«Te quiero con locura.» Eso es todo lo que con 15, 20 o 30 años yo creía saber sobre el amor. Querer sin medida, sin límites, sin reservas. Querer desde su sentido más literal. Querer para poseer. Querer para sentirse uno completo. Querer por querer. Querer hasta la enajenación, hasta traspasar uno la demencia, la chifladura, el disparate. Querer hasta convertir el amor en barbarie… Hasta que tanto fanatismo le enseña a uno que puede llegar a querer con locura si le pone mucho empeño, pero que realmente uno puede pasar por este mundo sin haber conocido el amor auténtico al que sólo se accede estando cuerdo .

Reciprocidad

«Una suma de fuerzas que se contrarrestan continuamente para formar un ente que evoluciona proporcionalmente, sin excesos o carencias que puedan amenazar su existencia».

Cuando uno quiere con locura, uno se halla absorto en su propia psicosis. Y ni siquiera se plantea quién puede ser la persona que está al otro lado. Eso no le interesa a uno. A uno le atrae sumergirse cada vez más en la densidad de un sentimiento que exime de palpar lo existente, de lo que aguarda realmente ahí afuera. Uno persigue “querer a alguien” para quererse un poco uno. O para sentirse querido. De modo que uno no busca querer por un interés genuino en el otro. Uno busca querer para ser aún más el centro de su propia vida. Para incrementar la gravedad con que las cosas giran alrededor de uno. Así que uno se entrega con desmesura para que le sea retornado con regalías aquello que entrega como insensato.

Ningún amor lúcido se puede obtener cuando se pretende alcanzar el amor de una forma tan ciega. Sólo se puede acceder a una dimensión tan pura cuando se ha alcanzado una gran conciencia acerca de quién es uno y quién es el otro.  Dónde están las lindes que de ser traspasadas pueden conducir a la miseria. Y de ésta forma es como uno empieza a apreciar que todo lo que es armónico y sólido está en equilibrio, en una suma de fuerzas que se contrarrestan continuamente para formar un ente que evoluciona proporcionalmente, sin excesos o carencias que puedan amenazar su existencia.

El amor, para ser amor, debe ser recíproco. Yo te entrego, tú me das. Cada cual desde su propia esencia, sin escrupulosidad o ciencia. Que esto no va de hacer justicia, sino de entregar lo que el corazón ofrece sin forzar. Cuando uno quiere con locura entrega o recibe sin importarle la sostenibilidad que se está creando. Se persigue el subidón emocional a toda costa y todo lo que implica compensar el exceso se torna aburrido, cruel o problemático. A veces uno quiere con locura porque en realidad está cagado de miedo (con perdón). Uno se acobarda si no lo entrega todo, si no lo obtiene todo. Porque cuando se quiere en esos términos el amor es “o todo… o nada”. Así uno decide amar psicóticamente y delega lo demás en la buena suerte. Y sólo cuando uno se atreve a llevar la contabilidad de lo que da y lo que recibe es cuando uno puede ver si realmente ese amor le sale a cuenta.

Respeto

«Toda relación de pareja que es próspera y verdadera está demarcada por varios límites inquebrantables. Uno de ellos es el respeto.»

Este concepto debería ser intrínseco a la palabra amor. Sin embargo, el sistema patriarcal se ha apoderado de la palabra amor situándolo en una relación de poder, donde unos pierden y otros ganan. Uno de los miembros juega el rol de víctima, de mártir, de persona benévola volcada y sacrificada para hacerle mejor la vida a otra persona que ejerce de atormentado por la vida, que se enviste con derecho a ser cruel y despiadado. El respeto se concibe en muchas relaciones como un sacrificio necesario para que la otra persona esté bien y no “se brote”… Se normaliza tanto la falta de respeto que cuando la persona que habitualmente lo transgrede muestra un gesto de empatía, este gesto parece desorbitado para la persona “mal querida” y acrecienta su dependencia.

Toda relación de pareja que es próspera y verdadera está demarcada por varios límites inquebrantables. Uno de ellos es el respeto. Y ojo. Claro que todas las personas, en algún momento, podemos caer presa de los impulsos y tener ciertos comportamientos imprudentes que acaban dañando a la pareja. Pero el concepto de respeto implica que uno es capaz de darse cuenta de esto y se hace responsable incondicionalmente, rectificando sobre la marcha, sin dramas.

Hay muchas personas que reproducen estos patrones de sumisión procedentes del aprendizaje inconsciente que se ha dado en la historia de su familia. Tod@s hemos observado formas de interactuar en nuestros padres, en nuestros abuel@s, en las personas afectivamente más cercanas y que han impregnado de actitudes y automatismos la manera en la que expresamos y recibimos cariño. Hay quien nunca se permite recibir respeto porque en su historia familiar éste ha sido concebido como un lujo, un derroche o un regalo inmerecido. También hay quien ha aprendido a faltar al respeto para obtener respeto y este ciclo de carencia y transgresión perpetua pautas afectivas tremendamente destructivas. Por tanto, será necesario no sólo alejarse de aquellas personas que refuerzan los roles familiares que hemos aprendido, sino también trascender el aprendizaje latente que nos predispone a ello.

