Cuando empiezas una relación de esas en las que te bailan las tripas el final es algo que sólo le pasa a otros. O a otras… ¿A ti? Pero si tienes una electricidad de la ostia con esa persona… ¿cómo podría acabar algo para lo que los astros parecen haber confabulado? Pues sí… Y tanto. Pero lo jodido no es que una relación acabe. Lo jodido, lo verdaderamente jodido es que estés en medio de una de esas relaciones que parece que no tenga final. Sí, ese tipo de relaciones que te resquebrajan el pecho y te introducen un ascua incandescente dentro. Dejándote un colosal vacío. Esas relaciones en las que justo cuando estás iniciando el regreso del mismo infierno tu móvil suena de nuevo: “necesito que hablemos, ¿nos vemos?” En este post algunas claves para guiar tus pensamientos al respecto…

Y al tercer día resucitó

“Despejas toda tu agenda y ahí te encuentras de nuevo, frente a frente con esa persona que te hace cosquillas en el intestino grueso.”

Matemático. Cuando tú estás asumiéndolo, hundid@ en tu sofá/cama/rincón de la perdición… depués de escuchar la discografía entera de Los Planetas, aparece (bueno, sustituye Los Planetas por Camela, Camarón, Extremoduro o cualquier otro gurú del desamor que alimente tu sed de dolor y odio). Y ese mensaje te sabe a una botella de agua fresquita en el desierto.

Quieres ser fuerte. Te mueres por contestar. Gritar que sí, que lo perdonas todo. Te proyectas de nuevo en el sofá: mantita, peliculita y pizza. Te desvives por dormir junt@s, en un edredón calentito y esponjoso. Volver a aquellas noches de incendio… Pero quieres ser fuerte. Dejas esperar unos minutos. No quieres que te delate tu desesperación. Quieres ser fuerte. Hacerte el duro, la dura. Tirar de dignidad, demostrar orgullo. Que sufra… Al fin y al cabo sólo se valora lo que cuesta trabajo, ¿no?

Pero al final acabas sucumbiendo. Te tiras a la piscina de lleno. Contestas. Despejas toda tu agenda y ahí te encuentras de nuevo, frente a frente con esa persona que te hace cosquillas en el intestino grueso. Sus ojos le delatan: irradian arrepentimiento. Te mira con una especie de melancolía que huele a deseo, a ganas de abrazarte y decirte “lo siento”. Y los hechos se suceden tal como estaba previsto en tu guión imaginario. “Lo siento, perdóname. No puedo olvidarte. Te echo de menos.”

Las dudas infinitas

“Examinemos el programa político que nos presenta para defender su candidatura. Diseccionemos el embrollo de emociones que desprende. Y después despidámonos cordialmente, dejando en el aire la decisión.”

Y aquí empieza la etapa de las dudas infinitas. La incógnita te aprieta tan fuerte las entrañas como las ganas de volver. ¿Sí? ¿No? ¿Qué hacer…? Es en este punto donde l@s tarotistas lo han sabido hacer mejor que l@s psicól@s… Nos ganan por goleada. Porque por alguna ilustre razón, vende más que nos adivinen el futuro que nos ayuden a predecirlo en función de la lógica socrática. Ojo, no quiero aquí difamar el arte de echar las cartas, simplemente imbocar al poder interior que está en cada un@ para tratar de ahorrar algunas perrillas a l@s náufrag@s del amor.

Sé que nada puede competir contra una emoción intensa. Las emociones se generan en el cerebro primitivo. El razonamiento en el humano. Partiendo de la base de que un chimpancé tienes 5 veces la fuerza de un humano el resultado de la batalla está claro. Ahora bien, podemos aprender a calmar a nuestro chimpancé para que el humano sea quien tome las decisiones. Bueno, más que calmar, engañarlo. Porque nada puede calmar a un chimpancé en estado de celo…

Empezemos por posponer la decisión. Le vamos a dar el caprichito a nuestro chimpancé de ver de nuevo a esa persona, de esta forma lo dejaremos tranquilo. Pero en lugar de tomar decisiones en ese encuentro, símplemente nos limitaremos a observar. A recopilar información. Esto alimentará nuestro cerebro humano. Pensemos en los argumentos que nos da acerca de la ruptura. Examinemos el programa político que nos presenta para defender su candidatura. Diseccionemos el embrollo de emociones que desprende. Y después despidámonos cordialmente, dejando en el aire la decisión.

