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Hay que celebrar más la vida. La damos demasiado por sentado.

Todos los días deberíamos montar una fiesta por tener un frigorífico con comida, un grifo con agua o un colchón en el que dormir 6 horas.

Cada jornada laboral deberíamos preocuparnos por conocer más a las personas que tenemos al lado. Saber cómo les va la vida. Facilitarles un día más cálido. Provocar una sonrisa o disimular un momento amargo.

Cada mañana deberíamos saludar al sol con una sonrisa, bailar en la oscuridad, cantar en la ducha, reír a carcajadas. Mirar por la ventana, sin hacer nada. Hablar con desconocid@s. Soñar despiert@s.

Todos los días deberíamos llorar un poco (sólo un poco), abrazar a alguien, recibir caricias, sostener una mano amiga, decir “te quiero”, mirar con intensidad. Como si se nos fuese la vida.

Al final del día deberíamos haber dicho por lo menos un “lo siento”, dar marcha atrás, perdonar, hablar primero, pasar página, empezar de nuevo.

Todos los días deberíamos cumplir un sueño. Fugaz o mundano. Trascendental o pasajero. Ganarle el pulso al tiempo, inmortalizar los segundos, vivir minutos eternos. Hacer de una hora un siglo, dilatar el ocaso.

Todos los días… todos. Todos los días.