El amor como libertad

«Cambiar a otra persona comporta una inversión descomunal de energía para la que habitualmente no compensa el retorno.»

¿Quién no ha estado en una de esas relaciones donde se involucra constantemente en el proyecto de cambiar al otro? La solución a todos los males de la relación se proyecta en la idea de que hay ciertos comportamientos que la otra persona hace y se considera imprescindible que cambie. Se pierde de vista a la persona como concepto y sólo se focaliza la atención en las conductas que crean malestar. Así que estar bien con la pareja pasa porque ésta cambie su forma de ser.

Cambiar a otra persona comporta una inversión descomunal de energía para la que habitualmente no compensa el retorno. Puede que la persona con la que compartimos proyecto de vida haga, en algún que otro momento, un esfuerzo titánico por modular algunos de esos impulsos irrefrenables, que por otro lado no encuentra tan problemáticos (o para los que tiene poca o nula motivación de cambio). Pero siempre acabará sucumbiendo a sus instintos y en el mejor de los casos lo que ocurrirá es que en algún momento vuelque sobre ti la frustración que le genera que “no le aceptes con todos sus defectos”. Pocas, muy pocas veces esta estrategia sale bien. Porque alguien no puede cambiar un aspecto de su identidad que le da sentido. El “carácter fuerte”, “los prontos”, “el mal humor” y otras manías que habitualmente causan crisis en una relación no son cosas que puedan cambiarse así como el que decide cambiarse de casa. Para la mayoría de personas estos rasgos dan una identidad que les hace sentir “fortaleza”, o que les liberan de un malestar acumulado, o simplemente les hace sentir cómodos. Así que lo más probable es que te contesten un sentenciador: “yo soy así”.

El amor, para ser amor, fluye de forma libre. Uno es como es y siendo como es surge el amor. El amor es una consecuencia de ser y no la consecuencia de un cambio. ¿No sé si me explico? Amamos a alguien si la mayor parte de su ser nos resulta atractiva y reconfortante, y a la vez podemos convivir con sus puntos flacos sin que esto tenga que suponer un drama. Nadie debe hacer cambios desmesurados con los que no está de acuerdo para simplemente contentar a la otra persona. O se hace porque se considera adecuado para uno, o sencillamente no se hace. Así que la cuestión no es si tu pareja tendría que cambiar. Permíteme que sea algo más indiscreto y que te pregunte: ¿no sería cuestión de cambiar de pareja?

Amar desde la profundidad

«¿Y qué es lo que encontramos en la profundidad? Conciencia, discernimiento, lucidez, coherencia, integridad, magnetismo, alegría, espontaneidad, estabilidad, paz, seguridad, coincidencia, afinidad, empatía, compañerismo, generosidad, compasión, paciencia.»

Hay quien confunde amar mucho con desear mucho. Cuanto más rechazo y objeción a ser amado obtengo de alguien, más amor creo que siento. “Lo que se resiste, persiste”. Así que me obsesiono por estar con alguien no porque realmente me lo pida el corazón, sino porque me lo piden las entrañas de mi ego. Se trata de una cuestión de estatus, de poder, de cabezonería.

También hay quien entiende el amor como quien esnifa cocaína. Lo consume para chutarse una dosis de placer y euforia. “Si no me pone, no amo”. Se asemeja amar a una descarga de adrenalina. Así que cuando las células de nuestro organismo se cansan de estar segregando hormonas a lo bestia… se acaba el amor. Estas personas conciben el amor como un medio y no como un fin. El amor es un transporte hacia el éxtasis y la evasión. Quedan atrapadas por el atractivo y superfluo efecto del enamoramiento, pero no son capaces de atreverse a descubrir qué es lo que se esconde en las profundidades.

¿Y qué es lo que encontramos en la profundidad? Conciencia, discernimiento, lucidez, coherencia, integridad, magnetismo, alegría, espontaneidad, estabilidad, paz, seguridad, coincidencia, afinidad, empatía, compañerismo, generosidad, compasión, paciencia. Cualidades supremas a las que sólo puede accederse después de haber recorrido un camino de autodescubrimiento, de sanación y de superación del ego. Sólo quien ha bajado a sus infiernos y desenmascarado sus demonios está capacitado para alcanzar la gloria. Porque no puede existir un amor auténtico en la confusa superficie de las cosas, del cuerpo, de las formas.

Puedes descubrir un amor profundo cuando estar con alguien te llena de energía, de vitalidad, de motivación. Cuando la relación, por más tiempo que haya pasado, marcha viento en popa, sin presión, sin esfuerzos exagerados. Cuando cada uno pone de su parte sin que nadie lleve la cuenta. Cuando se goza del cuerpo, sin idolatrarlo. Cuando se ama sin carencias, sin necesidad de poseer al otro para tapar “mis huecos”.

En definitiva, uno puede sentir que ama cuando ha desvelado su ingenuidad y ya no le abre la puerta a cualquiera.

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