La trampa de sentir

“La mayoría de nuestras decisiones están más guiadas por lo que sentimos que por lo que pensamos acerca de lo que sentimos.”

Disimula tus impulsos, maquilla tus ganas, disfraza tu pasión. Date un tiempo para aplacar tus impulsos y zambúllete en un abismo de pensamiento. Es hora de poner en orden el desastre que se ha ocasionado adentro y de reconciliar lo que sientes con lo que piensas.

Tenemos muy idealizados a los sentimientos. Tanto, que la mayoría de nuestras decisiones están más guiadas por lo que sentimos que por lo que pensamos acerca de lo que sentimos. Porque los sentimientos nos proporcionan alivio o placer y eso es tremendamente adictivo. Los pensamientos, en cambio, requieren esfuerzo y disciplina. Aburrido… ¿A quién le interesa comerse el coco cuando con sólo dejarse llevar se producen cambios en nuestra vida?

Existen muchos errores cognitivos en el arte de amar. Y uno de los más frecuentes se llama “razonamiento emocional”. Una trampa de nuestra mente, por esa predilección hacia el sentir vs. pensar. Viene a ser una cosa tal que así: “como lo siento, es que es verdadero”. O también: “como tengo este sentimiento, significa que tengo que hacerlo”. Por ejemplo, si tu ex te pide una segunda oportunidad (o una trigésima…) buscas en tus adentros para que tu forma de sentir te haga de brújula. Si sientes aún pasión, enamoramiento, deseo… Entonces te decantas por el sí. Si por el contrario no hay el mínimo rastro de desenfreno, optas por el no.

Error. Nunca vamos a encontrar un vacío completo en tu interior cuando estés delante de alguien con quien has pasado momentos tan intensos. Siempre quedarán resquicios emocionales. Ascuas incandescentes que pueden incendiar tu vida de nuevo con un pequeño soplo de aire, por más inofensivo que parezca. Si buscas, encontrarás. Y te equivocarás. Porque no es tan importante lo que sientes como lo que piensas acerca de lo que sientes. Es distinto sentir enamoramiento por alguien que pensar que sientes una especie de enamoramiento adictivo que no te conviene. Cuando añades la parte lógica, lo que sientes adquiere un matiz muy diferente.

Claves para no cagarla

“Nunca ofrezcas tu corazón a alguien que come corazones, alguien que cree que la carne de corazón es deliciosa y no rara, alguien que succiona los líquidos gota a gota y que, con el mentón ensangrentado, te sonríe”. -Alice Walker-

Si te has quedado conmigo hasta este apartado (¡much@s son los que desertan antes de sentirse desenmascarados!), a continuación te daré algunas claves que creo fundamentales para no cagarla. Hay algunos patrones de comportamiento que se pueden identificar en relaciones que pueden ir bien o, por el contrario, en relaciones que están condenadas al fracaso. Vamos a ello…

Relaciones tóxicas (condenadas al fracaso):

