Despejar la X.

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Hay veces en que la vida nos sitúa en un punto donde tienes que decidir caminos disyuntivos: izquierda derecha, norte o sur, este u oeste. Situaciones en que te puedes ver consumid@ por el peso de tomar decisiones igualmente inciertas, sin ningún punto claramente a favor o en contra. Opciones que parecen semejantes, tanto en costes como en beneficios. Con el reloj en tu contra, forzándote a tener que decidir con una nube espesa de incertidumbre oscureciendo tu consciencia.

Es estos momentos solemos recurrir al consejo de nuestra pareja, familiares y amig@s. Un soporte “técnico” externo que nos ayude a decidir. Pero si realmente hay mucho en juego, no podemos depositar el peso de la decisión en un criterio externo. Porque es posible que nadie más que tú entienda mejor tus intereses, tus necesidades y la forma en que afectarán las consecuencias a medio o largo plazo.

La mejor opción será aquella que nazca de tu interior, que parta de la persona que mejor te conoce: tú mism@. Despejar la X de la ecuación es tan sencillo como entender la naturaleza de la herramienta con la que resolverás la incógnita: tu cerebro. Veamos los puntos claves del proceso.

El Principio de Pareto.
“El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”. -Aristóteles-

El principio de Pareto es una ley basada en la observación de la realidad, que se ha aplicado en muchos campos profesionales, desde el mundo de la empresa hasta la tecnología. Lo que viene a decir es que sólo el 20% de lo que haces es responsable del 80% de tus resultados. Trasladado a la toma de decisiones, cuando pretendes decidir entre un camino u otro estás considerando un 80% de información que sólamente te distrae y que apenas tiene importancia en el resultado que obtendrás al tomar una decisión.

El primer paso, por tanto, antes de tomar una decisión consiste en eliminar la información tóxica, es decir, no procesar aquellas variables que solamente te distraen y te impiden hacer cálculos con los factores realmente importantes. Tienes que quedarte con el único 20% que realmente es relevante.

Simplifica.
“Aquello que miramos y no podemos ver es lo simple”. -Tao te ching-

Una vez identificado ese 20%, toca focalizarse realmente en las cosas importantes. La mayoría de personas que han leído alguna cosa sobre psicología conoce la teoría de Maslow sobre las necesidades jerárquicas de los seres humanos. Esta teoría clasifica las necesidades de los seres humanos en forma de pirámide: desde las más básicas, situadas en la base, hasta las más complejas, ubicadas en la cúspide. Es una teoría clásica y mundialmente conocida. El problema de esta teoría es que hace una clasificación en 5 categorías.

Personalmente, si hay que tomar decisiones, tengo predilección por el número 3. Clayton Alderfer, profesor de la Yale University simplificó la teoría de Maslow aún más y redujo las necesidades a 3:

  1. Necesidades de Existencia: aquello estrictamente necesario para sobrevivir. Comida, un techo bajo el que dormir, trabajo y estabilidad económica.
  2. Necesidades de Relación: este grupo de necesidades son más sociales. Tienen que ver con pasar tiempo con las personas que amamos, relacionarse con amig@s, sentir que pertenecemos a un grupo/comunidad (una “manada”) y que contamos con su estima y reconocimiento.
  3. Necesidades de Crecimiento: en esta categoría están todas las necesidades de crecimiento personal, aquellos aspectos de la vida que desarrollan nuestro potencial humano, que aumentan nuestras habilidades personales y que hacen que la vida tenga un sentido. Son necesidades más “místicas”.

La teoría de Alderfer explica que los seres humanos primero nos preocupamos por tener un sustento, después por formar una familia y pasar tiempo con ella, y por último hacer actividades que hagan expandir nuestra identidad personal. Si en algún momento la vida pone en juego uno de los escalones donde estamos, según Alderfer las personas tendemos a bajar al escalón de abajo para asegurarlo. Por ejemplo, imaginemos que estás en el escalón 2 y de repente hay un ERE en tu empresa, te reducen considerablemente el sueldo y se complica tu situación económica. Si encontrases un buen empleo en otra ciudad seguramente estarás más dispuest@ a sacrificar pasar más tiempo con tu familia para garantizar  el sostenimiento económico.

Por tanto, una vez que hayas eliminado el 80% que te distrae en la solución del problema, identifica en qué escalón de necesidades te encuentras.

No lo consultes con la almohada.
“Hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas, pero no las mismas.” -Woody Allen-

Existe en nuestra cultura la tendencia a llevarnos los problemas a la cama e intentar despejar la x del problema justo antes de irnos a dormir. Resultado: insomnio y un día de perros a la mañana siguiente. Además, como has dormido muy poco, sumado al mal humor se añade que tendrás menos energía mental para tomar decisiones. Los pensamientos empezarán a parecerse más a una bola de nieve que cada vez que rueda se hace más grande.

