemas es difícil y a veces sienta mal. Esas formas de culpa y negación nos proporcionan una sensación de bienestar inmediato y efímero; son un modo de escapar temporalmente de nuestros problemas y ese escape puede proporcionarnos una sensación de emoción que nos hace sentir mejor. (…) Interpretar todo en esta vida sólo para parecer victimizado de manera permanente requiere el mismo nivel de egoísmo que lo opuesto. Se necesita la misma energía y el mismo engrandecimiento delirante para mantener la creencia de que uno tiene problemas inconmensurables o asumir que no afrontas ninguno.”

Todos y cada uno de nosotros hemos probado alguna vez la agridulce miel que el victimismo nos proporciona: un alivio sintomático momentáneo a cambio de eludir tu responsabilidad y conciencia sobre el fondo del problema. Porque puede que tú no tengas la culpa de lo que te sucede (a veces sí…). Puede que tú no hayas elegido conscientemente las desdichas que merman tu vida. Pero siempre, siempre, tienes la responsabilidad de recuperarte de ellas. Y ésta es la única cuestión que importa.


“Porque puede que tú no tengas la culpa de lo que te sucede (a veces sí…). Puede que tú no hayas elegido conscientemente las desdichas que merman tu vida. Pero siempre, siempre, tienes la responsabilidad de recuperarte de ellas. Y ésta es la única cuestión que importa.”


No importa quién o cómo te haya hecho daño. Sea como fuere, ahora forma parte de ti, no se puede retroceder en el tiempo. La búsqueda de culpables, aunque realmente los haya, no te devolverá lo que te han arrebatado. Blasfemar, conspirar o despotricar acerca de lo injusto que la vida te trata no hará más que dilatar tu indulgencia y el tiempo que te llevará recuperarte. Puede que ahorres por instantes la árdua tarea de enfrentar una realidad incómoda, pero por más que insistas en eregirte como víctima hegemónica, nadie te ahorrará el angustioso tránsito tomar el protagonismo de tu vida. Porque la tarea principal sigue siendo la misma: vivir, seguir adelante, afrontar tu destino con una determinación inquebrantable, involucrarte en aquellos planes que te devuelven la alegría y alejarte de toda tentación de definirte como víctima. Parafraseando de nuevo a Mark Manson:

“Cuanto más elijamos aceptar la responsabilidad de nuestras vidas, más poder tendremos sobre ellas. Aceptar la responsabilidad de nuestros problemas es, entonces, el primer paso para resolverlos.”