  • El trayecto de la relación es el de una montaña rusa. Tan pronto está en la cima como en la caída más en picado.
  • Los episodios de la relación son como capítulos de telenovela. Enfados monumentales, desplantes despiadados, bloqueos tajantes en redes, etc.
  • Los impulsos son los que marcan el ritmo en la relación.
  • Nunca se resuelve el foco de los conflictos. Simplemente se disimula con cualquier atractiva distracción: Netflix, cenas románticas o noches de desenfreno…
  • Los “lo siento” están carentes de acción. Suelen quedarse en una declaración de buenas intenciones. Y ya está. Después de la fase de “luna de miel” no hay cambios.
  • Las reconciliaciones son la chispa por la que se mantiene viva la relación. Durante la fase de monotonía el peso de la relación recae en una sóla persona.
  • El ritmo de la relación es vertiginoso. Pronto se pasa del primer beso al vivir juntos. Se quiere todo para ya, sin respetar los tiempos.
  • Los celos son una mascota de compañía. Siempre están presentes en el seno del hogar y hasta se les coge cariño.
  • Se idealizan los momentos “buenos”. Se olvidan o no se tienen en cuenta los momentos “malos”. O por el contrario: se generalizan los momentos “malos”, sin tener en cuenta los momentos “buenos”.
  • Se concibe la relación en blanco y negro. No hay cabida para los grises, los matices, los grados.
  • El “amor” se confunde con pasión. Y por tanto, si no hay pasión, no hay amor (la pasión es un mecanismo psicofisiológico con fecha de caducidad… ¡sorry!).

Relaciones maduras (pueden ir bien, aunque todo tiene su fin. Nada es eterno…):

  • La relación va alcanzando su punto como lo hace un buen guiso: a fuego lento.
  • Los episodios de la relación son ciertamente monótonos (y hasta aburridos). Todo va bien, salvo algunos momentos. Nada catastrófico.
  • Los impulsos quedaron en el sexo desenfrenado de los primeros 6 meses (máximo 3 años o hasta la llegada del primer hij@, en su defecto…). La locura inicial deja paso a una civilizada convivencia.
  • Los conflictos se abordan con solemnidad. Cada miembro ha hecho un trabajo de reflexión previo a la puesta en común. Se llegan a acuerdos duraderos con relativa fluidez.
  • El cambio es el mejor “lo siento”. Las disculpas son elegantes preliminaries, pero el protagonismo lo copan los hechos.
  • Las reconciliaciones alivian, pero no excitan. Apenas suponen un estrecho paréntesis en la línea de tiempo. Cada reconciliación supone un gran progreso.
  • Las etapas se suceden de forma lógica y amena. Sin forzar. Por inercia. Sin encontrar enormes obstáculos.
  • Los celos no sobreviven. Nunca se les llena el plato de comida, así que marchan a otro hogar más grato.
  • Los momentos “buenos” ganan por goleada. Los “malos” incitan al crecimiento. Ambos son relevantes y enriquecedores.
  • Apenas se conocen los extremos. Los matices decoran los momentos vividos.
  • La pasión es importante. Pero fugaz y escurridiza. La complicidad, el compañerismo y el cariño incondicional suplen la depresión hormonal que acarrea el habituamiento.

Claves para saber que la estás cagando

“Nunca se debe gatear cuando se tiene el impulso de volar.” -Hellen Keller-

Y ahora toca ir directos al quid de la cuestión. ¿Cómo saber si la estás cagando si te cuestionas volver con tu ex? Porque toda ruptura que preconiza un resurgir fugaz y doloroso cumple con un patrón estructural básico. Por ejemplo:

  • La química ocupa todo el protagonismo y el foco del conflicto queda relegado a un segundo plano.
  • Se habla poco de lo que importa y mucho de planes de futuro que endulzan el retorno, pero que acaban dejando una resaca ensordecedora.
  • Volver supone un aparente punto y aparte que en realidad no deja de ser un punto y seguido con paréntesis.
  • El placer puede más que la lógica.
  • A pesar de que la ilusión de volver brilla en la superficie, el pesimismo está incrustado en la intuición de fondo.
  • La historia de la relación está repleta de rupturas persistentes.
  • Más que razones para volver hay unas ganas irresistibles.
  • Aunque la voluntad dice que no, la inercia acaba imponiéndose.

Y poco más que decir al respecto. Si aún te queda algún resquicio de duda tan sólo tienes que escuchar esa voz apagada que resuena dentro de ti después de leer este texto. Espero que te haya sido de utilidad. Si crees que puede ser de ayuda a alguien de tu entorno comparte este post en tus redes sociales. ¡Gracias por estar aquí, yo encantado si te animas a repetir de tanto en tanto!