La necesidad de estar con alguien. Nunca en soledad. Siempre en huída de une misme. Amar a la desesperada… enamorándose del enamoramiento, confundiéndolo con amor. Se puede confundir con suma facilidad “carencia” con el “estado de realización” al que se llega a través del amor. Deseo puede parecer conexión, pero encadena al núcleo del sufrimiento: el apego. Aprendamos el camino del amor observando la diferencia entre la dependencia a las emociones y la libertad total que surge de un amor “desidentificado”. Sumerjámonos en la profundidad de nuestro ser para amar de un modo genuino y sin límites.

La Necesidad de ser Alguien

Cada une de nosotres comienza su andadura en la vida siendo “nadie”. Y a medida que tomamos conciencia de ello surge la necesidad por “ser”.

La dependencia emocional es el síntoma más frecuente que manifestamos cuando nuestra sabiduría amorosa se halla en un nivel de desarrollo temprano.

En el principio de la vida, la carencia y la escasez colman el cuerpo físico y para sobrevivir el amor adopta una apariencia de exigencia. Nuestras células pronto memorizan esa naturaleza cautiva de dependencia hacia el sustento externo como una condición infranqueable para el crecimiento. De modo que para poder “ser” se carece de autonomía y se necesita de alguien que provee. La realización personal proviene siempre de fuera: afecto, protección, alimento, cuidado, conocimiento…

Cada une de nosotres comienza su andadura en la vida siendo “nadie”. Y a medida que tomamos conciencia de ello surge la necesidad por “ser”. Olvidamos que ya “somos” y confundimos supervivencia con existencia. La existencia acaba significando necesidad. Y esto se almacena en el inconsciente de nuestro organismo, ese almacén invisible que se comunica de forma silenciosa y clandestina en la profundidad de nuestra mente. Cuando nuestra mente tiene capacidad de convertir las sensaciones en conceptos construye la creencia de “la necesidad de ser alguien”: una necesidad basada en nuestras carencias físicas. Así que buscamos en nuestro interior, pero nuestra búsqueda es en vano: no somos nadie, no somos nada. Una nada profunda y densa inescrutable para una mente que busca sustento en lo volátil, en la materia.

Por tanto, si no puedo encontrarme a mí en mí misme, trato de buscarme en otras personas para poder encontrarme. Busco a alguien para conocerme a mí, para constatar que soy alguien, para creer que soy alguien. Así que se necesita de otres para ser yo. Y he ahí el origen de nuestra andadura por el sendero del sufrimiento.

El Miedo a la Soledad

«El miedo a la soledad indica una resistencia a iniciar el viaje, el auténtico viaje: el conocimiento de une misme.»

Todas las personas somos buscadores. Buscadores de sentido. Necesitamos encontrar significados que nos ayuden a entender la experiencia de la vida. Pero cuesta mucho tiempo y dolor entender que la búsqueda es infructuosa hacia fuera, que sólo puede encontrarse significado hacia dentro. Un significado duradero y esclarecedor, tan distinto al sentido fugaz y frágil que da una vida centrada en lo externo.

Por más que nos esforcemos en una búsqueda externa de nuestra identidad, la realidad se acabará imponiendo siempre: nunca podremos encontrarnos en algo que está fuera de nosotres. Por lo que una y otra vez la vida nos irá conectando con la experiencia de la soledad. Si hemos podido entender el mensaje, la soledad será recibida con cariño y agradecimiento, transitando la experiencia con atención y lucidez. Aprendiendo de ella.

Toda aquella persona que aún se resista a entender la verdad sentirá terror ante los primeros indicios de soledad, ya que al no encontrar a “nadie” frente a sí que pueda guiarle, la inmensidad de un mundo interior por explorar puede llegar a desbordar su mermada capacidad de atención interna.

Así que el miedo a la soledad indica una resistencia a iniciar el viaje, el auténtico viaje: el conocimiento de une misme. A medida que desplegamos nuestra apertura a la soledad, ella va ahuyentando los temores de nuestra mente y nos concede el privilegio de mirar la vida de un modo traslúcido: el amor verdadero reside en el amor a mí misme.

El Aislamiento Existencial

«El aislamiento de todes i de todo nos abraza como una noche oscura donde sólo existe luz y cobijo en las entrañas de nuestra conciencia.»

Irvin D.Yalom distingue dos clases de soledad: interpersonal y la intrapersonal. O dicho de otro modo. La cotidiana y la existencial. La soledad cotidiana es aquella que se produce cuando nos vemos aislados de otras personas con las que establecer vínculos físicos y emocionales. La soledad interpersonal es vivida bajo la experiencia del rechazo y está íntimamente relacionada con el miedo a la muerte, algo que puede resumirse bajo la siguiente reflexión:

“Si carezco de alianzas, nadie podrá salvarme de posibles peligros y amenazas. La unión me hace fuerte. Sin unión a otres, soy débil.”