Por tanto: no lo consultes con la almohada. Para tomar buenas decisiones necesitamos tener toda nuestra energía mental a punto. Y eso se consigue de la siguiente forma: dormir ocho horas, comida sana (una buena ración de frutas y verduras, y por supuesto nada de alcohol), y ejercicio físico. Si no eres muy deportista, cámbialo por una buena caminata escuchando música que te inspire.

Nuestra energía mental se va agotando a medida que va transcurriendo el día. Si vas dejando el momento de pensar en el problema a última hora del día lo más seguro es que cuando llegue el momento lo pospongas para el día siguiente. Y al día siguiente, para el otro. Y el otro, para el de después… Y así sucesivamente, hasta que no tengas escapatoria y te veas forzad@ a tomar una decisión rápida, de la que es muy probable que te arrepientas.

Por eso, lo mejor es reservarse un espacio libre a primera hora de la mañana. Después de un buen desayuno, mientras caminas y con la mente despejada tras haber dormido lo suficiente. Y mejor aún si todo eso lo haces en un sitio rodeado de naturaleza. A menudo, las mejores decisiones surgen después de un momento de desconexión por el campo o la montaña, con las bien pilas recargadas.

Confía en tu intuición.
“Escucha más a tu intuición que a tu razón. Las palabras forjan la realidad pero no la son”. -Alejandro Jodorowsky-

Daniel Goleman, el padre de la inteligencia emocional, escribió otra obra maestra con su libro Focus. En él recoge estudios científicos que reflejan que el sistema subcortical del cerebro, aquello a lo que los psicoanalistas llaman inconsciente, es el conglomerado de neuronas más potente a la hora de tomar decisiones. Esta parte del cerebro, que vendría a ser como la parte sumergida de un iceberg, es capaz de seleccionar la información más relevante de un problema, analizarla, procesarla, compararla con nuestra experiencia, pasarla por el filtro de nuestros valores y extraer una conclusión. Todo este proceso se conoce comúnmente como intuición.

En este sentido, la intuición es una herramienta súper potente que nos puede guiar a la hora de tomar decisiones en nuestra vida cotidiana (siempre y cuando no necesitemos procesar información muy técnica y que no requiera conocimientos expertos). La intuición es como una brújula mental, nos señala emocionalmente dónde está el camino más acorde con nuestras necesidades y nuestra filosofía de vida. Pero a menudo, la intuición queda oculta por información tóxica que hay introducida en la conciencia.

Así que, según muestran los estudios, hay que escuchar más nuestra voz interior, intentar liberarla de las represiones mentales que la esconden entre montañas de pensamientos inútiles. La intuición habla en voz baja y manda señales a tu estómago, acelera tu respiración y enciende una bombilla en tu cabeza. Es la primera señal que se activa cuando piensas rápidamente en el problema. Si aprendes leer esas claves, estarás más cerca de despejar la X.

Cierra las puertas.
“Olvidar es divino”. -Andrés Calamaro-

Una vez cruzada una puerta… CIÉRRALA. Prohíbete mirar atrás. Impídele regresar a la habitación previa para comprobar qué te dejaste al cruzar. Deja que manen de tu elección los brotes de los resultados. Todo lo que ocurra tras esa decisión debe ser aceptado, elaborado, transformado e integrado de nuevo.

Muchas personas fallamos en esta parte. Nos condenamos a una de las peores “locuras voluntarias” en las que podemos caer en la vida. Nuestro cerebro es inseguro y caprichoso, lo quiere todo “perfecto”. Por miedo a fallar decidimos no cruzar ninguna puerta. O si cruzamos, regresamos al punto de partida. No queremos soportar la culpabilidad de no haber tomado la mejor decisión. En un acto de traición personal preferimos la huida. Huir de una posible relación de pareja por rechazo al compromiso. Huir de un posible empleo mejor porque conlleva riesgos. Huir de un cambio de residencia a un entorno renovado por miedo a lo desconocido…

Si quieres que las cosas surjan, una vez llegados a este punto, cruza el rellano de esa puerta y ciérrala. A cal y canto. Disipa cualquier tentación de curiosear lo que quedó a tus espaldas. Focalízate exclusivamente en lo que tienes delante. Visualiza el juego que está ocurriendo justo enfrente de ti. Y entrega lo que mejor tengas para hacer de esa decisión algo de lo que enorgullecerte el resto de tu vida.

Sígueme también en www.franjodar.com, https://www.facebook.com/psicologiadvida y @psicologiadvida ).

P.d: dedicado con todo el cariño a Javi.

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5 comentarios en “Despejar la X.

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