A medida que nuestro cuerpo gana la estabilidad de un sustento seguro, la necesidad de poseer vínculos personales va en decaimiento. Nuestra madurez y evolución van provocando una poda de lazos emocionales y físicos con las personas de nuestro entorno. La sabiduría es sobria y se desprende de aquellas relaciones que sólo nos sirven de bagatelas en nuestra vida. Adornan, pero sólo en la apariencia. Así que el mero hecho de progresar genera distanciamiento con el entorno. Y aunque persista nuestro empeño por almacenar alianzas superficiales e inocuas, serán las demás personas quienes tomarán la decisión por nosotres, imponiendo brechas insalvables en la relación. Brechas que pueden vivirse como una traición. Y que sin embargo constituyen la oportunidad de llegar hasta los cimientos auténticos de nuestra existencia.

Es esta la naturaleza del aislamiento exitencial a la que se refiere Yalom. El aislamiento de todes i de todo nos abraza como una noche oscura donde sólo existe luz y cobijo en las entrañas de nuestra conciencia. Una dimensión indeterminada en nuestro mundo interno, inexcrutable para la mente distraída por el espectáculo del sueño en el que vive. Necesito aislarme de todo cuanto haya fuera de mí para saber qué hay dentro de mí. Un aprendizaje que deja paso a la experiencia del desapego.

El Desapego Radical

«El desapego radical es aquel al que se llega cuando se vive que todo lo externo es accesorio, prescindible y a la vez agradable.»

Quien ha transitado suficientemente el aislamiento existencial es inundado por un estado de absoluta neutralidad: el desapego. La constatación de que nada ni nadie permanece en tu vida y que, por tanto, todo intento de retener algo o alguien es un anhelo tormentoso. Brota en la conciencia el impulso al desprendimiento: desaferrarse de cualquier resorte material o humano para poder vivir en plenitud la vida.

Esto no significa practicar el rechazo hacia los vínculos externos. Más bien todo lo contrario. El rechazo sólo proviene de personas que tratan desesperadamente de protegerse frente al miedo. Lo cual quiere decir que siguen experimentando apego: un aferramiento intenso al deseo de no sentir el dolor que produce el abandono.

El desapego radical es aquel al que se llega cuando se vive que todo lo externo es accesorio, prescindible y a la vez agradable. Las relaciones son vividas como la piel que recibe el rayo de luz del sol que broncea el cuerpo: lo recoge, incorpora su belleza para después dejarlo ir dejando un recuerdo difuso. Amar sabiendo que en el mismo instante de recibir el amor existe una inexorable despedida. Quien alcanza este alto grado de entendimiento se libera de la dependencia emocional y puede amar como aman los planetas: atrayendo por su fuerza gravitacional, conectados sin poseer y flotando en el cosmos sin ser asidos por el universo.

Amor Lunar vs. Amor Solar

«Es así como surge el amor genuino: de forma incandescente e incondicional. Sin aferramiento. Sin obstinación. Sin exigencia.»

Me enamoré de la sabiduría de Ramiro Calle hablando de dos tipos de amor: lunar o solar. El amor lunar es aquel que está ligado a la dependencia. La luna, para poder brillar, necesita de la luz del sol y así es como descubre su existencia. De manera que quien ama de forma lunar necesita de otro ser que le ilumine. Al carecer de la luz de otro ser es como si no existiera. De ahí que alguien lunático es alguien que ama de forma desesperada, por pura dependencia. Y puesto que la necesidad es imperiosa, puede que se sienta un amor intenso. Pero por más intensidad que añada la carencia, todo es vacío por dentro.

El sol no necesita de ningún artefacto externo para lucir su cegadora naturaleza. Desprende luz incondicionalmente, sin importar si esa luz es recibida o rechazada. Se limita a desplegar su belleza, inundando a todo ser que halla en su dilatada expansión. Y es así como surge el amor genuino: de forma incandescente e incondicional. Sin aferramiento. Sin obstinación. Sin exigencia. Un corazón que ama sintiéndose venturoso y digno, inalterable frente a los escollos que encuentra a su paso. Un amor ecuánime y trascendente.

De tal forma que quien supera la necesidad de ser, quien trasciende a través de la soledad y encuentra refugio en su propio aislamiento, está en condiciones de expandirse sin límites físicos. Y en ese ensanchamiento de su naturaleza nuclear tampoco deja a otres aferrarse: les libera de toda dependencia para poder fluir como dos entes emancipados que viajan soberanamente, exentos de cualquier atadura. Ensimismados en la dicha de saberse vacantes e impermanentes. Identificados con el vacío y a la vez colmados por la eternidad. La eternidad que reside en ser «nada».

Nota: este post se ha creado utilizando lenguaje inclusivo (o al menos se ha intentado…).